Tajadas vs. migajas

Tajadas vs. migajas

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21 de junio 2013 , 07:19 p.m.

Nueva York. Voy a copiarme descaradamente de una columna que leí en The Economist hace poco, pero sobre todo voy a plagiar al primer ministro inglés, David Cameron, quien ha sido clarividente al declarar que la forma como el mundo en desarrollo les está respirando en la nuca a los países ricos no deja otra salida que “nadar o hundirse”. Dice Cameron que los británicos –y yo diría que, por esa vía, los estadounidenses, los franceses, los alemanes, etc.– son protagonistas de una batalla global que está enfrentando su prosperidad y sus privilegios al hambre y al impulso de los países emergentes.

El campanazo de Cameron ha empezado a tener más que repercusiones mediáticas, con algunos de sus ministros hablando de cambios en políticas públicas que pongan a Gran Bretaña en un nivel más competitivo del que tiene actualmente. Los críticos del primer ministro, comenzando por la revista que menciono, sugieren que el problema de Inglaterra no es competir con China o con India, cuyos sistemas tienen sus propios desafíos de competitividad, sino cómo retomar la delantera en innovación, que es lo que, para empezar, puso al país en situación de ventaja.

Puede que no pase de ser un problema semántico, pero creo que la competencia de las naciones del primer mundo no es solo con ellas mismas, sino con las masas crecientes de ciudadanos de todo el mundo que están empezando a salir de la pobreza, a recibir educación y a disputar de manera legítima los limitados recursos del planeta.

Es irónico que esta visión apocalíptica resulte de lo que es un logro histórico sin precedentes: el tremendo progreso en el combate contra la pobreza a lo largo de las últimas dos décadas que, según cifras recientes, ha reducido a la mitad el número de personas que sobrevive con menos de 1,25 dólares al día. En un mundo globalizado, cuya población está en continuo movimiento, es inevitable que cientos de millones de personas que en el siglo XX no pasaban de ser una estadística en los informes del Banco Mundial, sean ahora jugadores relevantes en el ajedrez mundial.

Pongo ejemplos. De la misma manera que Estados Unidos hizo una enorme inversión en crear una robusta clase media después de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno chino ha subsidiado la educación de millones de jóvenes que, una vez graduados, ponen presión no solo en el mercado doméstico, sino también en el internacional. Esos jóvenes, a veces mejor preparados y en muchos casos más ambiciosos y disciplinados que los que se educan en Occidente, reclaman y merecen una tajada mayor de la torta.

Los casos se repiten en todos los países y los números son impresionantes: en las últimas décadas, China ha sacado a 600 millones de personas de la pobreza. La cifra en la India es de 200 millones, en Brasil, de 40 millones, e, inclusive, en Bangladesh, en donde la miseria sigue siendo prevalente, 16 millones de personas han cruzado ese umbral. En total, mil millones de habitantes han elevado su nivel de vida en un lapso asombrosamente corto.

Que un número creciente de personas haya empezado a disputar los limitados recursos del planeta lo estamos viendo esta semana en Brasil, en donde lo que empezó como una protesta por el alza del pasaje de bus, ya va en una revuelta nacional con una lista de demandas cambiante y desarticulada, pero que habla de un país con una clase media que ya no se contenta con las migajas del plato.

Mi punto, y creo que lo he dicho en otros escritos, es que ambas realidades, la de un mundo desarrollado en crisis y la de otro emergiendo con dolores y convulsiones, están conectadas y a menudo enfrentadas. Y que no se trata de una fase pasajera ni de una coincidencia, sino de una tendencia que solo se va a agudizar.

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