El clima de la paz

El clima de la paz

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24 de junio 2013 , 04:10 p.m.

 

Una vez que hemos estudiado a Maquiavelo, no podemos abrir los ojos de la misma manera. Quien “lea” el alborozado retrato de los colombianos el 26 de agosto del 2012, día en que el presidente Juan Manuel Santos y las Farc anunciaron la suscripción de un “Acuerdo General para la terminación del Conflicto”, y lo compare con el desvaído óleo de la actualidad, encontrará que si bien las conversaciones en La Habana han transcurrido bajo un clima de moderada tensión dialéctica y al ritmo responsable de los acontecimientos históricos ‒aunque alteradas desde la institucionalidad por la retórica guerrerista, la violencia simbólica del neoliberalismo y el estruendo de la guerra real‒, su críptico desarrollo no permite todavía apreciar la construcción de una atmósfera de opinión favorable a su feliz culminación.

La ausencia de una pedagogía de la paz y de una información democrática sobre el desarrollo del proceso ha permitido la efervescente carrera especulativa de quienes hacen afirmaciones heterodoxas y falsas desde el trono pontifical y autocensurado de los medios comerciales. A ello se suma la liturgia barroca del Procurador, con su esclerótica amalgama de jurisprudencia y teología conculcadora de derechos y libertades, para oponerse a la convivencia pacífica. Es el proyecto fascista con resonancias escatológicas en la labia sombría del tinterillo de Invercolsa.

Resulta paradójico que mientras el presidente Santos ‒con todo y sus británicas inhibiciones‒ mantiene un retórico interés por el proceso, su vociferante ministro de la Defensa esté cada día en los medios sembrando de minas el camino de la paz, y que en tanto aprueba el primer acuerdo de la agenda (“Hacia un nuevo campo colombiano”), se empeña en suscribir asimétricos TLC que contradicen el espíritu de entendimiento; o presiona a su aplanadora legislativa para imponer un “fuero militar” contra las documentadas advertencias de la ONU y de Human Rights Watch.

Sin duda, este proceso entraña problemas que impiden su cabal comprensión por la opinión nacional: primero, su desarrollo en medio de la guerra, que el Presidente atiza al ordenarles a las fuerzas “profundizar la confrontación”, eludiendo la convicción nacional de que este conflicto tiene motivaciones históricas y causas sociales y políticas. En segundo lugar, la inexplicable presión para que las conversaciones concluyan cuanto antes, desconociendo que se trata de problemas antiguos y estructurales cuya discusión, esclarecimiento y solución demandan reflexión, sensatez y paciencia.

En una sociedad desigual, de escasa cultura política democrática, es indispensable que “los actores del conflicto”, los partidos políticos y los movimientos sociales desarrollen un proceso pedagógico orientado a generar una opinión pública solidaria y la consiguiente movilización en su respaldo.

La paz requiere, además de una sólida voluntad nacional, un consenso político democrático; formar y promover espacios de tolerancia y convivencia ciudadana, de modo que pueda estructurarse el escenario adecuado para favorecer un postconflicto que contribuya a la transformación democrática de la sociedad en términos políticos, económicos y sociales.

Libro recomendado: ‘La búsqueda insaciable’, magnífica novela del poeta Eduardo Gómez. Describe e interpreta el proceso de formación y deformación de un poeta transgresor y “maldito” que, en la Colombia de mediados del siglo XX, va profundizando en su rebeldía y en su desarraigo hasta acceder a la reflexión crítico-filosófica y a la novela. Esa trayectoria se va ramificando y relacionando hasta involucrar a toda una generación, en sus diversos grupos de intelectuales, presuntos revolucionarios y escritores, teniendo como trasfondo acontecimientos como el asesinato de Gaitán, la masacre de estudiantes del 9 de junio de 1954, la posterior lucha estudiantil y la intensa vida cultural en Bogotá. Editorial Común Presencia.

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