Yo sobreviví a... un accidente de tránsito

Yo sobreviví a... un accidente de tránsito

Ubicarme en un lugar prohibido casi me cuesta la vida.

18 de junio 2013 , 05:57 p.m.

Diez metros fue la distancia a la que me disparó un conductor inconsciente luego de subirse a un gran sardinel de pasto, ubicado en la autopista con 170 en Bogotá, a la salida del portal del norte de TransMilenio.

Era junio del año 2006. Meses antes se había instaurado la regla que señalaba que los buses intermunicipales debían salir del portal del norte y todo aquel que quisiera hacer uso de su servicio debía pagar el pasaje de TransMilenio para poder ingresar. Mil pesos era lo que se ahorraba al esperar el bus a la salida, en ese gran sardinel de pasto. Ahí en donde me ocurrió el inolvidable accidente.

Para mí esos mil pesos no marcaban un vacío significativo en las finanzas de la noche, teniendo en cuenta que había pagado más de 100.000 pesos por la entrada al concierto al que iba y a que llevaba una suma considerable para gastos y el taxi de regreso.

Pero la osadía de esos años de juventud, me impulsaron a revelarme contra el sistema y a negarme a pagar esos mil pesos por ingresar a un servicio que no iba a utilizar. Rebelión que casi me cuesta la vida y que le generó un profundo dolor a mi familia.

Eran las 10 p.m. Eso indicaba mi Motorola V8, lo último en celulares en esa época, cuando lo saqué de mi bolsillo para responder la llamada de mi mamá, quien presentía en su amor de madre que algo estaba por suceder. Cuando colgué fue la última vez que vi mi celular. En la clínica, horas después supe que en mi estado de inconsciencia, tras el accidente, me habían robado todo.

Duré varias horas dormido sin saber qué pasaba. Al despertar recuerdo ver la cara de mi madre llorando desconsolada, mientras tendido en una camilla intentaba entender lo que pasaba. Varios médicos rasgaban mi ropa con tijeras y me decían que no me moviera. A mi lado oía los quejidos de otras personas, no sabía cuántos eran, pero los diferentes tonos de sus exclamaciones de dolor señalaban que eran varios.

“Te atropelló un carro en el lugar que esperabas el bus”, me explicaba mi madre al entender, por mi rostro totalmente raspado y por la amplia cortada del lado izquierdo de la frente, la confusión que vivía.

La medianoche es una hora complicada en la sala de urgencias del Hospital Simón Bolívar, lugar a donde me llevó la ambulancia obligada por las reglas del SOAT, que indican que los heridos en accidentes de tránsito deben ser llevados al centro hospitalario más cercano.

Cuando llegué, me cuentan, dos médicos me cosieron la frente y la mano ahí en la entrada del hospital. No había cubículos y mucho menos habitaciones para todos los casos que llegaban. Un hombre con la cabeza rota porque su mujer lo había golpeado con un ladrillo, un joven apuñalado por un taxista al que intentó robar y una mujer con aborto provocado eran algunos de los casos que atendían a mi lado mientras me cosían.

Cuando pensé que ya lo peor había pasado vino el dolor más grande que he experimentado en mi vida. Me hacía gritar, prefería morir en lugar de seguir resistiendo esa tortura. “Es necesario que mantenga esa sonda durante 24 horas, porque si sangra al orinar quiere decir que algún órgano se afectó internamente”, me explicaba el médico sin apiadarse del dolor que sentía.

Fueron las 24 horas más largas de mi vida. El diagnóstico llegó mientras yo soportaba ese dolor que no me dejaba dormir y mucho menos orinar así sintiera ganas. Cuatro costillas y la raíz del cráneo fisuradas, pérdida auditiva en el oído derecho, siete puntos internos y quince externos en la mano izquierda, diez puntos en la frente y dos meses de incapacidad fue el parte médico que me leyó el doctor antes de darme salida para que me trasladaran el hospital Reina Sofía. “Doctor y qué hago con la sonda”, pregunté asustado. Sin reparo él la jaló y el dolor me llevó al desmayo.

Una semana después salí de la Reina Sofía a empezar otro viacrucis. El conductor irresponsable, pero adinerado logró que los agentes de tránsito aseguraran en el reporte del accidente que él iba solo en su carro y no presentaba síntomas de alicoramiento. En contraposición, testigos del hecho afirman que el hombre iba acompañado de tres mujeres y que al ocurrir el accidente las mujeres huyeron llevando con ellas el licor que tenían el carro.

La responsabilidad recayó en la aseguradora del carro porque el hombre que conducía el carro viajó a España al día siguiente del accidente. Tres meses duró el pleito para mí, pues los demás afectados en el hecho eran humildes padres cabezas de familia de Chía y Tocancipá a los que les tocaba, además de estar mal de salud y no poder trabajar, gastar pasajes todos los fines de semana porque nos citaron a audiencias para llegar a un acuerdo conciliatorio.

Yo había demandado al hombre por 30 millones de pesos, por gastos médicos y daños y perjuicios. “Usted está bien de salud y este trámite puede extenderse por varios meses más y quedar sin ningún pago si nosotros ganamos el pleito, así que es mejor que acepte los 10 millones que le estamos ofreciendo y no perdamos más el tiempo”, señalaba la delegada de la aseguradora.

Yo, repito gracias a Dios, después de semejante golpe me recuperaba satisfactoriamente. Acepté el dinero y pasé la hoja de ese triste capítulo de mi vida. Pero quedó una gran enseñanza. A veces los colombianos preferimos cruzar la calle teniendo un puente peatonal, parar un bus en lugar prohibido o colarnos en los buses sabiendo que exponemos nuestras vidas. Pero, como dice el viejo refrán, es mejor perder un minuto en la vida que perder la vida en un minuto. Nunca más volví a exponerme, no sé si por trauma o porque realmente aprendí la lección, solo espero que este testimonio sirva para que mi acto de brutalidad no lo cometa nadie más.

MAURICIO HILB
REDACCIÓN ELTIEMPO.COM

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