'Microbio', una novela pintada por Jacanamijoy

'Microbio', una novela pintada por Jacanamijoy

EL TIEMPO presenta un fragmento de la novela ilustrada por el artista colombiano.

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21 de junio 2013 , 09:31 p.m.

El artista nunca se había expresado mediante la figura humana y un día le dijo al escritor Fernando Gómez que quería darle un giro a su obra. "¿Por qué no pintas 'Microbio'?", le dijo Gómez. El resultado: un libro de lujo.

En el apartamento no había muebles ni nada que indicara orden o espíritu hogareño, solo una cama modular desordenada, una biblioteca bien equipada y un muro de media altura, con un tablón que le servía de comedor y mesa para las facturas, que separaba la sala de una cocina pequeña. Hasta ese momento, Lina no se había fijado en una puerta corrediza que tenía las dimensiones de una pared; era de madera, pero como comprobó más tarde era apenas una fachada, la cubierta de un secreto: la puerta estaba hecha de aluminio y era la barrera que separaba la parte habitable del apartamento de su verdadera esencia.

El apartamento tenía 140 metros cuadrados y sólo exhibía 40.

–No necesito tantos metros cuadrados para dormir– se justificó Camilo. Detrás de la puerta se encontraba su espacio vital: su laboratorio.

Camilo remodeló el apartamento después de comprarlo. Había unido el cuarto principal y el de huéspedes, había derribado los dos baños y los armarios, y en su lugar había empotrado un par de neveras industriales en las que guardaba muestras de ADN de escarabajos, medusas, plantas tropicales desconocidas y fetos de mamíferos, y prácticamente una pared hecha de acuarios que le servían de jaulas para un pequeño zoológico de anfibios y ratones. Pero su mayor tesoro –su perdición y su obsesión– era su colección de protozoos.

El mundo microscópico era el único mundo que aceptaba en su cabeza y su colección de microorganismos raros era tan desbordada como inútil; todos los días entre cinco y seis de la tarde, salía de cacería con un arsenal de probetas que guardaban, cada una, un palito esterilizado con un algodón en la punta. Tenía clasificados protozoos que, por lo general, vivían en monedas y en pasamanos de buses; unos más, terriblemente específicos, vivían entre páginas de libros viejos y sólo se alimentaban –según su teoría– con restos de tinta de la letra “o”. Su curiosidad lo había puesto de rodillas en un baño público y lo había hecho recoger mierda de paloma y de perros callejeros, y había recorrido medio país en busca de los parásitos de la fauna salvaje. No se había sorprendido cuando la revista Which? Computing Magazine encontró que los teclados de los computadores eran más sucios que la taza de un inodoro y que tenían bacterias como la Escherichia coli que, entre otras cosas, era una de las culpables de la gastroenteritis. Había observado en su microscopio un mundo tan exótico y organizado que se sentía asqueado de los seres humanos y solo unos cuantos ejemplares –Lina era uno de ellos– lo hacían levantar la cabeza de su pequeño mundo.

Camilo era un admirador furibundo del viejo Louis Pasteur, pero creía que el científico francés había lanzado una batalla inútil y perdida contra los microbios. “Los humanos –pensaba– somos demasiado poca cosa. Ellos son los verdaderos dueños del universo”. A diferencia de Darwin creía que los organismos unicelulares eran el fin de toda la evolución. La última película que había disfrutado era la versión de Steven Spielberg de La guerra de los mundos, de H. G. Wells. Ese mismo día –después de salir del teatro– había comprado la novela en una edición de lujo para poder citar el pasaje en que se explicaba el exterminio total de los marcianos que habían invadido la Tierra y que fueron “ultimados por los bacilos terrestres generadores de contagios y putrefacción... Habían derrotado a los hombres para ser vencidos por los microscópicos seres que Dios, en su infinita sabiduría, esparció sobre la Tierra”. Entre sus apartes literarios favoritos había un párrafo de William S. Burroughs, el autor que durante una época se había convertido en su guía espiritual (porque todos los biólogos –él incluido– eran o habían sido marihuaneros y consumidores frecuentes de hongos y todo tipo de alucinógenos): “La enfermedad tiene habilidad para viajar, no como algunos virus desgraciados que están destinados a languidecer sin realizarse en las tripas de una garrapata o de un mosquito tropical, o en la saliva de plata de un chacal que agoniza bajo la luna del desierto”. Su meta era que ningún virus languideciera –o siguiera su vida– sin ser descubierto. Su mayor sueño, su mayor anhelo, era poder comunicarse con ellos más allá de su microscopio.

En su biblioteca, aparte de libros científicos en alemán y holandés, y tratados antiguos de biología, había una pequeña selección de libros de arte de Kandinsky; detrás del inodoro –como descubrió Lina esa tarde– había un afiche de una obra del legendario artista ruso, y para él esa obra era la prueba irrefutable de la conciencia y el poder de los protozoos. El cuadro (titulado Conjunto multicolor) era –según la teoría de Camilo– la más clara expresión de la inteligencia microscópica. Kandinsky siempre hablaba de una voz y un mundo interior que se manifestaban en sus pinturas, y Conjunto multicolor no era más que un paramecio. “Kandinsky –repetía Camilo en discursos atropellados con sus novias– no era un pintor abstracto: fue el primer pintor realista de la historia; el primero que obedeció todas las pequeñas voces que vivían dentro de él”. Lina, después de oír esa declaración, pensó que estaba en la guarida de un psicópata, pero minutos más tarde –tras una discusión en la que la palabra “chiflado” se repitió mil veces–, recorrió con él –hombro con hombro– las páginas de los principales libros de Kandinsky al lado del microscopio. Los responsables de la diarrea –el Blastocistys hominis– eran la imagen viva de obras tan luminosas como Algunos círculos, y los fantásticos taquizoítos de Toxoplasma gondii –sacados del intestino de un ratón de laboratorio–, sin duda –por lo menos con las evidencias de Camilo–, eran la inspiración del famoso Azul celeste.

La teoría de su nuevo amigo –según comprobó en una clase de arte en la universidad– no era tan estrafalaria ni tan descabellada: en los años cuarenta los libros de cabecera de Kandinsky fueron Formas artísticas de la naturaleza, de Ernst Haeckel,y Formas primitivas de la naturaleza, de Karl Blossfeldt, y ambos eran un compendio de fotografías y dibujos de placas microscópicas. Más tarde pensó en regalárselos, pero luego de hacer una pequeña pesquisa en internet se dio cuenta de que el precio de cualquiera de los dos libros originales desbordaba su presupuesto. No se rindió y el día del cumpleaños de Camilo, varios meses después, sacó de su morral un catálogo de ochenta páginas de una exposición antológica del argentino Xul Solar. Camilo lo hojeó sonriente y luego de detenerse en un cuadro en el que una pareja caminaba por un paraje surreal, dijo con la voz entrecortada: “Me gustaría vivir contigo en uno de esos santos lugares”. Y añadió: “Sería como vivir en el intestino de un cerdo”. Lina se estremeció.

REDACCIÓN EL TIEMPO

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