Museos, la otra cara de los estadios El Campín y Techo

Museos, la otra cara de los estadios El Campín y Techo

Bajo sus gradas, museos reviven las gestas gloriosas del deporte bogotano. Recorrido.

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28 de junio 2013 , 06:06 p.m.

La emoción que despierta el deporte no solo se puede vivir desde las tribunas; también, debajo de ellas. Y lo mejor: no se requiere boleta.

Ese es el concepto que están impulsando los estadios metropolitanos de Techo y El Campín. Allí, bajo sus graderías, existen hoy dos salones abiertos al público, que funcionan a manera de museos y resguardan las glorias del deporte bogotano y los recuerdos de su evolución.

El más antiguo es el Museo Temático del Deporte del Estadio de Techo, que abrió sus puertas hace cinco años.

Situado bajo la gradería nororiental, el visitante puede apreciar, entre muchas reliquias, un gran archivo fotográfico y audiovisual de aquellos deportistas que marcaron el inicio de las ligas bogotanas en disciplinas como patinaje, ciclismo, atletismo, bolos, tejo y voleibol, entre otras.

Algunos de ellos le donaron al museo una colección de más de 30 trofeos y medallas obtenidos durante su carrera. De hecho, en el recorrido pueden observarse (y hasta tocarse) las copas –algunas con más de un metro de altura– obtenidas por Víctor Mora, el atleta colombiano más representativo de los años 70 y 80, que ganó en cuatro ocasiones la mítica carrera de San Silvestre (Brasil), o las de Edwin Guevara, que se coronó campeón mundial de patinaje artístico a principios de los 90.

En una de las paredes se divisa, entre varias fotos gigantes, un primer plano de las lesiones que sufrió en el rostro el recordado árbitro ‘Chato’ Velásquez que le propinó una multitud enfurecida que no le perdonó la expulsión del astro Pelé durante un amistoso entre la Selección Colombia y el Santos de Brasil, en El Campín en 1968.

Unos pasos más adelante se encuentra la historia de las ‘narices chatas bogotanas’, que cuenta los inicios del boxeo en la capital.

El recorrido continúa y los visitantes –que alcanzan los 400 mensuales– se van empapando de información tan curiosa como saber que la primera carrera automovilística del país, en 1949, partió del parque de la Independencia, por toda la 7a., o que en 1922 se creó el Campo Villamil, una de las canchas de tejo más tradicionales, que frecuentaban personajes como Jorge Eliécer Gaitán. Estos eventos quedaron registrados en recortes de periódicos y gacetas que datan de los años 20 y que pueden consultarse en la visita.

“Nuestro propósito ahora es seguir creciendo –afirma Lady Pastor, gestora de eventos–. Queremos implementar la fase II del museo creando ‘el hall de la fama’, aprovechando que Bogotá es epicentro de muchas competencias deportivas, que nos pueden dejar cantidades de recuerdos.”

Los tesoros de El Campín

Hace más de un mes, una idea muy similar le surgió a Mauricio Novoa, administrador del estadio El Campín, cuando encontró arrumados y llenos de polvo en una oficina decenas de retablos con la historia de este escenario.

Esas fotos, sumadas a varias donaciones de amigos y recuerdos personales, fueron su insumo para crear el Museo del Deporte, que hoy se encuentra bajo la tribuna occidental, al lado del túnel por donde salen los jugadores al campo.

Ahora las paredes de ese salón están llenas de imágenes que narran cómo era el estadio hace más de 60 años. Algunas revelan que el lugar fue utilizado para carreras de autos y punto de llegada de la Vuelta a Colombia. Otras reviven la primera vez que equipos como el Real Madrid, el River Plate o el Sporting jugaron en territorio cachaco; la visita del actor mexicano Cantinflas o al olvidado equipo de la Universidad Nacional, que, junto con Santa Fe y Millonarios, conformaba la tripleta futbolera de la capital.

También hay camisetas de Santa Fe autografiadas por todos los jugadores y otras en proceso de adquisición, como la de Millonarios y la de la Selección Colombia. Todos, objetos que han maravillado a los cerca de 170 visitantes diarios que hasta hoy acuden al museo, la mayoría niños de colegios públicos. “Siempre he querido que El Campín deje de ser visto como un templo sagrado al que no se puede entrar”, dice Novoa. Porque los visitantes también pueden recorrer los palcos, las graderías, los camerinos y tomarse la foto en el terreno de juego.

Estos dos museos también abren la puerta a todo aquel que quiera donarle objetos de valor y aportar así a la construcción de la historia.

LIZETH SALAMANCA
Redactora de EL TIEMPO

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