Les sobra la nostalgia

Les sobra la nostalgia

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18 de junio 2013 , 05:54 p.m.

Con su columna de la semana pasada, Juan Esteban Constaín, a quien aprecio y respeto, me ha hecho reflexionar. Como siempre, su escrito es impecable y sus citas son apropiadas y doctas. Comprendo muy bien la nostalgia que su discurso rezuma. Añora un pasado que no vivió. Y creo que tiene derecho, porque su nostálgica melancolía se refiere a aspectos más filosóficos, más ligados al arte y la literatura que a la misma vida cotidiana. Es posible que yo comparta en algo esa nostalgia. También me atraen las mansiones y hoteles raídos que perdieron su esplendor, al igual que las ciudades que tuvieron el brillo de ser centro de escritores y artistas, hoy sometidas a los turistas que no las ven sino que las fotografían.

Pero aquí me ocupa la paradoja de que el pasado se ha mantenido y afianzado en nuestros tiempos. Los que lo añoran por razones económicas y de poder, las verdaderas razones de toda nostalgia, no tienen derecho a hacerlo. A la derecha nunca le había ido tan bien.

Los grupos económicos poderosos controlan el poder como jamás lo habían hecho. Para alcanzar sus propósitos han logrado desarticular el Estado y reducirlo para que solo sirva para proteger los grandes negocios. Lo han vuelto incapaz de controlar los abusos que se cometen contra el individuo y las minorías. Han hecho que reine lo peor del pasado.

Para lograrlo, se llevan de calle cualquier dificultad. Un mecanismo que funciona es corromper. Así vemos, escándalo tras escándalo, la corrupción con comisiones, favores, compra o sobrepagos para funcionarios, legisladores y jueces. La corrupción es una práctica mundial aceptada por todos hasta que no se descubra públicamente. Por eso es importante controlar a los medios. Los grupos internacionales manejan el sector financiero a su antojo. En este siglo han sido varios los escándalos de los que determinan la seguridad de las inversiones o de los grandes bancos y grupos financieros. Las fronteras se han roto con la globalización y cualquier multinacional puede invadir los países sin Estados que se defiendan. La guerra sigue produciendo negocios. Las ideas y los principios no existen. Su instrumento es la publicidad.
Las filtraciones de Snowden y de Wikileaks demuestran que el Gran Hermano está aquí, más fuerte que nunca. Las redes sociales, los motores de búsqueda y los servidores sirven para identificar perfiles de consumidores, no solo terroristas, que serán aprovechados por grandes negocios.

Sin embargo, los más conservadores han tenido que pagar sus privilegios con la pérdida de controles en otros campos. Al ampliar mercados, han creado una masa de clases medias, que consumen, no piensan y que tienen el espejismo de una libertad individual. Y, por ello, a regañadientes y oponiéndose, han tenido que aceptar libertades sexuales y luchar contra el aborto, el divorcio o el matrimonio entre personas del mismo sexo. Les parece el colmo que estas gentecitas puedan hacer públicamente lo que ellos hacían o hacen en la sombra. Con hipocresía monacal. Las reivindicaciones de la mujer les resultan un estorbo. Rechazan los derechos humanos, porque ahora son para todos, no solo para ellos. Pero, vaya una cosa por otra. Mientras el resultado de la ecuación llene sus bolsillos e imponga sus deseos, todo está bien.

Nosotros, sin embargo, tenemos nostalgia. No solo la romántica y literaria. Este sistema ha producido más pobres que los que ha tenido nunca la humanidad. Muchos vemos con tristeza cómo se pisan las aspiraciones de tener una democracia real y una justicia e igualdad para los seres humanos. Sin embargo, no hay que ser pesimistas. El péndulo de la historia viene y va. Se ven algunas luces. También hay jóvenes que están indignados. Quieren una ética distinta y la tendrán.

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