El enólogo que embotelló a su peor enemigo

El enólogo que embotelló a su peor enemigo

Entrevista con Alejandro Vigil, de Catena Zapata, y a quien la revista 'Decanter' recomienda seguir.

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22 de junio 2013 , 12:11 p.m.

Descomplicado, agudo, estudioso, bajista en una banda de rock, amante de la literatura y un apasionado de su trabajo. Son solo algunos de los ‘descriptores’ con los cuales se puede presentar a uno de los personajes más importantes del mundo del vino en Argentina: Alejandro Vigil, enólogo jefe de Catena Zapata y quien a los 40 años, recién cumplidos, acaba de ser elegido por la revista británica Decanter como uno de los profesionales ‘a mirar’ en la lista de los 50 más poderosos de esta industria.

Vigil estuvo en Expovinos y EL TIEMPO conversó con él.

Usted es autor de una frase muy potente: ‘El malbec es nuestra arma nuclear’. ¿Qué quería transmitir con eso?

Hace once años, cuando le dije a un bodeguero en Napa (California) que venía de Argentina, me preguntó si hablaba portugués y cómo era posible hacer vinos en la jungla. Pero ahora la gente no solo sabe que hacemos vinos hace 200 años, sino que ya identifican algunas zonas de Mendoza. Y todo esto en solo una década, gracias al malbec. Por eso digo que es nuestra arma nuclear.

¿Qué hizo posible esto?

El consumidor. Fue el consumidor quien eligió al malbec. Las bodegas argentinas no creíamos en el malbec, apostábamos más por el cabernet, pero cuando la gente lo descubrió nos lo impuso y por eso está hoy donde está.

El malbec ha evolucionado mucho en los últimos años. ¿Cuáles de esos cambios considera más importantes?

Se impone cada vez más la diversidad, la frescura, la complejidad y el origen. Siguen existiendo, desde luego, esos malbec densos, corpulentos, de mucha fruta madura, pero la realidad es que mientras vendes una botella de ese tipo de malbec, de los más frescos y livianos puedes vender tres.

¿Es cierto que tiene tatuada la palabra malbec en un brazo?

Sí, y también el nombre de mi hijo. Porque hay dos cosas que cambiaron mi vida para siempre: mi primer hijo y el malbec, aunque esta no sea mi cepa favorita.

¿Y cuál es su cepa favorita?

Cabernet franc, y sobre todo los de Pomerol (Francia).

¿Y hace cabernet franc?

Sí, en la línea Angélica, de Catena, hay un 100 por ciento cabernet franc. Y en mi proyecto personal, que se llama El Enemigo, hay un Gran Enemigo, que es de cabernet franc.

¿Por qué sus vinos llevan el nombre de ‘El Enemigo’?

Hay dos versiones. La no tan bonita es que el nombre se debe a la llegada de mi hijo, que me quitó a mi mujer y me cambió la vida… Pero la versión más exacta es que le puse ese nombre para no olvidarme de lo siguiente: cuando te va bien en la vida, empiezas a acomodarte, entras a una zona de confort y dejas de arriesgar por miedo a perder cosas materiales. Y el gran enemigo que tenemos todos es ese miedo, porque nos paraliza, nos impide crecer.

¿Cuál es el principal enemigo del consumo de vino?

Nosotros mismos, por hacerlo algo acartonado, olvidando que es algo natural para el hombre, que ha estado con nosotros por miles de años. El vino te gusta o no te gusta, el resto sobra.

¿Trabajar en la bodega insignia de Argentina a nivel mundial lo halaga, lo intimida o es algo en lo que no piensa?

Al principio no me di cuenta. Ahora me intimida un poco. Pero me siento cómodo y, sobre todo, un privilegiado.

¿Cómo llegó a estar al frente de los vinos ‘top’ de Catena?

Fue en el 2003. Estábamos haciendo el blend de Nicolás Catena Zapata 2001. Había un consultor en la bodega y se habían hecho cinco cortes. Y de repente Nicolás Catena me dice: ‘Haga un corte usted’. Luego, en la cata a ciegas, mi corte fue el elegido. Y yo no sabía qué hacer, porque ni me acordaba cómo lo había hecho.

¿Cuál es el vino de Catena al que más tiempo le dedica?

El que más canas me saca no es el vino más caro de la bodega, sino uno que llamamos el Catena Clásico: porque tengo que hacer volumen con calidad y ganarles a mis competidores. Un gran reto.

¿Es cierta la leyenda de que para hacer un Nicolás Catena Zapata usted puede usar más de 100 vinos?

Sí, y cuatrocientos también.

¿Cómo es esto?

Durante cinco años quise homogenizar los viñedos de Catena, pero en Mendoza tenemos suelos aluvionales, así que a solo un metro el suelo puede ser muy distinto. Un día me desperté y me di cuenta de que había un pequeño fascista en mí que había que enterrar y que lo que había que hacer era respetar la diversidad, dejar a cada planta como debe ser. Ahí comenzamos a separar en bloques, a cosechar en distintos momentos y a vinificar de distintas formas, y por eso tenemos 500 vinos que expresan distintas cosas y luego hacemos el blend. Nuestra filosofía es respetar la diversidad y conocer mejor los terruños de Mendoza.

¿Hay algo que lo inspire a la hora de hacer vinos?

Lo que más me ha inspirado en mi vida es la literatura, y hay un libro: Historias de cronopios y famas, de Julio Cortázar, que lo puedo releer hasta una vez al mes. Es un libro absurdo, con un humor absurdo. Y me gusta porque me da a entender que nada es como parece y me hace preguntarme todo.

Entiendo que escribe cuentos. ¿Qué peligro hay de que la literatura nos termine robando a uno de los mejores enólogos del cono sur?

Hay peligro... En algún momento tendré que dejarle espacio a la gente que viene.

¿Qué es el vino para usted?

Es una forma de vida, una cultura, lo que sé hacer. Para mí, abrir una botella de vino es igual que comerme un poroto (fríjol): es un alimento. Y también es algo que acerca a la gente. Pero hay que saber beber, para mantenerse siempre en el paraíso –en la alegría, en la espontaneidad– y jamás caer al infierno.

En pocas palabras

Y tras el éxito del malbec, ¿qué...?

“El cabernet de Mendoza. Tiene un estilo muy particular”.

El chardonnay...

“Hay una evolución. Pasamos de un estilo muy americano, con mucha madera, a un estilo más francés, más Borgoña”.

El enólogo...

“Solo debe conducir lo que viene del viñedo. El lugar identifica al vino, y el enólogo es solamente un transmisor. Hay gente que quiere actuar sobre el vino, y solo lo arruina”.

Lo más vanguardista...

“En Mendoza, hoy: los viñedos de altura, los vinos que se están haciendo de 1.500 metros de altura para arriba”.

La madera...

“Sigo creyendo en el vino con paso por madera, lo cual no significa que los vinos tengan que saber a madera”.

VÍCTOR MANUEL VARGAS SILVA
Editor de Domingo

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