No hay derecho

No hay derecho

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22 de junio 2013 , 08:11 p.m.

Miles de policías están más que aburridos de su trabajo. Por redes sociales hablan de una huelga el primero de agosto. Sabemos que es imposible que abandonen su trabajo, pero no se puede menospreciar su tremendo descontento. Encuentran absurdos los anuncios de incorporar a miles de nuevos agentes cuando incontables antiguos llevan lustros esperando el ascenso prometido y un salario digno.

La cúpula hace un esfuerzo por cumplirles a los que ya accedieron a un grado superior, pero no puede complacerlos a todos. Y aunque es un problema heredado de difícil solución, algo deberán inventarse para paliar la desmoralización de mucho suboficial que, después de años de jugarse la vida en jornadas interminables, alejados de la familia, solo ganan un millón de pesos. Es imprescindible adoptar medidas para incentivarlos, al igual que hay que luchar con mano de hierro contra los corruptos que denigran el Cuerpo.

Y si los viejos de la institución merecen reformas, qué decir de la injusticia de enviar ‘sardinos’ a pagar servicio a zonas rojas.

Ahora que el Presidente tiene un hijo cumpliendo su deber en el Ejército, seguro que se dio cuenta de que tanto su retoño como el resto de muchachos están demasiado biches para enfrentar una guerrilla experimentada, que recurre al terrorismo salvaje contra los más débiles.

Hace unos meses, en una vereda de La Dorada (Putumayo), encontré una patrulla de auxiliares prestando seguridad a un grupo de erradicadores de coca. Llevaban semanas soportando hostigamientos de la guerrilla, que declaró a esos jornaleros y a los policías que los cuidan objetivo militar prioritario. Es decir, los imberbes agentes no asistían a un curso considerado de gran dureza porque terminan exhaustos y embarrados, sino a la guerra con fusiles, balas y bombas verdaderas, que mutilan y matan.

¿Qué hacen cuando suena el primer ‘tatuco’? Quise saber.

“Correr a escondernos –respondieron dos de ellos–. No estamos preparados para combatir; nos da miedo.”

Uno explicó que su entrenamiento consistió, más que nada, en mantener limpio el pasto de la escuela policial y que en esa tarea resultó espectacular.

Como mujer y tía de jovencitos que soy, les supliqué que siempre hicieran eso: correr, esconderse en el primer hueco y rezar para que terminara pronto el combate y no los alcanzaran los tiros, porque no hay derecho a que el Estado los envíe como corderos al matadero.

Al día siguiente, un policía perdió una pierna en una mina sembrada por las Farc en un cocal. No supe si fue uno de los muchachos a los que apenas les quedaban tres semanas para acabar el servicio.

En Bojayá (Chocó) conocí a tres curtidos sargentos que no pueden abandonar la estación de policía porque las Farc pretenden asesinarlos con un plan pistola o un francotirador. Además, el frente 57, el mismo que asesinó a 119 lugareños, amenaza con tomarse el edificio y acabar con todos los agentes. ¿Y saben con qué fuerzas cuentan para defenderse? Pues con diecinueve auxiliares barbilampiños, que pagan servicio, un escuálido escudo para tamaño desafío.

La jueza local, con buen criterio, ya solicitó el relevo de los ‘sardinos’ y el envío de profesionales que puedan cuidar al pueblo y a ellos mismos.

Cada semana, alcaldes de todo el país claman ciudades seguras y el envío de unos cientos nuevos policías, un contentillo que no resuelve los problemas de fondo de una Policía Nacional que requiere cirugía profunda.

Salud Hernández-Mora

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