"Desempleo es cuando mi mamá se pone brava con mi papá" (capítulo 3)

"Desempleo es cuando mi mamá se pone brava con mi papá" (capítulo 3)

Tercera entrega de la novela 'Padre de familia desempleado', de Andrés Gómez Osorio.

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24 de junio 2013 , 12:05 p.m.

Septiembre, 2000

Antes de salir a esperar el bus del colegio, Santiago miró por la ventana y confirmó que llovía. Para él, a sus 15 años, eso solo significaba una cosa: se le iban a mojar los pies. El agua se filtraba por las suelas rotas de sus tenis y esa se había convertido en razón suficiente para odiar los días en los que debía ir de sudadera, por cuenta de las clases de educación física.

Se descalzó y buscó entre su maleta una bolsa plástica que tenía guardada para la ocasión. Cortó dos pedazos y con ellos se envolvió los pies, desde la planta hasta el empeine. Era la solución que había encontrado para menguar la humedad en sus medias. Un par de compañeros del colegio ya se habían burlado de él alguna vez, cuando se dieron cuenta del miserable remiendo. Santiago inventó por esos días una ridícula explicación, para contener las bromas crueles de los otros niños: “Lo hago por higiene… es que oí a un doctor decir que ponerse bolsas en los pies evita bacterias… es mejor que echarse talco”.

–“¿Qué dijeron sus papás de los meses que me deben?”, reclamó malhumorado el conductor de la ruta escolar.

–“Mi mamá le manda a decir que la otra semana”, contestó Santiago de mala gana.

Él y Miguel mantuvieron silencio de camino al colegio. Aunque ya estaban acostumbrados a las frecuentes discusiones de sus padres, pensaban en la noche anterior. Se habían acostado con las pulsaciones disparadas por el susto, escuchando en la oscuridad de su habitación el intenso y perturbador desahogo de Martha. Cuando oyeron el estrepitoso ruido del plato quebrándose en la cocina, Miguel –con la ingenuidad propia de sus 8 años– quiso levantarse para ver qué había pasado, pero Santiago acudió a su jerarquía de hermano mayor y se lo impidió: “¿Para dónde va? Acuéstese”, le ordenó.

En la mañana, Miguel supo que su mamá se había cortado el pulgar derecho. Cuando ella le dio la bendición, él notó la escandalosa pero inofensiva herida al aire, sin nada que la protegiera. Preguntó qué le había pasado, pero Martha no respondió. No era necesario; Miguel ya había visto los rastros de sangre en los trozos de cerámica que habían sido botados en la caneca de la cocina.

Se preocupó por ella. A esa edad, los niños ya interpretaban la realidad de sus hogares, apoyándose en las fugaces imágenes de los noticieros; mientras unos temían por la seguridad de sus padres –influenciados por las noticias de ataques guerrilleros, secuestros masivos y delincuencia en las ciudades–, Miguel se había formado un concepto de la palabra “desempleo”: “Es cuando mi mamá se pone brava con mi papá porque él no lleva plata”. Con lo ocurrido la noche anterior, esa definición cambió sustancialmente para él, porque ahora implicaba que la furia de Martha podía escalar desde el mal genio hasta la agresión física.

En clase de matemáticas Miguel estuvo disperso, pensando en el dedo herido de su madre y alimentando un malestar anímico que explotaría en los próximos minutos. La profesora pidió sacar la tarea: los números del uno al diez que –la noche anterior– Martha le había ayudado a recortar en cartulinas cuadradas de siete centímetros a cada lado. La actividad consistía en ordenar cifras de tres dígitos –según las centenas que dictara la maestra– y luego escribirlas en letras. Miguel atendió con desgano las instrucciones y erró en la mayoría de los ejercicios. La maestra percibió su desinterés, tal vez por la postura encorvada y la cabeza que descansaba perezosa en su pequeña mano izquierda.

–“A ver, Miguel, eso no es trescientos veintiocho”, le dijo.

Los cachetes del niño se ruborizaron. Era tímido y de bajo perfil, como su padre. Detestaba ser puesto en evidencia. Ante su silencio, ella insistió:

–“Dale, organízalos. Si yo digo trescientos, ¿cuál sería el primer número que debes poner?”.

Con fastidio, Miguel señaló el número tres.

–“Eso, y acuérdate que si digo ‘veinti’ me refiero al número dos. Ahí está: trescientos veintiocho”, concluyó ella dejando en orden las cartulinas y esperando algún tipo de reacción positiva por parte del niño.

Él se quedó mirando con rabia los números, alterado por el hecho de tener encima los ojos de todo el salón. Arrugó la boca y su respiración se empezó a agitar, como preparando el grito que estaba a punto de expulsar desde el fondo de su inconsciencia, imitando el tono pausado que su madre había empleado la noche anterior para hacer énfasis en una de sus frases:

–“¡Qué… mierda!”, bramó Miguel mientras empujaba furioso las cartulinas sobre la mesa.

La clase entera quedó pasmada y el silencio solo se rompió unos segundos después, cuando el compañero de pupitre de Miguel le apuntó con el dedo, mirando a la sorprendida profesora: “Ayyy… dijo una grosería”.

Fue castigado a quedarse en el salón durante el recreo. A Miguel no le importó, porque prefería estar encerrado –solo– y no en otro lado donde sus compañeros tuvieran oportunidad de hacerle preguntas o comentarios sobre su inusual comportamiento. Tampoco temía que lo regañaran en casa porque su excusa era perfecta: había repetido palabras que escuchó de su propia mamá y eso, de alguna manera, lo justificaba.

