Haciendo oficio y vomitando rabia (capítulo 2)

Haciendo oficio y vomitando rabia (capítulo 2)

Segunda entrega de la novela 'Padre de familia desempleado', de Andrés Gómez Osorio.

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17 de junio 2013 , 01:37 p.m.
Septiembre, 2000

–“¿Y su papá?”, le preguntó Martha a Santiago, su hijo mayor.

–“Se fue hace como dos horas y dijo que ya volvía”, contestó él, sintiendo el mal genio de su madre.

–“Lo que faltaba, pues. Van a ser las 8 de la noche y Alfonso desaparecido”, murmuró ella con amargura.

Había llegado al apartamento con el alma envenenada. La semana anterior le había pedido plata prestada a una compañera de oficina y debía pagarle ese día. “Deme plazo hasta la otra quincena, por favor”, tuvo que decir sonrojada y con el orgullo herido. Le parecía humillante que le cobraran y sentía un inaguantable deseo de desquitarse con su marido. Por eso había pasado la tarde repitiéndose entre dientes las palabras de reclamo que luego expulsaría desde sus vísceras. Tenía enumerado un listado de quejas que iban desde la suspensión de la línea telefónica hasta el recibo del agua que estaba próximo a vencerse.

Cuando llegó, Alfonso la saludó con un fugaz beso que Martha recibió de mala gana. Él se metió en su cuarto. Ella esperó unos minutos antes de dejar a Miguel en el comedor para que terminara su tarea y finalmente emboscó a su esposo mientras se ponía la piyama:

–“Le debemos 300 mil pesos a Doris y se los teníamos que pagar hoy”, le dijo en tono acusador, cruzándose de brazos y recostándose sobre el marco de la puerta, como desafiándolo con sus escasos 155 centímetros de estatura.

Alfonso guardó silencio porque, simplemente, no había respuesta posible de su parte que le diera solución al problema. Martha insistió, sabiendo que –en efecto– él no tenía forma de resolver el asunto:

–“¿Ah? ¿No va a decir nada? ¿Y entonces? ¿Qué le digo a Doris?”.

–“Pues…, déjame hablo con mi mamá, a ver si ella nos presta”, contestó él finalmente, dudoso, encogiendo un poco sus 187 centímetros de altura.

–“¿Se supone que eso le voy a decir a Doris mañana?, ¿que ‘espéreme a ver’ si la suegra nos saca de esta? ¡¿Pa’ qué putas me dice que pida plata prestada si después se va a hacer el loco a la hora de pagar?! ¡¿Pa’ qué?! Ahí mandaron una nota del colegio de los niños recordándonos que debemos todo el año en pensión. ¿Les vamos a decir lo mismo?, ¿que ‘esperen a ver’? Esta situación me tiene mamada. Lo que más piedra me da es que usted ni siquiera parece preocuparse y se queda callado, como si eso fuera suficiente para pagar las cuentas. No, mijo, así no son las cosas…”.

Martha hizo una pausa. Por alguna razón perdió el impulso inicial, tal vez conmovida ante la expresión sumisa de Alfonso. Quiso recuperar el ímpetu y decidió ir al baño para quemar algo de tiempo y recordar las cosas que había planeado decirle. Sin embargo, antes de siquiera cruzar la puerta, vio el papel higiénico un poco arrugado sobre el tanque del retrete. Lo acababa de poner su marido en remplazo de las servilletas. Ahí se le volvió a encender la chispa y estalló:

–“¡Qué es esa mierda, Alfonso! ¡QUÉ… ES… ESA… MIERDA!”, repitió acentuando cada palabra.

Él la miró con los ojos asustados, como implorándole que no lo fuera a regañar. Le hizo señas con las manos para que se calmara y no alzara la voz, pero ella ya iba disparada, tan incontenible como un toro que embiste a su matador y no se detiene hasta verlo inmóvil:

–“¡¿De dónde sacó eso, Alfonso?! ¿Ahora estamos robando papel higiénico? ¡Esto es el colmo de la ‘miserableza’! ¿Y entonces mañana qué? ¿Vamos a subirnos a un poste con un cable para robarle luz a la empresa de energía? ¿O vamos a pararnos a las afueras de un restaurante para mendigar sobras? No, mijo, así no vamos a llegar a ningún lado. Uno no puede ser tan cómodo en la vida (…)”.

Se dirigió al armario, casi empujando al grandulón de Alfonso para abrirse paso con su diminuta figura. Buscó una camiseta vieja y un pantalón de sudadera desteñido para cambiarse y empezar a hacer oficio. Esa era su reacción automática cada vez que peleaba con él.

–“(…) Yo aquí no puedo ser la única que esté pensando en cómo pagar los tenis de Santiago para que vaya al colegio. ¿Usted ha visto cómo están de rotos? Y qué me dice de Miguel, que llevaba una semana pidiendo unas ‘pinches’ cartulinas. Usted no se pellizcó para conseguirlas y tampoco me llamó para acordarme, porque si yo las traje apenas hoy es porque se me habían olvidado en medio de tantas maricadas que tengo pendientes en la oficina (…)”.

