López Michelsen, el internacionalista

López Michelsen, el internacionalista

En los 100 años del nacimiento del expresidente, un experto analiza esta importante faceta de López.

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27 de junio 2013 , 09:35 p.m.

Los natalicios centenarios sirven para evaluar a la distancia, desde la más adecuada perspectiva histórica, las ejecutorias de las mujeres y hombres públicos. No ocurre así con Alfonso López Michelsen, el académico, escritor e intelectual que ocupó la Presidencia de Colombia entre 1974 y 1978 y prolongó su actividad hasta hace poco más de un lustro, cuando falleció a la edad de 96 años, inmerso en el tráfago de las ideas. Las posiciones del último ciclo de su trayectoria hacen parte del debate actual en multitud de temas lo cual impide la óptica histórica objetiva y descarnada.

López fue parte central de cada de uno de los debates públicos que marcaron durante 50 años la vida colombiana, desde el inicio del Frente Nacional hasta la semana de su partida en el año 2007: la alternación del poder durante el esquema bipartidista acordado entre Alberto Lleras y Laureano Gómez, la reforma agraria, relaciones bilaterales con Venezuela y EE. UU. la devaluación del peso colombiano en época del cambio fijo, el Concordato y el régimen legal del matrimonio en Colombia, los diálogos de paz entre institucionalidad y fuerzas insurgentes, los esquemas de explotación petrolera y la política cafetera, entre muchos otros.

Antes de 1957 su espíritu analítico intenso tuvo desahogo a través de una compilación fundamental sobre problemas nacionales, elaborada durante su exilio en México, que tituló Cuestiones Colombianas pero ante todo con la cátedra universitaria y el ejercicio del periodismo. Si se construye la parábola intelectual –cometido que cumplirán las biografías que sobre él se escriban cuando se cumpla su segundo centenario– aparecerán contenidos múltiples en nivel similar de calidad óptima: novelista, ensayista, crítico, historiador, periodista, jurista académico, economista. Y el biógrafo cuidadoso advertirá el nacimiento de una especialidad a partir de 1968, cuando tenía 55 años, en una validación de la teoría vital del florecimiento tardío: el derecho internacional y las relaciones internacionales.

A la vez cosmopolita puro y pueblerino caribeño, en una de las fuertes paradojas que marcaron su existencia, López pasó del Valledupar polvoriento de los 60, donde ejercía como gobernador cooptado por el frentenacionalismo en las canteras de la disidencia institucional del MRL (Movimiento Revolucionario Liberal), al hemiciclo del salón de la ONU en Nueva York como canciller. Todo ello durante el gobierno de Carlos Lleras Restrepo. Y, por confesión de López al autor de este escrito, en 1968 se le abre un horizonte académico que había desdeñado pese a haber recibido un curso en esta especialidad en la Universidad de Georgetown en su juventud: el derecho internacional.

Se inaugura así el nuevo canciller como internacionalista práctico al recibir a Pablo VI, pontífice del interregno entre los grandes, en 1968. Pero López resuelve dotar de contexto racional, como lo hizo en todos los quehaceres de su vida, a su labor de ministro de Relaciones Exteriores. Se sumerge en las noches –también confesión suya a este autor– en textos de derecho internacional público, derecho de los tratados, conflicto de leyes, derecho del mar, derecho internacional de los derechos humanos y responsabilidad estatal como abrebocas de los temas que dominaría en la segunda parte de su vida. En la Secretaría General de la Cancillería (segundo cargo en esta entidad cuando no existían viceministerios) coloca a Germán Cavelier, desde entonces primer abogado internacionalista entre colombianos internacionalistas, quien se convierte en interlocutor suyo en estos temas y enriquece sus conocimientos. Las viceversas de las ideas los colocarían más adelante en orillas opuestas y las coincidencias a que obliga la verdad jurídica internacional los acercaría de nuevo en el ocaso de sus vidas.

Pese a las invocaciones de los autodeclarados expertos de cuño reciente en materia de títulos de soberanía sobre nuestro archipiélago de San Andrés y Providencia, el desconocimiento formal de la integridad del territorio colombiano en el mar Caribe no ocurrió hasta 1980. Entre 1968 y 1970 hubo la recurrente violación de aguas colombianas por parte de embarcaciones nicaragüenses.

