Mandela y su sonrisa de 1.000 voltios

Mandela y su sonrisa de 1.000 voltios

El británico John Carlin habló con EL TIEMPO sobre las facetas humana y política del sudafricano.

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22 de junio 2013 , 10:45 p.m.

En menos de un mes, Nelson Mandela –Nobel de paz, gran líder sudafricano que logró acabar con el apartheid en su país, que pasó veintisiete años en prisión y, sin embargo, salió a hablar de reconciliación– cumplirá 95 años.

Está enfermo. Las noticias de la semana pasada hablaban de gravedad.

El británico John Carlin es uno de los periodistas que más saben de Mandela y de los pormenores del proceso de paz en Sudáfrica. Corresponsal en ese país por varios años, Carlin es autor de El factor humano, libro que relata el milagro logrado por Mandela: la unión de negros y blancos tras siglos de odio.

¿Cuál fue su impresión cuando vio a Nelson Mandela por primera vez?

Lo vi el día de su liberación, en Ciudad del Cabo, en 1990. Era un tipo tan famoso, aunque desconocido, que había generado enormes expectativas. Pero ese día estuvo muy rígido. Su discurso no fue de antología. Recuerdo que no me quedé con la impresión de estar frente a un gran líder. No podía haberme equivocado más porque, al día siguiente, en la rueda de prensa que dio en casa del arzobispo Desmond Tutu, apareció con una grandeza épica. Me sorprendieron su lucidez, su simpatía, su colosal confianza en sí mismo. Tuve claro que estaba ante el líder político más grande que conocería en mi vida. Y sucedió algo que nunca he vuelto a ver en una conferencia de prensa con un político: todos los periodistas aplaudimos al final. Reconocimos que estábamos ante alguien muy, muy especial.

Usted resalta, sobre todo, su carisma.

Es su clave. Vender su idea, persuadir al otro. Mandela lo consiguió en forma espectacular. Lo que él logró, ni más ni menos, fue que todo un país cambiara de opinión. Sabes qué tan difícil es que cambiemos de opinión en las pendejadas de la vida personal, ¿no? Él consiguió que la población negra abandonara el impulso vengativo y optara por la reconciliación y convenció a los blancos de dejar sus temores ancestrales hacia un gobierno negro. Y no solo eso: llegó al extremo de que la mayoría de los blancos lo aceptara como su líder. Esas tienen que estar dentro de las grandes proezas de la historia del mundo, específicamente del mundo político democrático, donde te ganas a la gente no con terror sino con persuasión. Por eso será un ejemplo para la humanidad en todos los tiempos.

Seguro que usó más que persuasión...

Bueno, Mandela combinó muchas cualidades de gran líder. Tuvo claro cuáles eran sus principios y hasta qué punto estaba dispuesto a ceder. Tuvo una visión de su objetivo y supo cómo llegar a la meta. A eso se le suma que, cuando se sentó con un enemigo –y lo hizo muchas veces–, se comportó con respeto y cortesía por más motivos que tuviera para sentir enemistad. Se preparó. Aprendió el idioma del enemigo, leyó la historia de los afrikaans para conocerlos mejor y buscar puntos en común con la población negra. Transmitió coherencia entre su discurso y lo que hacía. Si se suma todo eso a su talento, es un paquete muy irresistible.

¿Esa suma la formó en la cárcel?

Él ya tenía el potencial, pero lo pulió en la cárcel. He hablado con uno de sus biógrafos (Anthony Sampson) y coincidimos en que hay dos Mandelas: el que entró a la cárcel y el que salió. En la cárcel tuvo tiempo para reflexionar sobre los límites de lo posible y se preparó para no quedarse atorado en la retórica, que puede satisfacer el orgullo pero no logra resultados. Ahí se volvió un líder tremendamente pragmático.

¿Quién lo influyó?

Leyó mucho en la cárcel. Julio César, que es quizá la obra más política de Shakespeare, tuvo mucho impacto en él. Leyó biografías de grandes políticos. Entre ellos la de Churchill, de cuya historia sacó lecciones. Aunque, para mí, Mandela es un hombre mucho más grande que Churchill. También leyó con interés Guerra y paz, de Tolstói.

Aprovechar la final del mundial de ‘rugby’ de 1995 para afianzar la unión entre negros y blancos –como usted lo relata en su libro– fue una de sus genialidades. Fue un momento importante para sellar de una vez la paz entre los dos sectores del país que habían estado enfrentados por siglos. Mandela tuvo la visión que nadie más tuvo, y creo que muy pocos la hubieran tenido. Lo más lógico hubiera sido pensar que ese evento iba a ser terreno de conflicto, como siempre había sido (la población negra no apoyaba al equipo del país, formado principalmente por afrikaans). Un político normal hubiera pensado: ‘Uy, mejor que esto pase rápido, cerremos los ojos y que no haya ningún problema’. Mandela, en cambio, vio reconciliación en algo que había sido un símbolo muy potente de división y odio.

Entre tantas virtudes, habrá cargado con una debilidad. ¿Cuál cree que es?

Su vida familiar es su talón de Aquiles. Es su punto débil; en lo que se siente más decepcionado y se lamenta por no haber hecho las cosas mejor. Pero fue la consecuencia de la decisión que tomó, como la han tomado muchos revolucionarios a lo largo de la historia. Mandela tuvo que optar entre consagrarse a la causa nacional o a la causa de su familia biológica. Las dos no eran posibles. Estuvo ausente para sus hijos y su esposa durante sus años en la cárcel. Incluso, cuando salió, lo que le exigió más tiempo fue la causa política. Su vida familiar ha sido desastrosa y hoy se ven las consecuencias. Entre sus hijas, sus nietos y sus bisnietos hay poca gente que uno pueda admirar. No hay ninguno, que yo sepa, dedicado a aportar algo a la vida pública del país. Son gente materialista, que busca sacar provecho del nombre que heredaron. Es un espectáculo bastante desagradable.

