Postre de notas / Hilos de plata

Postre de notas / Hilos de plata

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26 de junio 2013 , 07:20 p.m.

Varias amigas mías de edades que superan los 40 años –algunas hasta dos veces– han optado por dejar de teñirse las canas. Consideran que el pelo gris o blanco es el último grito de la independencia femenina y que no hay nada más bello que lo natural.

Queridas amigas: nooooooooooooooooooooooooo…

Ni el pelo de color nevado o cenizo es un grito de independencia, porque de lo contrario Policarpa Salavarrieta se parecería a la Reina Madre de Inglaterra, ni lo natural es necesariamente lo más bello. Díganme la verdad: ¿es mejor mueco natural que implante dental?, ¿es mejor garra entorchada que uña de manicurista?, ¿es mejor barba troglodita que bigote atusado?, ¿es mejor lobo salvaje que perro acróbata?, ¿es mejor museo de cera que oído limpio?, ¿es mejor sobaco amazónico que axila rasurada?, ¿es mejor bozo rústico que crema depiladora?, ¿es mejor Tarzán que David Niven?, ¿es mejor hígado de ganso que paté de oca?, ¿es mejor huevo pillado en oviducto que adquirido en supermercado?, ¿es mejor machucar caña que servir azúcar?, ¿es mejor la leche tibia y espumosa al pie de la vaca, con pelos del susodicho mamífero, que pasteurizada, calva y fría al pie de la nevera?

No quiero seguir, porque no acabaríamos nunca. Pero creo que esta breve lista demuestra que lo natural no siempre es lo bueno. Y, si me apuran –como dicen los españoles–, a lo mejor lo muy natural raras veces es lo muy bueno.

Tal ocurre con el pelo, queridas amigas. Excepcionalmente, a algunas mujeres de menos de, digamos, 80 años, les luce bien el cabello gris o el pelo blanco. Pero el dramático aspecto que ofrece el mechón blanco sobre la pelambre negra, al estilo de la Tongolele, Susan Sontag o Miguel Aceves Mejía, parece de escaso gusto. Perdónenme: así es.

Lo mismo ocurre con la cabellera que mezcla, con absoluta naturalidad, lanas blancas y lanas negras. Suele ocurrir que rara vez canas y mechas oscuras son simétricas o alternas, como sí ocurre con las cebras, por ejemplo. Lo natural es que una manotada de motas blancas cubra una oreja y la otra esté enmarcada por pelo negrísimo, o que salgan cerdas blancas en la ceja izquierda y solo oscuras en la otra (porque esto también va de cejas, mis señoras queridas). En el mejor de los casos, este desorden es horrible; en el peor, puede ser ridículo. ¿Nunca pidieron un plato de espaguetis con calamares en su tinta?

Un pelo bien teñido pone orden y estética. Son preferibles, incluso, unos rayitos coquetos, siempre y cuando sean fabricados en peluquería y renuncien a los colores del dominó. Les estoy dando mi opinión de varón eternamente enamorado de las mujeres… pero no de las canas. Eso sí: tintura a tiempo y tintura fina. Peor que las canas es la raíz de las canas, aquella onda blanca pegada al cuero cabelludo que denuncia descuido y falta de coquetería.

¿Qué ocurre con las canas? Que significan vejez. También dignidad, respeto, porte, donaire. Pero, sobre todo, vejez. Por eso les quedan bien a la emperatriz nonagenaria o a la madre superiora, pero no a usted, que acaba de cumplir juveniles 45 años, o a usted, que ya cumplió 60 y se niega a entregarse en brazos de la Tercera Edad.

Si hay algo que está estudiado y organizado en este mundo es el factor capilar. La cosa es muy sencilla, pues son recetas contrarias para los dos sexos. Hombres: nunca deben teñirse el pelo (nunca es nunca, ni arriba ni abajo: quiero decir, que el copete no se entinta, pero el bigote tampoco) y nunca deben usar peluca, peluquín, bisoñé, araña ni implante capilar notorio, como barbecho de papa.

En cuanto a las mujeres: tintura pareja y frecuente, hasta que yo les diga. Nada de canas. Y si quieren declarar su independencia, sepárense del marido, recójanle unos centímetros a la falda y prepárense a recibir propuestas interesantes, mientras sus compañeras de "cabellos de plata" dormitan y se aburren. Es que a nadie le gusta acostarse con la abuelita.

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