Desindustrialización dinámica

Desindustrialización dinámica

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19 de junio 2013 , 04:33 p.m.

El proceso de desindustrialización ha vuelto a presentarse en Colombia a la luz de las cifras y los hechos, cuando los vientos de prosperidad soplan merced al auge mineropetrolero, simultáneamente con síntomas de lentificación económica.

Los indicios son inequívocos: baja la producción del sector 0,9 por ciento, bajan sus exportaciones 1,6 por ciento, baja la utilización de la capacidad instalada a 74,5 por ciento en el primer cuatrimestre, todo ello de acuerdo con la encuesta de la Andi y otros gremios. Por si fuera poco, se clausuran sólidos establecimientos fabriles, proveedores de empleo en los renglones de zapatos, llantas y vidrio. En materia agrícola, se ha apuntalado y protegido con subsidios a los productores de café, cacao y arroz, afectados por la revaluación y factores concomitantes.

En varias épocas, la industrialización ha sido bandera de redención y modernización. Por fuerza de las circunstancias adversas, en el siglo XX, con ocasión del crac de 1929 y, más adelante, en medio de los rigores y escaseces de la Segunda Guerra Mundial. Por entonces se crearon el Instituto de Fomento Industrial y la primera planta de fabricación de llantas, que, en su primera etapa, atendió a la habilitación de las usadas. La filosofía era la de que el Estado diera los primeros impulsos y la iniciativa privada se encargara de culminarlos. Todo ello con el objeto de crear empleo, paralelamente a la construcción de vivienda campesina y obrera. La Universidad Industrial de Santander (UIS) se erigió en expresión académica de esta tendencia.

Atrás quedaba la racha devastadora que en el siglo XIX arrasara la manufactura entonces boyante, con pujanza y brillo en la ciudad santandereana del Socorro. La tesis desventurada de don Florentino González de que nuestros pueblos debían limitarse a producir artículos básicos de pan coger y bienes primarios para que los más civilizados los transformaran y nos los vendieran ahogó el florecimiento manufacturero y aplazó, en medio de cruentas guerras civiles, el salto a la modernidad. La Colonia había puesto sus ojos ávidos en el indio y en la extracción de la riqueza del subsuelo. Sucesivamente, el tabaco, la quina y el café vendrían a ser, por muchos años, soportes de la economía colombiana, no obstante sus limitaciones en la provisión de recursos de cambio exterior.

Hará poco se celebró que Bucaramanga tuviera el más bajo índice de desigualdad, desempleo y pobreza en Colombia y el mayor del ingreso per cápita, gracias al ritmo de su construcción y a la red de pequeñas y medianas empresas manufactureras. Quién iba a pensar que de la noche a la mañana se le fuera a romper una de sus vértebras, pese a la calidad de su producción masiva de zapatos, por causa de la competencia ruinosa de productos foráneos de vil precio y pésima calidad.

Si ayer vio con amargura la debacle inducida por la apertura hacia adentro de cuantas fábricas se consagraban a transformar el acero de Paz del Río, no podía suponer que desgracia similar le sobreviniera, años después, con productos cuidadosamente acreditados, ni que numerosos trabajadores quedaran cesantes.

Fenómeno compartido con la industriosa ciudad de Cali, donde se cerró nada menos que la fábrica de llantas de la mundialmente famosa Michelin ante la imposibilidad de competir con el producto importado. Le resultaba más factible y rentable hacer lo mismo, trayéndolo de una de sus muchas sucursales en el mundo.

¿Quién paga el pato? Colombia y, en primerísimo término, sus trabajadores cesantes. Ante la intensidad de esta ola de desindustrialización, vale la pena ponerse en guardia, prevenir caídas análogas y escrutar la razón del deterioro del ritmo económico.

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