Ciudadanos sin civismo

Ciudadanos sin civismo

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20 de junio 2013 , 04:25 p.m.

En alguna ocasión remota dicté en la Biblioteca Nacional de Colombia una conferencia titulada ‘Historia de la basura en Bogotá’. Muchos precalificaron el tema de humorístico. No veían cómo la basura podía ser materia histórica, que diera margen a la rigurosidad y solemnidad académicas que exige un análisis de historia.

No les faltaba razón. La basura bogotana, como sujeto de la historia, sonaba a simple diletantismo para divertir un par de horas a personas desocupadas, por falta de mejor asunto. Me sorprendió por eso que las doscientas sillas del auditorio Aurelio Arturo estuvieran ocupadas. El aspecto de la basura como historia, o como parte de la historia de Bogotá, había despertado una gran curiosidad.

Recuerdo que la conferencia fue en el año 86, tres o cuatro meses antes del sangriento episodio del palacio de Justicia y de la avalancha que sepultó Armero. Comencé la charla con la lectura de un editorial de EL TIEMPO, de la semana anterior, que criticaba el estado de cochambre en que se encontraba la capital, literalmente alfombrada de basura de todo tipo. Y de ahí di un salto retrospectivo a una nota de la ‘Gaceta de Bogotá’ de 1820, donde se denunciaba, casi con las mismas palabras, el mismo fenómeno: que Bogotá no era una ciudad sino un basurero, y se fustigaba la despreocupación de los habitantes y de las autoridades por el aseo de la capital. Después hice un recorrido, década por década, de los siglos diecinueve y veinte, hasta empatar las dos notas, y formar, con los registros de prensa, un panorama de cómo la basura simboliza un aspecto crucial de la historia no deseable de Bogotá: la falta de civismo de sus ciudadanos y el poco o ningún empeño de las autoridades en proporcionar, desde las aulas, en las calles, en los hogares, la educación para contrarrestar ese vicio. Una de las notas que sintetiza con más fortuna la situación, la escribió el doctor Manuel Murillo Toro en su estupendo semanario ‘El Pasatiempo’: “Podemos decir –concluye al final de una crítica sobre el desaseo– que en Bogotá no habitan cincuenta mil almas, sino cincuenta mil marranos”.

De acuerdo con una crónica que se publica en la sección Bogotá de este diario (EL TIEMPO, martes 18 de junio de 2013, p. 12), el número de marranos es hoy de diez millones. “La costumbre de los bogotanos –dice la crónica citada– de arrojar basura a la calle, al alcantarillado de aguas lluvias (a través de los sumideros) y a los canales y quebradas le cuesta a la ciudad 14.400 millones de pesos” que podrían emplearse en dar estudio a siete mil doscientos niños, si los ciudadanos observaran un comportamiento cívico y entendieran que son habitantes de una ciudad y no de una marranera.

El problema para esa comprensión de los deberes cívicos que implica vivir en una comunidad urbana, ya se trate de una gran metrópoli o de una ciudad pequeña, consiste en la precaria o ninguna educación cívica que reciben los niños en los colegios, en las escuelas y por supuesto en sus propias casas. Lo que el alcalde Antanas Mockus puso en práctica, con éxito que todos lo hemos reconocido y aplaudido, como ‘Cultura Ciudadana’, no se continuó por sus sucesores (ni siquiera por él mismo en su segunda administración) más preocupados por hacer megaobras y megacontratos, que por crear valores cívicos, sin los cuales las megaobras se convierten en despilfarros monstruosos y generan toda suerte de Nules, Tapias, Gómez, Inocencios y demás fauna contratista y ladrona.

No es sino ver cómo las gentes tiran los desperdicios en las aceras, aunque tengan a su lado la caneca de la basura. Llámeles usted la atención y reaccionarán como fieras.

La historia de la basura en Bogotá continúa hasta nuestros días y huele cada vez peor. ¿Continuará en el siglo XXI? Quizá podría interrumpirse esa triste historia si el Ministerio de Educación implantara, desde el primer grado hasta el once, una cátedra denominada ‘El respeto al derecho ajeno es la paz”, y se les enseñara a nuestros niños y a nuestros jóvenes, y ellos a su vez lo enseñaran a sus padres y a los adultos, en qué consiste el respeto al derecho ajeno, y cómo el derecho ajeno es al mismo tiempo el derecho propio. Entonces la penosa relación histórica entre Bogotá y la basura, el desaseo, la ausencia de civismo, cambiaría por una nueva historia de conciencia cívica, de cultura ciudadana, de respeto a los derechos de los demás.

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