¿Nos la están montando?

¿Nos la están montando?

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22 de junio 2013 , 08:11 p.m.

Una de dos. O las Farc, marrulleras, tramposas y matreras por excelencia y por experiencia, se quieren quitar de La Habana, o se la están montando al Gobierno. Porque su desafío, tanto al Presidente como a la opinión pública en general, ha ido in crescendo.

La semana antepasada venían de amenazarnos con el anuncio de que no tenían la más mínima intención de desarmarse. Insólita la coincidencia de este anuncio con la apertura del debate del segundo punto de la agenda. Porque este tema del desarme de las Farc corre paralelamente con el de la participación política. Y no es imaginable discutir lo segundo sin lo primero, para no repetir la mortal ecuación de “armas + urnas” que tácitamente respaldaba a la UP, cuando las Farc, aún armadas, lanzaron al ruedo a un partido político marcado por tan profunda contradicción y que terminó en la tragedia de un genocidio que avergüenza a este país.

La negociación de ninguna manera puede permitir que las Farc comiencen a hacer política antes de la dejación de las armas. Pero en eso ya nos están tomando ventaja: al tiempo que exigen restituirle a la UP su personería jurídica e indemnizar a sus víctimas –no ofrecen nada de eso para las suyas– piden “proscribir las prácticas contrainsurgentes del Ejército Nacional”. (¡Háganme el favor!)

Luego publican sus “diez puntos mínimos” para la participación política, en cuyo primer renglón aparece una propuesta que resulta impronunciable para los colombianos, en boca de las Farc: la de que hay que “reestructurar el Estado” –el equivalente de “refundar la patria” de los ‘paras’–. Precisamente, el presidente Santos, cuando embarcó al país en la aventura de La Habana, prometió que lo único que aquí no se negociaría sería el modelo de Estado. ¿Lo harán a propósito?

El flamante comunicado termina con otra provocación mayúscula. La de seguir insistiendo en embutirnos entre la agenda de La Habana, donde no figura, una asamblea constituyente, que, unida al interés de “reestructurar el Estado”, alborota la desconfianza de los colombianos.

El problema es que el mecanismo del Gobierno para contrarrestar tanta provocación no es proporcional. Se ha limitado a un articulito bien escrito y argumentado de Humberto de la Calle en Semana contra la tal constituyente, y a alguna esporádica declaración televisada del Ministro del Interior, que da lo mismo, porque se trata de uno de los ministros de la política más anodinos de la historia reciente.

El peligro de que las Farc ‘caguanicen’ este proceso, a fuerza de arrinconar al presidente Santos, es muy grande. Son tan torpes que amagan con tirarse esta nueva oportunidad histórica, y, muerto Chávez, no hay nadie que les diga que no sean tan brutos. (¿Serán capaces los Castro?) Es que las Farc tienen una tendencia histórica, como dice Antonio Navarro, a “sobrevalorar su capacidad de presionar a la contraparte”.

Desgraciadamente, y en contra de lo que nos dijeron al comienzo que iban a impedir, este proceso de paz se pasó a vivir a los micrófonos. Con el agravante de que, mientras el Gobierno guarda silencio, son las Farc las que hablan hasta por los codos y proyectan estar manejando la agenda. Eso debilita a Santos, y las Farc no se dan cuenta de que jalar este proceso, ante la incredulidad del grueso de los colombianos, necesita de un Presidente fuerte.

Aquí falta darle un timonazo a la forma de comunicar la negociación, de manera que se modere a las Farc en los micrófonos. Y el Presidente, por lo menos, nos está debiendo una palmada en la mesa, para reclamar respeto por la agenda.

De lo contrario, que se libere a los negociadores del Gobierno de sus ataduras verbales, para que, por lo menos con su silencio, no den la sensación de que las Farc nos la están montando.

Cuando el río suena… ¿Cuál será el primer país de la región en contagiarse de la primavera latina del Brasil?

María Isabel Rueda

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