Permaneció sentado, meditabundo. Su preocupación seguía siendo el dedo de Martha. Desde su inocente perspectiva, quería ayudarla. Pensaba en eso al tiempo que sus manos –casi involuntariamente– jugaban con las cartulinas, incrustándolas en la punta de un tornillo que sobresalía de la superficie del pupitre. De repente, como en una especie de trance, se quedó inmóvil durante algunos segundos, mirando detalladamente la punta de ese tornillo. Lo palpó con el índice derecho y comprobó la agudeza del filo. Una idea empezó a gestarse en su cabeza. Se congeló nuevamente. Dudó. Reflexionó sobre las posibles consecuencias de lo que estaba a punto de hacer, pero no llegó a ninguna conclusión que lo persuadiera para detenerse. Tomó la decisión: con fuerza, empujó su dedo contra el tornillo. Sintió el metal quebrándole la piel y abriéndose paso entre las fibras de su índice. Supuso que eso no era suficiente para cumplir con la misión que se había propuesto, de manera que jaló el brazo hacia atrás, con brusquedad, provocándose al instante una herida de siete milímetros y cuya cicatriz le quedaría impresa para siempre en su huella dactilar. Recuperó plenamente la consciencia tras sentir el ardor intenso aunque pasajero. Esperó unos momentos hasta que vio la sangre escurrir más de lo que había previsto. Salió del salón, un poco asustado, y le mostró su índice al primer profesor que encontró.

Fue conducido a la enfermería. Allí no le dieron trascendencia al asunto y, en consecuencia, tampoco tuvo que ofrecer mayores explicaciones. La enfermera lo alzó para sentarlo en la camilla, usó un desinfectante que le produjo un nuevo ardor –más intenso y menos pasajero que el primero– y le dio la opción de escoger entre una curita con estampado de perros y otra con figuras de patos. Miguel escogió la primera aunque –una vez puesta en su índice– se quedó viendo con antojo la segunda. Bajó de la camilla y, mientras la enfermera se lavaba las manos, se fue apresuradamente sin siquiera dar las gracias. Sentía satisfacción por lo que había hecho. Una y otra vez miraba su dedo adornado con perros, como si fuera una medalla. El resto de la jornada volvió a ser el niño de siempre, tímido pero activo y concentrado en sus clases. Esa actitud fue suficiente para que la profesora desistiera de enviarles un memorando a los padres de Miguel, para informarles de su violento comportamiento en clase de matemáticas.

Cuando llegó al apartamento, el niño se sintió especialmente ansioso por el encuentro de esa noche con Martha y quiso ocuparse haciendo las tareas con prontitud. Llamó a su madre a la oficina para asegurarse de que regresaría temprano y luego terminó de calmar su impaciencia jugando en el Súper Nintendo que le compraron a Santiago seis años atrás –antes de la crisis– y que éste ya no usaba porque soñaba con un Play Station que nunca tendría.

Martha apareció poco antes de las 7:00 de la noche. Miguel corrió hasta la puerta y se colgó de su cuello.

–“Te tengo una sorpresa, mamita”, le murmuró en secreto.

La jaló hacia su cuarto sin darle oportunidad de saludar a los demás. Le pidió que se sentara en la cama, que cerrara los ojos y que extendiera las manos. Ella obedeció curiosa y sonriente por el inesperado recibimiento. Miguel sacó un cuaderno de su maleta y buscó impaciente entre las hojas. Allí estaba la curita con estampado de patos que había atesorado toda la tarde, luego de tomarla a escondidas de la enfermería.

–“Es para hacerte una curación”, le dijo.

Martha abrió los ojos. Se quedó muda, profundamente conmovida. Sin embargo, antes de que pudiera demostrar su emoción, notó la otra curita, la que rodeaba el índice de Miguel. Comenzó a presentir lo que había tramado su hijo para llevarle semejante sorpresa.

–“¿De dónde la sacaste?”, preguntó Martha.

A Miguel se le borró la expresión alegre. No se suponía que tuviera que dar explicaciones. Palideció, además, porque recordó el detonante que hizo enfurecer a su madre la noche anterior: el papel higiénico que Alfonso había robado de un centro comercial. En ese momento, Miguel entendió que había hecho exactamente lo mismo: robar. Y prueba de ello era que había salido corriendo de la enfermería, como un ladrón. Pensó que su madre le lanzaría las mismas palabras crudas que antes había clavado en su padre (“¡QUÉ… ES… ESA… MIERDA!”). Dio un paso atrás, lleno de pánico:

–“Mamita, no te pongas brava, no me vayas a pegar”, rogó con la voz entrecortada.

Martha sintió un hueco entre los pulmones: era el vacío que le producía el sentimiento de culpa. Entendió de inmediato que el susto de Miguel era consecuencia de sus desaforados ataques de ira, por lo que se lanzó a abrazarlo con fuerza para quitarle la angustia:

–“Claro que no, bebé. Claro que no te voy a pegar”.

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El próximo martes, en “Padre de familia desempleado”…

Las razones de una esposa (capítulo 4)

Si se lo perdió, lea aquí el capítulo anterior:

Haciendo oficio y vomitando rabia (capítulo 2)

Vea aquí el listado de todos los capítulos

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ANDRÉS GÓMEZ OSORIO

 

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