Doña Ana, el pueblo que pasa del agua a tierra firme

Doña Ana, el pueblo que pasa del agua a tierra firme

Los habitantes de esta población de Sucre viven entre 8 y 10 meses al año inundados.

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17 de junio 2013 , 06:32 p.m.

En medio de la ciénaga Punta de Blanco, alejados de cualquier centro poblado, y solo recordados cada año, cuando se encienden las alarmas porque las aguas de los ríos San Jorge, Cauca y Magdalena se desbordan e inundan miles de hectáreas en cultivos y pastos, han vivido durante décadas los habitantes de San José Doña Ana, un pueblo de pescadores en el sur de Sucre a los que ahora la vida parece darles una nueva oportunidad.

A 14 kilómetros de allí, y después de navegar durante 40 minutos en un “Johnson”, como en esta zona del Caribe se les llama a los botes con motor fuera de borda, se levanta un nuevo Doña Ana. Se encuentra a orillas de la ciénaga y allí se puede llegar desde Sincelejo, después de recorrer dos horas por una carretera que en buena parte es destapada.

Las viviendas son en bloque de concreto, con pisos en baldosa, cocina, baño interno, dos habitaciones y un amplio patio. Este nuevo pueblo, con sus calles perfectamente trazadas, tendrá escuela, salón comunal, polideportivo, parque, planta de tratamiento y los servicios de acueducto, alcantarillado, energía y alumbrado público –el único que ya entró en operación–, pero además estará conectado a través de Internet con el mundo.

Nada parecido al desordenado y ahora llamado “antiguo Doña Ana” –en el suroriente del municipio de San Benito Abad– que está conformado por construcciones palafíticas, unas cuantas de concreto, otras de madera y bahareque, y muchas otras de las que no se sabe de qué fueron hechas, porque los vientos huracanados que azotan a esta región de La Mojana y el agua solo han dejado unos cuantos escombros.

Esta población sin ninguna posibilidad de futuro permanece cada año entre 8 y 10 meses inundada, lapso durante el cual sus cerca de 1.100 habitantes viven confinados sobre los tambos (plataformas de madera que construyen bajo los techos de sus casas). Mientras los niños van a la escuela en pequeños botes o incluso remando sobre tapas de tanques plásticos, las mujeres esperan que sus esposos con sus hijos adolescentes puedan atrapar en los trasmallos y atarrayas algún bocachico o pintado (bagre rayado) para tener algo que echar a la olla.

“En el tambo me siento como si estuviera presa. Si uno no tiene una barqueta, no puede salir, no puede ir a la tienda, es todo el tiempo acostada, viendo quien pasa por allí y quien pasa por allá, y caminando por los laditos para que los otros no se incomoden. En cambio acá (en el nuevo pueblo) todo es amplio y me siento libre”, dice Mildred Aguirre, a quien un “huracán” le destruyó su casa de bahareque y la obligó, como ya lo hicieron unas 35 familias, a trasladarse de manera anticipada al nuevo Doña Ana y a volver realidad su sueño de tener una casa que les permita a ella, a su esposo Luis Enrique, y a sus cinco hijos, vivir en condiciones dignas.

Alianza pública y privada

“El proyecto de reubicación surgió antes de la inundación (en el 2010, durante el fenómeno de la Niña, el nivel del agua subió dos metros y medio y así se mantuvo durante año y medio) y gracias a Dios se dio y hoy tenemos un pueblo bonito y vivimos dignamente”, asegura Mildred, mientras carga en sus brazos al pequeño Jesús David, que vino al mundo en el tambo, precisamente para esa época, en una noche de vendavales y con la ayuda de una partera.

Pola, como conocen en la región a esta mujer de 37 años, es una de las precursoras de que este proceso de reubicación sea un ejemplo para el país, no solo porque fue iniciativa de los pobladores, sino porque logró aglutinar a los sectores privado y público, a ONG, a la cooperación internacional a través de la Cruz Roja Española, y también la ayuda de personajes de la farándula colombiana.