Salió rabiosa de la habitación y se dirigió hacia el cuarto de ropas, en la cocina, haciendo sonar con fuerza sus pies desnudos en la baldosa, al tiempo que seguía vociferando para que Alfonso pudiera escuchar cada una de sus palabras y palabrotas, a pesar de que no hacía falta alzar la voz en ese pequeño apartamento de 73 metros cuadrados, en un conjunto residencial donde todo se oía. La limpieza de la casa se había convertido en una terapia a la que siempre acudía para desahogarse y quitarse de encima una tonelada de sentimientos amontonados. Además, cantarle la tabla a su esposo mientras hacía oficio era práctico porque no tenía que verle la cara y así evitaba enfrentarse a esa eterna mudez que caracterizaba a Alfonso.

Martha se armó con una aspiradora, un trapero y un balde de agua con un poco de detergente. Regresó directamente a lavar el baño de su habitación matrimonial. Agarró el papel higiénico con ira y lo botó sobre la cama. Sin detener su retahíla, empezó a restregar las paredes de la ducha:

–“(…) Me muero de la pena, Alfonso, pero yo no puedo sola con todo. Vea lo que pasó con Doris. Usted debió pensar en pedirle plata prestada a su mamá antes de que Doris me fuera a cobrar hoy. Pero claro, como usted no es el que tiene que poner la cara. Le apuesto a que ni siquiera ha pensado en qué darle de comer esta noche a los niños. ¡Jah! Qué va usted a pensar en eso. Más güevona yo que todavía creo que va a hacer algo. Ahí traje una panela y un paquete de galletas para que al menos no se acuesten con el estómago vacío (…)”.

Alfonso no hallaba qué hacer. No podía responderle a Martha porque sentía que tenía razón en la mayoría de sus reclamos. Al principio decidió escucharla, pacientemente, sentado en el borde de la cama, permitiéndole exorcizar sus demonios con esa voz que se oía distorsionada por la acústica del baño. Luego sintió alivio cuando ella dijo que había traído algo de comida, porque así pudo huir de la regañina y refugiarse en la cocina, con la excusa de hervir la panela y servirla con galletas a sus hijos.

Transcurrió un poco más de media hora. Martha terminó de arreglar el baño y volvió al cuarto de ropas para guardar su arsenal de aseo. En ese momento, Alfonso recogía los pocillos y los platos de la modesta cena que dejó insatisfechos a Miguel y a Santiago. Pensó que su mujer se había calmado, pero estaba equivocado. Ella aún tenía un malestar en el pecho que necesitaba escupir y por eso abrió la llave del lavaplatos y se dispuso a lavar la loza.

–“No, amor, yo limpio esto mañana”, le dijo él tomándola del brazo, presintiendo que volvería a explotar.

–“No, Alfonso, ¡no!”, respondió ella, quitándose con fuerza la mano de encima.

Enjabonó la loza con violencia mientras hablaba de la impotencia que sentía frente a tantas deudas. Decía que sus días nunca transcurrían en paz porque siempre había alguien cobrándole, no solo Doris, sino también las operadoras de los bancos que llamaban a la oficina para recordarle la deuda en aumento de las tarjetas de crédito, las cartas de los abogados poniendo el dedo en la llaga de una hipoteca impagable, sus propios hijos pidiéndole plata para comprar quién sabe qué cosa que necesitaban en el colegio y la infame cartelera de morosos que le daba la ‘bienvenida’ a la entrada de su edificio.

–“¡No me mamo más esta situación! ¡No me la mamo más!”, gritó Martha apretando los dientes y usando las dos manos para estrellar contra el fregadero el plato que estaba enjuagando. La cerámica se rompió con el impacto y cortó su pulgar derecho.

–“Por favor…, ¡tienes que calmarte!”, exclamó él con nerviosismo.

Al ver que no había un solo trapo limpio, Alfonso hizo el intento de correr a su habitación para recoger el papel higiénico que ella había despreciado. Martha lo paró en seco con una mirada retadora:

–“Ni crea que voy a usar eso que usted se robó. Más bien termine de lavar aquí”.

Salió de la cocina, recogió el bolso que había dejado en el comedor y se encerró en el baño. Abrió la llave del lavamanos para limpiar la herida. Respiró profundo. No tuvo las más mínimas ganas de llorar. Incluso, sintió algo de tranquilidad tras haber liberado tanta frustración acumulada.

Se quedó un buen tiempo distraída mientras sentía el agua correr sobre sus dedos. Luego de un par de minutos cerró el grifo, secó su mano izquierda –restregándola contra el pantalón de sudadera– y con la misma esculcó en su cartera. De allí sacó una tira de papel higiénico que había tomado de los baños de su oficina. La puso sobre su herida y esperó a que la sangre se coagulara. Botó el papel enrojecido en la taza, soltó la cadena y salió.

Martha se puso la piyama sin afán y se acostó al lado de Alfonso, quien ya la esperaba en su cama, aunque dándole la espalda. Él se volteó lentamente para abrazarla con cuidado, sabiendo que podía ser rechazado.
Ella no solo permitió que se acercara, sino que suspiró y apretó los ojos aliviada de que así lo hiciera, porque –por encima de todo– Martha amaba dormir reconciliada con ese gigante en desgracia que le sacaba tanto la piedra.

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El próximo martes, en 'Padre de familia desempleado':

“Desempleo es cuando mi mamá se pone brava con mi papá” (capítulo 3) _________

Si se lo perdió, lea aquí el capítulo anterior:

El papel higiénico (capítulo 1)

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ANDRÉS GÓMEZ OSORIO.

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