Historias de la II Guerra Mundial

Historias de la II Guerra Mundial

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27 de junio 2013 , 04:54 p.m.

Hoy –para marginarme un poco de ese tema del cual nunca será suficiente todo lo que escriba y vocifere contra las Farc y tan repudiable proceso de paz– he decidido condonar una deuda con el escritor Juan Esteban Constaín, una deuda también conmigo mismo para que esta historia por fin deje de respirarme en la nuca y pedir a gritos que sea escrita. ¿La opinión o las opiniones? Una sola: “En la guerra siempre mueren dos que no se conocen ni se odian, pero se matan por dos que se conocen, se odian y jamás se matan”.

Esta “fábula parisina” –creo– la hubieran deseado muchos cronistas profesionales; especialistas o doctores de la historia para verificar los relatos, estudiar los hechos, las fechas y los lugares y, aunque no es la primera historia que se conoce de este tipo, ¡lo inverosímil de cada caso las convierte en únicas y, al mismo tiempo, en un reflejo de irónicas brutalidades para quienes se burlarán de nuestras anacrónicas ideas en el futuro! Una historia que hace un poco más de siete años encontré en el París que me retaba minuto a minuto para no sucumbir... 

* * * *

Me recomendaron para asesorar y corregir a un estudiante en un examen de español. El hombre que me entrevistó ardua y fríamente tenía la corpulencia y rigidez del propio Clint Eastwood; pero –no exagero– con diez centímetros más de altura. Yo necesitaba el trabajo y solo me concentré en organizar sistemáticamente mis respuestas con lo mejor de mi empobrecido francés; luego, cuando aquel roble comenzó a hablar un español fluido, entonces pude respirar y observar el vistoso vino tinto de una pañoleta de seda bien ajustada entre su cuello y su camisa.

Me esforcé –en lo que fue mi primer trabajo como empírico profesor– como nunca; para mí era mejor estar hablando de libros, escritores, preposiciones, verbos y gerundios con un café a la mano mientras las rastreras temperaturas opacaban a París y yo lo contemplaba desde la ventana de aquel lujoso apartamento: todo aquello era mejor que estar buscando un trabajo entre las clases de la Sorbona... Y pasarían varios años en los que añoraba aquel trabajo hasta volver a desempeñarlo verdaderamente delante de muchos estudiantes... No quiero desviarme ni ponerme melindroso para el amigo Juan Esteban; no obstante, sí puedo decir que el susodicho ganó el examen. Él era un muy buen estudiante... ¡esa es la verdad!

Al terminar los cursos me sentí un poco más en confianza con ‘Clint Eastwood’, le pregunté dónde había aprendido a hablar correctamente el español. “En Colombia, Chile, Venezuela y Argentina”, me respondió. Después, sin que yo le preguntara nada más, agregó: “Viví en todos esos países después de la guerra, allí nacieron mis hijos y formé una empresa”. Yo solo le calculaba unos 70 años como máximo, pero luego supe que días antes había celebrado por todo lo alto sus 85 años, y sin ningún problema de salud. “¿Usted estuvo en la II Guerra Mundial?”, le pregunté con asombro y tal vez con algo de pendejada, pues nunca había conocido a nadie que hubiera estado en aquella guerra. “Sí”, respondió, y se levantó de la silla para ir a buscar algo. Regresó con dos cofres, uno lleno de fotografías y otro con dos medallas. “Una me la dieron los alemanes por una labor de inteligencia, y la otra me la dieron los aliados”, me dijo ‘Clint Eastwood’ como si fuera un dato muy normal. Ante mí tenía a un hombre con dos condecoraciones de dos bandos diferentes en una de las guerras más sangrientas de la historia, y él simplemente disfrutaba de mi asombro. “¿Quieres conocer la historia, quieres saber por qué tengo esas dos medallas?”, me preguntó, dejando escapar una maliciosa sonrisa. “¡Pues claro, soy solo oídos!”, atiné a responder.

“La propaganda es la mejor forma de persuadir al hombre que tenga deseos de triunfar en su vida, eso me ocurrió a mí. Te explico: mi madre era alemana y mi padre, francés. En un castigo de mi padre me enviaron a terminar mis estudios en Berlín, ciudad que yo detestaba. Las Juventudes Hitlerianas estaban en todo su furor, un amigo me invitó y, sin darme cuenta, me formé con ellos y con todo lo que nos embutieron en la cabeza... dos años después yo ya manejaba un tanque de guerra y me creía el dueño del mundo...”. 

* * * *

Platón afirmó que la guerra existe y siempre existirá porque nace de las pasiones humanas, y que no podemos negarnos a ella porque es nuestra naturaleza, nuestra tendencia a la cólera y a la prepotencia, nuestro vil instinto de afirmarnos y de ejercer predominio sobre cualquiera.

@andrescandla

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