Meses después de su ingreso a la Cancillería López Michelsen, debidamente autorizado por el presidente Lleras Restrepo, entró en una negociación preliminar con el gobierno de Managua con el fin de dejar definitivamente aclarada la situación limítrofe marítima con el país centroamericano. El novel canciller, in crescendo su bagaje académico jurídico-internacional, se apoya en la tesis de su secretario Cavelier: el meridiano 82 contenido en el Tratado Esguerra-Bárcenas constituye límite legal y efectivo entre los dos países. El gobierno de Anastasio Somoza Debayle rechaza de plano la posición colombiana.

Terminado su periodo ministerial, López se adentra de lleno en el tema y llega, tras un repetido examen hermenéutico del Tratado Esguerra-Bárcenas a la luz del derecho de los tratados que el meridiano 82 no constituye límite entre Colombia y Nicaragua. Lo escribe y lo explica durante la administración Pastrana Borrero. Critica el Tratado Vásquez Carrizosa-Saccio de 1973 y, asistido por el senador Indalecio Liévano Aguirre, con muchas horas de vuelo en asuntos internacionales, entonces miembro de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, empieza a esbozar lo que debería ser una política nacionalista en el mar Caribe fundada en la cristalización de tratados y acuerdos con países limítrofes.

Al ser elegido Jefe de Estado en 1974, con su derrota abrumadora al candidato conservador Álvaro Gómez Hurtado, López nombra ministro de Relaciones Exteriores a Liévano y lo que sigue es la concreción de un plan lentamente estructurado. Se inician los contactos para la firma de tratados limítrofes con Ecuador, Panamá, Costa Rica, República Dominicana, Haití y Jamaica. Los tratados se suscriben durante su administración y aquellos donde las negociaciones se explayan más son firmados durante el gobierno de Julio César Turbay por el canciller Diego Uribe Vargas. Se trató, como la sintetizó con acierto Uribe Vargas, de una acción diplomática que duplicó el territorio nacional. Las negociaciones con Jamaica son lentas, hasta que el empuje de la canciller Noemí Sanín, discípula de López, durante la administración Gaviria, concluye con el Tratado Sanín-Robertson, en 1993.

Pero López no circunscribió su acción diplomática a legalizar nuestras fronteras expósitas en buena porción desde la Colonia española. Se convierte en el primer presidente viajero. Su antecesor Misael Pastrana había hecho una tímida peregrinación a Caracas a dialogar con su contraparte Rafael Caldera. Le abre a Cuba un espacio al establecer relaciones diplomáticas con este país. Se convierte en puntal clave en la devolución del Canal de Panamá y con grandeza, creyéndole al presidente Ómar Torrijos, remueve el obstáculo constituido por los derechos de Colombia en esta vía interoceánica que confirma a Colombia pocos meses después de terminar su periodo mediante el Tratado Uribe Vargas-Ozores de 1979.

No logra, como quiso, profesionalizar la carrera diplomática, su gran frustración. Pero le imprime un carácter genuinamente nacional al servicio exterior con embajadores de primer rango. En medio de la oposición inclemente de la senadora Bertha Hernández de Ospina, designa a Mario Laserna embajador en París, conservador cercano al expresidente Ospina Pérez. Otros conservadores eminentes lo acompañan, como Belisario Betancur en Madrid, Douglas Botero Boshell en Caracas, Alfredo Vásquez Carrizosa en Londres, Jaime Jaramillo Uribe en Bonn, José María Villarreal en Tokio y dirigentes de la izquierda entran también en otras posiciones a la diplomacia.

Expresidentes y jefes políticos enfrentados acremente, después de haber compartido amistad estrecha en los 60, Alfonso López Michelsen y Misael Pastrana Borrero hacen del meridiano 82 el punto más álgido y delicado de su enfrentamiento. Para López se trata de una línea que simplemente divide territorios entre dos países, según el Tratado Esguerra-Bárcenas. Para Pastrana es ni más ni menos que un verdadero límite legal entre Colombia y Nicaragua. Este enfrentamiento marca el fin de la amistad de López con Germán Cavelier y los adláteres de Pastrana convierten a López en traidor a la patria por cuenta de su tesis jurídica.

