Tiempo y Eternidad: ¿Quién es Jesús?

Tiempo y Eternidad: ¿Quién es Jesús?

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22 de junio 2013 , 11:26 p.m.

¿Quién dice la gente que soy yo? (Lc. 9,18). Jesús sorprende a los apóstoles con esta inesperada pregunta. Ellos contestaron: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, y otros, que alguno de los antiguos profetas”. Él les dijo: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Respondió Pedro: el Mesías de Dios.

En la respuesta de Pedro existe un salto cualitativo con respecto a las demás opiniones, porque todos lo identifican como un profeta, mientras que Pedro lo reconoce como el Mesías, el Hijo de Dios. Profetas puede haber muchos, pero Mesías, solo uno.

¿Cómo probar que Cristo es realmente el Mesías y no un impostor o un usurpador como lo fue el comunismo, que prometió la instauración del cielo en la Tierra, o el nazismo, que se creyó el nuevo pueblo elegido, o el actual movimiento ecologista, que se está convirtiendo en la ideología del siglo XXI, una ideología revestida de cariz científico por la cual se comienzan a inmolar distintos grupos en diversas partes del mundo?

Jesús se apropia, sin ningún empacho, de los títulos mesiánicos y es el único que se identifica a sí mismo como Dios. Esto es único en la historia. Confucio era un maestro, Cristo es la Verdad. Buda significa ‘el Iluminado’, Cristo es la Luz. Mahoma fue el profeta, Cristo es el Verbo de Dios. Jesús dijo de sí mismo que era Dios, pero alguno puede pensar que lo hizo en sentido figurado, por eso, además de las palabras, confirmó su mensaje con los milagros. Cuando Juan el Bautista se hallaba en la cárcel le manda preguntar: “¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro?” (Mt. 11,5). Jesús responde: “Id y comunicad a Juan lo que habéis visto y oído; los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados” (Lc. 7,22). Con esta respuesta, Jesús confirma su misión mesiánica.

Si queremos saber quién es Jesús, habrá que preguntarnos, también, quién es el discípulo, porque quien se cierra a Dios permanece como una roca de río, totalmente impermeable a la acción de la gracia. El discípulo es quien está dispuesto a seguir a Cristo y hacer vida sus palabras, es el que emprende un camino junto al Maestro, como sucedió con Andrés el día en que se encontró con Cristo. ¿Maestro, dónde vives? (Jn. 1,38). Jesús le contestó: “Ven y lo veréis”. Fueron y se quedaron con Él aquel día. No fueron simples espectadores, analistas políticos o religiosos, sino que hicieron la experiencia de dejar que Dios modele sus pensamientos, criterios y acciones. Esta es la condición para encontrarse con Cristo: dejar que entre en mi vida. ¿Cómo? Acudiendo a los sacramentos de la confesión y de la Eucaristía, dejando algo de nuestro valiosísimo tiempo para orar, realizando obras de caridad cristiana y viviendo coherentemente nuestra fe.

José Manuel Otaolaurruchi, L. C.
twitter.com/jmotaolaurruchi

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