El mundo al revés

El mundo al revés

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19 de junio 2013 , 04:05 p.m.

La verdad es que no tengo nada en contra de los extraterrestres y sus presuntas –o ciertas: allá ellos, Dios los proteja– incursiones en nuestro planeta. Me entristece un poco, eso sí, imaginarme a esos pobres seres tan desdichados, viajando por miles y millones de kilómetros en el espacio infinito, para venir a dar justo acá, a este garito. La especie humana lleva toda la vida temiendo su encuentro con los monstruosos voceros de otros mundos, cuando debería ser al revés: que se preocupen ellos que no saben lo que les corre pierna arriba, si es que tienen piernas.

Así que no soy un escéptico ni un cínico frente al tema, y respeto lo suficiente (bueno, lo necesario) a quienes aseguran tener trato e incluso amistad con marcianos o venusinos o saturnianos. Me parece más sensato, de todas maneras, tener trato y amistad con ellos que con nosotros; las cosas como son. Porque además debe de ser una gente fascinante, lúcida, llena de historias por contar. Algunos han revelado que en sus planetas de origen se preguntan si habrá vida en otros planetas, y se la imaginan monstruosa y amenazante: con dos ojos, nariz y boca; hágame el favor.

Yo estoy siempre alerta, a la espera de cruzarme con un buen extraterrestre que me alegre el día. ¡Es tan difícil detectarlos, sin embargo! Y a mí me da pena molestar. Hace poco, en el aeropuerto de Bogotá, una niña idéntica a ella, pero idéntica, casi me pega cuando le pregunté si era Dania Londoño. No me cacheteó porque allí había un cura; solo por eso. Así que no puede uno averiguar de manera tan directa si está o no con un marciano, ni siquiera cuando las evidencias –la mirada, la ropa, el celular– lo confirman a gritos. Es mejor atenernos a su iniciativa, esperar.

Porque además la gente parte siempre de una premisa que no tiene sentido ni validez, ni en el caso de los extraterrestres ni en ningún otro: me refiero a la imposible y absurda y falaz normalidad del mundo, cuando lo único cierto es que nada aquí es normal. Hace poco, en una discusión de dos amigos gays sobre el matrimonio igualitario –uno a favor, el otro en contra; uno godo, el otro también–, el primero le dijo al segundo: “Todo matrimonio es anormal; de eso se trata”. Me pareció una verdad tan bella como la pregunta que alguna vez se hizo Juan Villoro y que luego usó para titular su último libro de ensayos y columnas: ¿Hay vida en la Tierra?

También la semana pasada una amiga muy querida me habló de una amiga suya que ahora milita, con fe y con pasión, en la creencia de los “reptilianos”, que postula que el mudo está en manos de reptiles venidos del espacio, los cuales se han encarnado en las más variadas y coquetas figuras: desde el congresista y poeta Juancho Roys hasta la reina Isabel II, desde los miembros del grupo Bilderberg hasta Dania Londoño, o incluso la niña del aeropuerto o Jorge Duque Linares. Ellos tienen el poder, ellos nos ven.

Esto es como V, la batalla final: en cualquier momento nuestro vecino se quita la máscara y solo queda su piel rugosa y verde, o saca la lengua y nos devora como una lagartija a un mosco, de un golpe. El gran gurú de esta teoría es el futbolista retirado David Icke, quien va por el mundo como “hijo de la divinidad” advirtiéndonos a todos de los peligros de ser gobernados por los lagartos. No sé por qué este iluminado no vive en Colombia como Wilfrido Vargas o Alfredo de la Fe, pues acá tendría un paraíso. Si les creemos a nuestros políticos y a nuestros pastores, ¿por qué no a él, a ver?

Todo es posible en este mundo, aun cruzarnos con alguien normal. Entonces, ahí sí, solo queda correr: correr muy lejos y no mirar atrás, porque nos persigue un ser humano.

catuloelperro@hotmail.com

 

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