“Cuando se presentó la ola invernal del 2010 y 2011, hicimos una gran colecta pensando en las comunidades que todos los años se inundan. Casualmente, por esos días se acercó la iniciativa liderada por la actriz Isabella Santodomingo y Martín Santos (hijo del presidente Juan Manuel Santos), y nos dijeron: “Queremos ayudar y aportar para soluciones definitivas”. Pensamos en La Mojana y que Doña Ana era la opción. Fuimos y nos dimos cuenta de que la gente ya venía planteándole al municipio la reubicación”, explicó Edna Camelo, coordinadora nacional del proyecto por parte de la Cruz Roja Colombiana, organismo humanitario que administra los aportes y donaciones, y dirige la ejecución de las obras.

A esta iniciativa se sumó el Fondo Adaptación, entidad que nació para preparar al país para el cambio climático y bajo su responsabilidad está adelantar las obras definitivas de las zonas vulnerables, con un aporte de 3.888 millones de pesos.

El proyecto de traslado a una zona segura de las 147 familias de pescadores tiene un valor de 6.303 millones de pesos y se encuentra en la última de las tres fases en que se dividió originalmente.

“Este modelo tiene muchas lecciones importantes: confluyen varias instituciones, participan de manera activa las comunidades y la desesperanza se transforma en expectativa de futuro para los beneficiarios”, explica Carmen Arévalo, gerenta del Fondo Adaptación.

Y es que sin estar terminado –faltan por construir 14 viviendas, el polideportivo, la escuela y finalizar el salón comunal– el nuevo Doña Ana ya despierta “envidia” en la región, porque, de acuerdo con el ingeniero residente en la obra, Pablo Uribe, “esa infraestructura y ordenamiento no la tienen los otros pueblos” de la zona.

“Esta comunidad pasará de estar refundida y aislada, a ser la más organizada”, agrega Uribe, quien destaca que están proyectadas aulas para primaria, con lo que los niños no tendrán que desplazarse en bote hasta los otros corregimientos de Punta de Blanco y Puerto Franco –este último en el municipio de Galeras–, para ir a la escuela.

Esperan orden de traslado

Aunque el nuevo pueblo sigue en obra y sus calles se vuelven lodazales con las lluvias, a muchos de los que siguen en el viejo Doña Ana no les interesa vivir temporalmente esas incomodidades. Solo esperan la orden de empezar el trasteo masivo, programado para finales de julio.

Una de ellas es Ledys Montes, de 53 años y otra de las líderes del proceso. “Solo esperamos que pongan la luz y el agua. Tenemos la esperanza de que allá nos va a cambiar la vida, que vamos a estar mejor”, dice esta mujer, que con la venta de panes, dulces, gaseosa y de almuerzos, recoge algo de dinero para enviarle a Marcos, uno de sus tres hijos, y quien desde hace años se resistió a seguir los pasos de la mayoría de jóvenes doñaneros (el gentilicio de los nacidos en Doña Ana) y decidió viajar a Barranquilla, donde vive en la casa de una tía y estudia ingeniería industrial.

Ledys y su esposo, Ignacio Lastre, un pescador nacido hace 70 años en el caserío y que se queja de la tensión alta, ya están pensando, cada uno por su lado, en cómo sacarle el mejor provecho a las nuevas posibilidades que les plantea el trasladarse a “tierra firme”.

Mientras Ignacio visualiza un posible negocio en la venta de gasolina, debido a que muchos de sus paisanos podrían cambiar los botes de remo por motocicletas, y ya empezó a reunir ‘pimpinas’ en las que espera almacenar el combustible, Ledys tiene fe en que se reactive el proyecto de producción de sandalias, que hace parte del proceso de reubicación.

“Ya se hicieron las primeras, pero paramos porque no tenemos los materiales. Son sandalias domingueras, con suela en cuero o en ‘aeroflex’; el par vale 20.000 pesos”, dice esta mujer, a la que también le preocupa que las imágenes de José, Jesús y María que se encuentran en el altar de la iglesia aún no tengan un templo en el nuevo pueblo.

Pero mientras algunos aguardan con valentía en el antiguo poblado de pescadores, que hace un mes se volvió a anegar, otros han ido perdiendo la paciencia y se han embarcado en los ‘Johnson’ en busca de la anunciada nueva oportunidad, aunque con la nostalgia de dejar atrás sus recuerdos y sus muertos, que también pasan la mayor parte del año entre el agua. Por eso casi todos los días una familia arriba al nuevo Doña Ana.

GUILLERMO REINOSO RODRÍGUEZ
REDACCIÓN EL TIEMPO
GUIREI@ELTIEMPO.COM

 

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