Ley mordaza en Ecuador

Ley mordaza en Ecuador

18 de junio 2013 , 04:37 p.m.

 

Todos los periódicos colombianos editorializaron el pasado viernes sobre la aprobación, por parte de la Asamblea Nacional del Ecuador, de una ley que le pone controles a los medios de comunicación. Y no era para menos. Fue un grito de solidaridad con los medios periodísticos de un país que ve estupefacto cómo se viola de manera arbitraria el derecho a la información. Sobre todo porque la ley aprobada busca silenciar a los críticos del Gobierno y, sobre todo, impedirles que divulguen noticias sobre actos de corrupción. En esa nota editorial se afirmaba que la Ley Orgánica de Comunicaciones es una estocada a la prensa en ese país. ¡Claro que sí! Porque esa ley impide, además, el libre acceso a la información.

¿Qué busca un gobierno cuando hace aprobar leyes que atentan contra la libertad de prensa? No es difícil explicarlo. Cuando llegan al poder personajes que no sienten el más mínimo respeto por la libertad de expresión, lo primero que hacen es acallar los órganos informativos que intentan develar sus oscuras maniobras para mantenerse allí. Es lo que pasa en el vecino país. Desde su primera administración, Rafael Correa ha tenido serios enfrentamientos con la prensa. Tanto que logró que la Corte Nacional de Justicia le impusiera una multa de 40 millones de dólares al periódico ‘El Universo’. Antes había intentado judicializar al presidente del diario ‘La Hora’, Francisco Vivanco.

Colombia vivió la experiencia de tener una prensa amordazada. Fue durante la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla. Los contenidos de los periódicos tenían que tener el visto bueno del régimen. En las salas de redacción tomaron asiento los censores del sistema, que ordenaban qué se publicaba y qué no. Esa persecución contra los medios de comunicación terminó con el cierre de El Tiempo y ‘El Espectador’, en agosto de 1955. El Tiempo fue cerrado por negarse a publicar, en primera página, la rectificación a una noticia que el régimen consideró falsa. ‘El Espectador’ fue cerrado como consecuencia de dos multas impuestas por el Gobierno por presuntas irregularidades contables. Un simple pretexto para alcanzar el objetivo de silenciarlo.

Lo que vivió Colombia durante la dictadura de Rojas Pinilla lo va a vivir el Ecuador. Con un agravante: es una ley de la República la que silencia los medios de comunicación, simplemente porque el Gobierno los considera opositores. Pero lo más grave de todo es que esa ley abre las puertas al régimen para que pueda intervenir los contenidos, y convierte la información en “un servicio público sometido al control y vigilancia del Estado”. Las sanciones que allí se estipulan son una verdadera mordaza para los medios. Porque limita la acción fiscalizadora que la prensa debe ejercer. Una acción que sirve como muro de contención para evitar los excesos de los gobernantes.

En las democracias se les ofrecen garantías a los medios de comunicación para que cumplan su función como fiscalizadores de la moral pública. En cambio, los regímenes dictatoriales rechazan la libertad de prensa. Solo aquellos gobernantes que temen perder el poder si se revelan actuaciones indebidas en el manejo del Estado son capaces de impulsar leyes que impidan el ejercicio del periodismo. ¿Qué habría pasado en Colombia si, como presidente de la República, Ernesto Samper Pizano hubiera hecho aprobar una ley para impedir que la prensa revelara la forma cómo el narcotráfico permeó su campaña? Hubiera sido el acabose. Una confrontación gobierno­-prensa habría producido inestabilidad institucional.

No es rasgando periódicos ante las cámaras de televisión como se le hace frente a las denuncias sobre corrupción. Tampoco sugiriéndoles a los gobernados no comprarlos. Mucho menos pidiéndole a los anunciantes retirar la pauta publicitaria en los medios no afectos al gobierno. Rafael Correa no sabe qué es el respeto hacia la prensa. Intolerante con las críticas, ha llegado al colmo, incluso, de asfixiar económicamente a los medios, prohibiendo la pauta oficial. Y antes que responder con altura intelectual, prefiere lanzar epítetos contra los periodistas, tildándolos de “bestias salvajes”. Dejan mucho qué pensar estas actitudes de un gobernante que tuvo el valor de otorgarle refugio a Julian Assange en la embajada de Ecuador en Londres. ¿Actitud ambivalente?

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