Refrendación democrática

Refrendación democrática

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28 de junio 2013 , 05:04 p.m.

Un plebiscito puso fin a la guerra bipartidista de mitad del siglo pasado mediante la reforma constitucional que instauró el Frente Nacional. La soberanía popular legalizó lo que no fue un pacto democrático sino entre dos jefes y sus partidos. El acuerdo no solo amnistió a los protagonistas de la llamada violencia, y sobre todo a sus instigadores, sino que además les retribuyó a estos con la hegemonía del Estado; no hubo verdad, ni reconocimiento, ni reparación de las víctimas; el encubrimiento de una de las épocas más bárbaras de la historia nacional ignoró sus causas, por lo que estas prolongaron los aparatos armados que luego la Guerra Fría cooptó y que aún persisten en Colombia.

En la horizontalidad pluralista moderna se negocia la complicación socioeconómica, por lo cual mecanismos de representación, como ahora los de la guerrilla y el Gobierno. Esa delegación de la soberanía permite proponerle a la nación pero sin comprometerla, por lo que requiere su refrendación para su aprobación en asuntos de constitucionalidad; una constituyente, por ejemplo, repite tanto delegación como negociación, además viciada aquí por la bien fundada desconfianza popular en elección y representatividad partidistas. Un conflicto que ha involucrado a la población entera merece algo más que su tratamiento solo por quienes han protagonizado y provocado el conflicto; sería otra sanción legítima pero no democrática sobre una guerra larvada que, para ser estrictos, comenzó el bipartidismo al pasar la presidencia de conservatismo a liberalismo.

En perspectiva, el Frente Nacional fue un apaciguamiento a costa de un error político, lo que indica que la legalidad se equivoca, que la democracia formal no es infalible. El oficialismo ha desconocido realidades internas y externas que causaron violencia y subversión: excluyó la oposición y sofocó la inconformidad, unanimizando la opinión; inmovilizó el Estado, corrompió su administración, adefesios que además aislaron al país de la evolución global. Una disidencia oficialista contra la alternación, el MRL, abortó cuando su jefe prefirió la cola presidencial constitucional, como tantos antes y después para quienes tal presidencia es la única realización, en confirmación de la asfixia frentenacionalista que, aunque legal, obstruyó la evolución democrática.

La refrendación de los acuerdos en La Habana, si los hay, debe anular los detonantes del conflicto mediante un proceso democrático de examen y ratificación; si la atrofia democrática motivó violencia, la democratización debe motivar pacificación. Mucha opinión rechaza una solución conseguida solo entre los dos aparatos de la guerra, porque no tendría sentido que la salida fuera determinación solo de ellos, el país apenas espectador de otro episodio de lo que le ha costado dolor y atraso; eso mismo para las víctimas, a las que, además de habérseles impuesto pasividad, la deban soportar de nuevo en un arreglo cualquiera. La soberanía está en la ciudadanía, y esta es oportunidad para que la ejerza luego de una deliberación democrática sobre lo que ha pasado y por qué, ocasión para una sociedad que prescindió de memoria histórica.

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