Usted dice que conoció a varios Mandelas...

Es verdad, a muchos mini-Mandelas. Recorrí el país de arriba abajo en los seis años que estuve ahí y conocí a gente fantástica. Tanto blancos como negros, gente espectacular, que se ha tenido que enfrentar a dilemas morales muy grandes. Con una gran valentía. Pero Mandela fue el líder de todos ellos porque tuvo esa claridad de visión. Tenía un talento. Como Mozart para la música o Messi para el fútbol, él tiene un talento para cautivar a la gente.

Lo cautivó a usted...

¿No lo notas? Y si yo fuera el único me sentiría un poco imbécil, dada la prevención que tenemos por mantener la distancia periodística. Pero todos sucumbimos. Desde esa primera rueda prensa que dio. Veteranos de todo el mundo, tipos famosísimos en sus países, se rindieron. Bill Keller, exdirector del New York Times y corresponsal conmigo en Sudáfrica, se babea cuando habla de él. No conozco a nadie que haya estado cara a cara con Mandela y no haya sucumbido absolutamente a sus encantos.

¿De dónde cree que vino ese poder?

No sé. Se habla mucho de que creció en un ambiente tribal, en el que el regente era un señor muy sereno, que escuchaba todos los puntos de vista cuando la gente iba a contarle sus problemas. Y dicen que Mandela observó ahí una forma de ser que le quedó marcada. En eso a veces hay mucho romanticismo, porque, con seguridad, también había gente envidiosa y rencorosa. Creo que hay personas que nacen con determinado talento. Para empezar, está su fantástica sonrisa. Puede sonar banal, pero una sonrisa expresa mucho sobre la personalidad. Y la de Mandela es una sonrisa de 1.000 voltios. Ilumina una habitación. Siempre me he arrepentido de no haber titulado mi libro La sonrisa de Mandela. Él entra en un salón y sabe, más allá de cualquier arrogancia, que va a caer bien.

Y eso lo supo usar...

Claro, lo usó para fines fantásticos en su país. Sudáfrica es un país tremendamente afortunado por haber tenido a ese hombre en ese momento de la Historia. Otro país que al mismo tiempo vivía una transición importante fue Rusia. Y a ellos les tocó a Boris Yeltsin. Un borracho. Hoy, veinte o más años después, ¿qué país es más democrático? ¡Sudáfrica!, con diferencia. La importancia de Mandela durará el resto del tiempo que estemos en el planeta Tierra. Será un magnífico ejemplo. Y a mí me irrita cuando la gente dice: ‘Ay, qué bonito, salió de la cárcel sin amargura’. Sí, pero ese no es el punto. El punto es que Mandela es un grandísimo líder y que, por suerte, las armas que usó para llegar a sus fines fueron el perdón y la reconciliación. No es, por naturaleza, un hombre guerrero.

¿Es de buen humor?

Muy bueno. Siempre anda haciendo bromas. Además, como es muy consciente de que puede intimidar a las personas cuando lo conocen, tiene una especie de reflejo que consiste en hacer bromas en contra de sí mismo, como para bajarse a tu nivel, para recordarte que es otro pobre ser humano haciendo lo que puede en la vida, como todos los demás. Es una persona de gran empatía. Y entiende que, por su leyenda, puede generar distancia. Entonces bromea para demostrar que no es para tanto. De esa manera logra que los otros mantengan una conversación fluida y sin nervios. Ahora, también es verdad que no ha sido un tipo que siempre ande con una sonrisita en la cara. Cuando Mandela sentía que habían traicionado su confianza, por ejemplo, se le notaba. No soporta a la gente que lo traiciona.

¿Su gran afición por el deporte lo habrá ayudado a tener una vida tan larga?

Eso puede ser verdad. Ha sido siempre un fanático del deporte. Fue boxeador y todas las mañanas, a las tres y media, se levantaba a correr durante una hora y media; incluso lo hizo en sus años de cárcel. También ha mantenido una alimentación muy cuidada.

¿Es una persona vanidosa?

Sí. Un dandy. Siempre bien vestido. En los años 50, su sastre era el mismo que el del hombre más rico de Sudáfrica. Me imagino que se gastó una cantidad desproporcionada de sus ingresos para pagarlo. Después, cuando llegó a la presidencia, empezó a usar sus famosas camisas. Una vez, durante un viaje a Malasia, las vio y le gustaron tanto que pidió que le hicieran más y hasta ayudaba a diseñarlas. Sin duda ha tenido ese punto de vanidad. También debilidad por las mujeres: tuvo todo tipo de romances y de aventuras. Y esa cosa de querer que la gente lo mire, de bailar en el centro. Es muy teatral. Cuando era el hombre más buscado por la policía en Sudáfrica, iba por ahí con su barbita y su ropa medio militar, camuflada. Sí, ha tenido algo de showman.

¿Hace cuánto no lo ve?

Hace tres años y medio. Estuve en su casa, en Johannesburgo. Lo acompañé durante una hora, mientras cenaba. La verdad, lo vi bastante ido. No estuvo plenamente presente más del veinte por ciento del tiempo. Perdía la concentración con facilidad. Como que su cabeza ya estaba en la avanzada vejez.

MARÍA PAULINA ORTIZ
Redacción EL TIEMPO

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