¡Que se casen!

¡Que se casen!

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25 de junio 2013 , 04:10 p.m.

No soy homosexual. Y esta no debería ser la primera declaración de esta columna. Pero si no lo aclaro, corro el riesgo de que mi argumentación se deseche de un tajo por ser supuestamente parte interesada en el debate sobre los derechos de las parejas homosexuales.

Adjetivar de entrada las palabras del cardenal Rubén Salazar (en sus declaraciones a EL TIEMPO el 19 de junio) tampoco ayudaría mucho. Más bien revisemos el contenido de esas declaraciones.

Afirma con convicción que los “gays no pueden pretender derechos a los que no tienen ningún derecho”… Y no es necesario ser ateo para preguntarse de cuáles derechos habla. Porque si se refiere a los derechos que ya les concedió el Estado, no solo está contradiciendo los hechos, sino que parece invitando a subvertir el orden jurídico que sirve de marco a nuestra convivencia ciudadana.

O acaso pensará el cardenal todavía que en nuestro Estado social de derecho, (no confesional, precisamente), los derechos civiles se deciden al arbitrio de sus creencias religiosas. Creencias que no todos comparten ni están en la obligación de compartir. Como sí estamos en cambio en la obligación de acoger las disposiciones legales que nos rigen.

No se entiende de qué manera reconocerles a los gays sus derechos a tener familia y al equivalente solemne del matrimonio civil podría contradecir la naturaleza humana. ¿No es acaso el ser humano gregario? ¿No busca compañía idónea y solidaria durante su periplo vital? ¿No son el matrimonio y la familia (entiéndase esta como la alternativa para legar a esos pequeños seres humanos procreados o adoptados como hijos) lo mejor de nuestro ser y el fruto de nuestros esfuerzos en medio de la convivencia diaria?

¿Acaso alguien está obligando a la iglesia católica a legitimar estas formas solidarias de convivencia entre seres que se aman?

¿No reconocen de todas formas ya las ciencias médicas y sociales que el homosexualismo es una alternativa más, tan válida y respetable como el heterosexualismo, de desarrollar las pulsiones sexuales connaturales al ser humano?

No resulta sorprendente que los abanderados de la fe actúen ellos sí contra natura de los impulsos de la naturaleza humana… de hecho el absurdo celibato al que obligan a los integrantes de sus órdenes religiosas parece ser la fuente principal de su frecuentemente distorsionada vivencia de la sexualidad y de sus incontables prejuicios y hasta excesos que a diario se denuncian y que enlodan la cara amable de una iglesia, que debería sacar las narices de las alcobas ajenas y más bien emplearse a fondo en volver al ejercicio del amor cristiano y la tolerancia que Jesucristo predicaba y enseñaba con el ejemplo.

Invitar a desconocer la ley echando mano al recurso de objeción de conciencia en casos en que no es aplicable también resulta poco presentable, especialmente en una persona que ostenta reconocida autoridad, así esa autoridad se desvanezca en los límites de la autodeterminación de cada persona.

No creo que se pretenda obligar a los notarios a cosa distinta que cumplir la ley y menos creo que el Superintendente de Notariado y Registro se esté arrogando funciones de juez de conciencia. Sin embargo, el cardenal insiste hasta el extremo de negar la realidad (“el hecho de existir no lo hace válido”) y de proponer el absurdo de que “al volverlos familia se aceptan como un modelo para la sociedad”, como si reconocer los derechos de las minorías acallara o tergiversara los derechos de las mayorías.

Es paradójico: hace poco leía que en Colombia ya casi nadie se casa y, sin embargo a los ciudadanos que quieren casarse en condición de homosexuales les pretenden negar ese derecho. Sin embargo el cardenal se lava las manos y concluye diciendo “no soy nadie para juzgar a nadie”… ¡Qué tal que sí juzgara!

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