Editorial: Un canal poco factible

Editorial: Un canal poco factible

19 de junio 2013 , 08:15 p.m.

No se necesita ser un experto en historia del continente para saber que varios países han tenido la intención de construir un canal interoceánico, tanto antes como después de que fuera terminado el de Panamá. Una de esas naciones es Colombia, que ha examinado varias posibilidades, como la de la vía fluvial Atrato-Truandó y el proyecto multimodal que en su momento impulsó la administración de Virgilio Barco.

Nicaragua ha cultivado una aspiración similar desde hace casi dos siglos, gracias a la existencia del lago Managua, que haría más fácil el tránsito de buques entre el Atlántico y el Pacífico y viceversa. Pero esas condiciones naturales no quieren decir que la obra sea fácil de hacer, pues los desafíos en materia de ingeniería, financiación de la obra y consideraciones ambientales son descomunales. Como si eso fuera poco, más de un observador se pregunta si el emprendimiento vale la pena cuando se tiene en cuenta que la ampliación del canal de Panamá está a pocos meses de ser terminada, lo cual resolvería buena parte de los cuellos de botella actuales.

A la luz de esas limitaciones, hay que analizar con cabeza fría la concesión autorizada por la Asamblea nicaragüense hace unos días, la cual le permitiría a una empresa de capital chino cumplir con el anhelo del país centroamericano. Para los más exaltados, la luz verde implica que Pekín no tendrá problema en girar un cheque por un valor cercano a los 40.000 millones de dólares, con el fin de pagar la construcción de puertos, vías de acceso, dragados e instalaciones y controlar el que sería un activo estratégico en el hemisferio.

Otros, en cambio, señalan que las credenciales de la firma que tendría a su cargo la iniciativa no son precisamente las mejores. Suena por lo menos curioso que la compañía tenga su sede en un paraíso fiscal y que los vínculos de sus promotores con el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, formen parte de la comidilla política en dicha nación.

Debido a ello, hay que ser escépticos ante la factibilidad de un proyecto difícil de concretar. Así, Colombia no debería caer en las teorías de la conspiración, que son atractivas, pero que de poco sirven para examinar un asunto de esta envergadura.

editorial@eltiempo.com

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