Quienes nos orientamos hacia el derecho internacional –disciplina de la inmensa minoría entonces y ahora en Colombia– en los bancos universitarios y arribamos a la conclusión de que el meridiano 82 no es un límite geográfico nos toca llevar la verdad bien guardada en los escondrijos del intelecto. Es imposible decirlo de cara al monstruoso bullying político e intelectual a que es sometido López quien había forjado desde la época de las infamias de Mamatoco y Handel una impresionante y aleccionadora coraza moral.

En 1980 el gobierno de Nicaragua, la junta sandinista donde se sentaba el hoy presidente Daniel Ortega, desconoce formalmente el Tratado Esguerra-Bárcenas en un acto ilegal que no es respondido eficientemente por Colombia. A los actos ilegales se responde en la Corte Internacional de Justicia, no con sibilinos ‘libros blancos’ que se utilizaron en épocas del Congreso de Viena de 1815. Grave omisión del presidente Turbay y de su instruido canciller Uribe Vargas.

Durante el gobierno de Belisario Betancur el fatal agravio nicaragüense es respondido cristianamente –para justificar de alguna manera el estropicio político-internacional– con préstamos a Nicaragua y una actitud deliberadamente ciega del Jefe del Estado y de sus dos cancilleres. A lo largo de la administración Barco se juega a que nada pasa en una omisión temporal de la realidad. A la de César Gaviria es preciso abonarle la reafirmación continua de soberanía en el archipiélago y la insistencia gubernamental en que la Constitución de 1991 llevara disposiciones en este sentido.

El gobierno de Ernesto Samper, vapuleado sin misericordia, contrata un equipo competente de abogados extranjeros para prever la defensa de Colombia frente a una eventual demanda de Nicaragua en la CIJ. Se integra con el francés Prosper Weil, el español Santiago López Bernárdez y los británicos Neville Maryan Green y sir Arthur Watts. Los colombianos Alfonso López Michelsen, Germán Cavelier, Julio Londoño Paredes y Juan Daniel Jaramillo son encargados de unirse al grupo y proyectar los escenarios disponibles para Colombia.

El presidente Samper se compenetra hasta los tuétanos con un tema que implica el más alto interés de la nación y él mismo dirige sesiones en la propia casa privada del palacio de Nariño. Y al concluir este gobierno quedan en claro para todos algunos puntos de acuerdo.

Primero, el meridiano 82 no es un límite marítimo, conclusión de los cuatro abogados extranjeros y tesis tanto de López Michelsen como de Jaramillo. Segundo, Colombia no puede sentarse a esperar y es necesario blindarla de una demanda nicaragüense con el retiro doble tanto del Pacto de Bogotá de 1948 como del tratado constitutivo de la CIJ. Tercero, Colombia no debe ampararse en la figura de las excepciones preliminares si llegara a ser demandada. Cuarto, si en un saludo a la bandera encarnada en los tratados multilaterales se insiste en permanecer en el Pacto y la CIJ, es necesario bien demandar a Nicaragua por declarar unilateralmente nulo un tratado válido (Esguerra-Bárcenas) o tener lista una contrademanda en caso de ser notificada Colombia de un procedimiento en su contra, acción legal existente en las normas de la CIJ. Quinto, fue claro al nacer estos ejes de conducta, listos a fines de 1997 que Nicaragua no demandaría a Colombia en los siguientes 12 meses pero lo haría definitivamente.

A las dos administraciones que siguieron a la de Samper les correspondía aplicar estos puntos vitales. No lo hicieron y su conducta fue construida con la negación sistemática de las recomendaciones por parte de los cancilleres Guillermo Fernández de Soto y Carolina Barco, responsables del cercenamiento territorial que sufriríamos después. A ellos confiaron dos presidentes de buena fe el cuidado del asunto.

Es triste que el triunfo académico de la tesis de López –que el meridiano 82 no era límite– se haya confundido con la pérdida de muchos kilómetros del mar Caribe que él nos duplicó. Haberla aceptado entre 1969 y 1980 –para lo cual todo lo que se requirió fue el estudio analítico del problema– habría conducido a unas negociaciones con Nicaragua, como quiso él, que simplemente habrían amojonado esta línea geográfica con una pérdida marítima mínima. Pero, lo enseña la historia, los procesos de aprendizaje tienen que ser a veces incurridos con dolor extremo. Al presidente Santos, ajeno a este viacrucis extenuante, le corresponde hoy la labor de la cura de patria.

JUAN DANIEL JARAMILLO ORTIZ
Especial para EL TIEMPO

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