Leandro componía con los ojos del alma

Leandro componía con los ojos del alma

Sus obras musicales tienen una importancia por el manejo acertado del mensaje y la descripción.

notitle
22 de junio 2013 , 05:25 p.m.

 Leandro parecía inmortal, ciego pero con un aire de mística que lo hizo dibujar con cantos su propio mundo. Tenía 85 años, estaba quedándose sordo, por eso su hijo Ivo solía hacerle eco a las preguntas que le hacían y que siempre contestaba con alegría, historias y canciones.

“Canto cuando llega el momento de complacer a un amigo –decía-. Todavía no se me ha quitado el vicio de cantar. Me gusta cantar, porque creo que en vez de nacer llorando, nací fue cantando”, decía el compositor de himnos clásicos vallenatos como Matilde Lina y La diosa coronada, fallecido en la madrugada de ayer (22 de junio), en Valledupar. (Vea: Recordando el paso de EL TIEMPO... Leandro Díaz)

Díaz nació el 20 de febrero de 1928 en Hatonuevo (La Guajira), ciego de nacimiento, se crió en el campo, fabulando, aprendiendo a ver de otra manera. En algún momento, de niño, alcanzó a convencer a varios de sus habilidades como vidente. “Lo hice cuando estaba muchacho, buscando un pretexto para relacionarme con la gente me metí de clarividente, pegaba mis pequeños aciertos a mi pequeña edad de 7 u 8 años. Pero esa no era mi virtud”, decía.

Su virtud fue en cambio, como lo dice su canción autobiográfica La historia de un niño, ver “con los ojos del alma” y dibujar con ellos el mundo vallenato a partir de sus canciones. En los últimos años solía ir a las parrandas acompañado de su hijo Ivo y repetir sin pausa las historias que lo motivaron a componer una y otra historia, entre las más de 200 de su repertorio. (Lea también: Cuando Matilde camina... / Perfil)

Contaba, por ejemplo, que compuso la diosa coronada para molestar a una dama que no quiso tomarlo en cuenta o que aquella emblemática frase “al recordarte, Matilde, sentí temor por mi vida” surgió de un accidente de carretera que tuvo justo cuando viajaba pensando en la musa de su canción.

“Siempre estoy contento de tener visitas –decía- yo estoy reconociendo la admiración que siente mucha gente por mis pequeñas canciones, eso para mí es grato. Es una forma muy agradable ver que la gente llega espontáneamente al lugar donde vivo. No sé por qué, pero cuando vengo a ver la gente ya está en la puerta y tengo la dicha de que las mujeres más bonitas son las que me visitan”. (Lea también: Juan Manuel Santos recordó este sábado al maestro Leandro Díaz).

Humilde y agradecido con la vida, ese era Leandro Díaz. La música le dio la compañía y la admiración que no tuvo en sus primeros años. Fue la que le dio la notoriedad de la que gozó durante gran parte de su vida, tanto que su hijo Ivo recuerda que su casa estuvo rodeada de visitas que querían saludar al juglar desde que tiene memoria.

Y un día llegó la inspiración de canciones como La diosa coronada, compuesta hace unos 55 años: “Cuando estaba joven, cuando no me conocían, cuando no tenía fe en mí, cuando pensaban que a un hombre faltándole la vista y le faltaba todo, y no merecía nada, ni siquiera cariño –relató alguna vez- fue cuando llegué a una vereda donde había unas cuantas muchachas. Entre ellas había una que sobresalía porque era ganadera, los padres eran ganaderos y económicamente vivían bien. Ella se creía superior a todas las muchachas y un día quise llegar a su casa y la noté muy extraña. Quise ser su amigo, pero me rehusaba porque yo era ciego”.

Y una mañana cualquiera –seguía relatando-, Díaz se fue al río donde le “vino la concentración mental” y la idea de que: “Esa muchacha se cree la diosa coronada” y de ahí partió la canción. Esa misma noche tenía los versos y buscó precisamente a un hermano de ella, que era acordeonero para ensayar la canción y cantársela a la muchacha. “Ella se quiso ofender conmigo, pero fue peor todavía, la gente comenzó a querer la canción. Y le tocó ser mi amiga”.

Si sus canciones traían al público, sus historias le traían aplausos. En una tarde de Festival Vallenato, cuando los turistas y amantes del folclor lo asediaban más, se agolpaban en su entorno para oírlo hablar. “Todo me sucedía por el problema físico que era el único daño que me hizo Dios –explicaba ante esas reacciones-. Entonces, las historias mías son conmovedoras. La muchacha después se hizo amiga mía, pero me fui de ese pueblo, no volví a tener charla con ella. Cuando la canción se hizo sentir, ella me andaba buscando y le mandé decir: “Dígale que vaya a buscar al rey querido”. Es que tenía novio y le decían así.

Leandro Díaz afirmaba que La diosa coronada gustó porque fue el primer compositor que habló de reinas y de la gran sociedad. “Los demás no halaban de eso, sino de cosas más cotidianas, más costumbristas”.
Y la canción ya sonaba cuando se creó el departamento del Cesar, en 1967. “Fue cuando le brindaron una fiesta a Alfonso López Michelsen–recordaba Díaz- y Gabo vino a esa fiesta, ahí fue donde me conoció a mí y La diosa coronada fue la más pedida de toda la fiesta, él se quedó con la inquietud y dijo que era el vallenato más vallenato que había oído”. Más adelante el mismo Gabo retomaría uno de sus versos como epígrafe de El amor en los tiempos del cólera.

De Matilde Lina –cuyo verdadero nombre era Matilde Helina-, en cambio le llegaron reacciones de felicitación desde todas partes del mundo. Leandro Díaz supo de una versión en lengua vasca. Díaz le compuso a muchos amores ideales como ella, en cambio a su esposa ya fallecida, admitió, no haberle compuesto nada:

“Yolo que hacía era ganarme la plata para llevársela –decía jovial-. Es que de todas las mujeres que yo traté, parece que me la hubieran hecho para mí. Yo podía hacer lo que quería hacer y jamás me mostró celos, ella era feliz porque la gente me quería”.

Lo querían, sí, lo admiraban. Leandro Díaz le dio un giro a su vida gracias a su talento. Terminó su vida rodeado de reconocimientos. “Creyeron en mí, porque el amor es tan sensible que se sabe entender. El ciego también tiene derecho a amar, no tiene derecho a mirar, pero sí puede amar. Y yo me sentía con un corazón grande, teniendo un amor inmenso, que podía amar, podía querer. Y aprendí a amar la vida, a respetar la humanidad, a dignificar a los amigos y eso me fue dando la oportunidad”.

LILIANA MARTÍNEZ POLO
Cultura y entretenimiento

 

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.