Sobreviví a... la cornada de un toro

Sobreviví a... la cornada de un toro

El torero Alejandro Gaviria fue cogido por un animal de 480 kilos de peso. Lo mandó al hospital.

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25 de junio 2013 , 05:37 p.m.

Parecieron horas. Rodaron como en cámara lenta. Alejandro Gaviria, un torero bogotano treintañero, describe así cómo fue la última (y más grave) vez que un toro lo agarró. Fueron segundos. Ocho para ser precisos. Poco tiempo dirían muchos, pero para él, que vio cómo era dominado por un animal de 480 kilos de peso, fue toda una vida. Sintió que la perdía.

Gaviria torea profesionalmente desde hace más de diez años, pero desde que era niño es aficionado. Al principio, lo hacía con un trapo rojo, en su casa, imitando los movimientos que veía cada vez que su abuelo materno y su papá lo llevaban a la Plaza de Toros La Santamaría. Poco a poco, el hobby se fue volviendo su vida. Dejó sus estudios de sicología y se concentró en la tauromaquia. (Vea una galería de las cornadas más salvajes en corridas de toros)

El capote, el ruedo, la arena, el toro… En ese entorno empezaron a girar sus días cuando decidió vestirse de luces y ser torero. Desde entonces, dos veces ha sentido de cerca la muerte en el ruedo. Muy cerca. En el cuerpo y en la mente. La más reciente aún le revuelve el estómago. “Aún no me pongo a prueba y siempre existe la duda sobre qué pasará y qué sentiré cuando me ponga de nuevo delante de un toro (…) en todo caso lo vivo y espero ese momento con ilusión”, dice Alejandro, alto, flaco, ojeroso.

El toro que lo corneó le dio una vuelta y lo mandó directo a una sala de cirugía de un hospital de Duitama (Boyacá), se llamaba Carpetero y pertenecía a la ganadería Fuentelapeña. El animal le agarró la pierna derecha y se la perforó. (Vea acá imágenes de la cornada).

Gaviria sufrió una doble cornada en el muslo izquierdo en una zona que se denomina el triángulo de Scarpa. Allí se sitúan la vena safena y arteria femoral, unas de las más importantes del cuerpo.

El triángulo de Scarpa también es conocido como el triángulo de los toreros porque las cornadas con consecuencias más graves se generan en esa zona. Lo de Alejandro fue un milagro, según le dijeron los médicos, porque aunque el toro lo corneó ahí, el pitón no perforó ni la vena ni la arteria ubicados en esa parte del cuerpo. Solo le destrozó el músculo abductor.

Lo toreros saben que siempre están expuestos a que una cornada en el triángulo de Scarpa los pueda matar. Dos famosos casos se los recuerdan. En agosto de 1947 en Linares (España) un toro de nombre ‘Islero’ corneó a Manuel Rodríguez, ‘Manolete’. Le rompió la vena y la arteria. Lo mató. El torero murió desangrado.

En septiembre de 1984, ‘Avispado’, un toro de la ganadería Sayalero y Bandrés corneó y mató al torero Francisco Rivera, ‘Paquirri’. Fue en Pozoblanco, un pequeño pueblo español donde la atención médica no fue suficiente para evitar que muriera.

Ocho segundos en los pitones de un toro podrían haber hecho que Gaviria tuviera el mismo trágico final que tuvieron Manolete y ‘Paquirri’. Pero no fue así, en la Clínica Boyacá, a pocos minutos de donde fue corneado comprobaron que sus venas y arterias estaban intactas. La cornada le perforó la pierna de lado a lado y 20 puntos fueron suficientes para salvarlo. Hoy solo tiene una gran cicatriz.

El año anterior, en la misma plaza, la de Duitama, llamada César Rincón, ya un toro lo había cogido. Esa vez fue ‘Aguador’, de la ganadería Suescún y de 480 kilos de peso. Milagrosamente también se salvó. El toro lo cogió contra las tablas. Rozó su pulmón. Un poco más de profundidad y el final habría sido diferente. Habría acabado con su vida. Algo parecido le pasó al torero Pepe Cáceres en julio de 1987, cuando murió después de que la cornada le partió el pulmón y le afectó el corazón.

El riesgo de muerte para un torero está siempre. Desde antes de entrar a la plaza. “Desde que me pongo el vestido de luces siento la muerte rondando por ahí, a veces, algunas tardes más cerca que otras”, dice el torero, que asegura que solo se llega al “toreo grande” cuando se está dispuesto a “arrimarse, arriesgarse, a pasar la raya, a poder ser cogido”.

El miedo se vuelve placer. “En el camino hacia el toro vas viendo y sintiendo su dureza y lo que puede hacerte. Ahí se sufre y se disfruta mucho, sobre todo cuando uno es capaz de superar ese temor y estar delante de los ojos del animal. Ese momento es maravilloso, es el más especial de la vida”, dice Alejandro.

***

Un torero sabe que el riesgo hace parte de su trabajo. A Alejandro la primera vez que resultó herido fue en Sutamarchán (Boyacá), en su primer año como novillero. Pero continuó, no se acobardó. “Lo que me sigue motivando por encima de todas las cosas son las ganas de estar cerca del toro, esa atracción tan fuerte que desde siempre he sentido que me lleva a vestirme de torero y poder estar cerca del toro”, asegura.

Él prefiere no ver, ni en fotos ni en videos, el registro de las veces que lo han cogido los toros. Con sentirlo y recordarlo le basta. Y aunque no los ve, sabe que los comentarios en los foros de medios donde se publican las imágenes son duros. Sobre todo de los antitaurinos.

“Trato de no prestarle atención a eso. Me da igual lo que digan en ese sentido. Lo que en realidad me interesa es el debate que hay frente a la fiesta. Conocer y entender los diferentes puntos de vista. Comprendo que desde afuera el toreo se pueda ver como algo vulgar y esa es una razón que no les permite acercarse a conocer de qué se trata”, dice. Y aunque acepta que un torero se enfrenta a la muerte cada vez que sale al ruedo, espera morir en su cama, de forma natural y rodeado de la gente que quiere.

Alejandro recuerda qué siente cuando un toro está cerca, a punto de agarrarlo. “Es como entrar en otra dimensión, es vivir algo como que no es real, aunque todo pase muy rápido para uno esos momentos son eternos. Tengo conciencia de querer escaparme, de esperar a que me suelte o que me lo quiten antes de que me desbarate o me meta el pitón en algún lado. Es la sensación más horrible de la vida, uno se siente un muñeco dominado por una fiera”.

Ocho segundos en los pitones de un toro son mucho tiempo. Eso dice él. Y ese fue el tiempo que duró el pitón de Carpetero en enero pasado dentro de una de sus piernas. Todo le daba vueltas, veía a varios hombres intentando, sin éxito, quitarle el toro de encima. Sentía que las fuerzas se le iban por el orificio que la cornada le acababa de hacer. Estuvo cuatro días en el hospital. Y sobrevivió. “Me siento un sobreviviente. Estoy agradecido con la vida. Después de vivir algo así uno no queda igual”, asegura.

Él no tiene amuletos, no reza, no se encomienda a ningún santo antes de salir al ruedo. “Ni siquiera me echo la bendición”, dice, mientras recuerda esos ocho segundos de su vida que no parecían tener fin.

Sally Palomino C.
REDACCIÓN ELTIEMPO.COM

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