La muerte de un amigo

La muerte de un amigo

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17 de junio 2013 , 05:30 p.m.

Imposible contener los recuerdos, imágenes y momentos que en minutos me invadieron cuando supe que Jaime Carrasquilla acababa de morir de un infarto fulminante cuando se dirigía al colegio que fundamos junto con seis compañeras, con quienes construimos sueños, proyectos e interminables conversaciones pedagógicas.

Desde la infancia, cuando compartimos los pupitres de primaria, pasando por la época de la universidad, en que cada uno por su lado descubrió las aulas escolares como espacio de utopías y rebeldías personales, supimos con toda claridad que lo que nos unía era mucho más poderoso que las cosas que por épocas nos distanciaban. Como sucede entre amigos. Sobre todo si cada uno cree y vive con pasión. Asumimos juntos grandes desafíos conversando y tomando café hasta el amanecer y fuimos críticos implacables el uno del otro.

Durante más de veinte años discontinuos estuvimos en proyectos comunes en colegios privados y en la educación pública. Alternamos las discusiones pedagógicas con interminables charlas de historia, arte, política y, claro, la intimidad que se proyecta a las incertidumbres de quienes siempre andan buscando un rumbo personal sin acabar nunca de encontrarlo. Nos acompañamos cuando nuestros padres fueron muriendo, porque, como compañeros de infancia, habíamos sido acogidos en una y otra casa y así podíamos calibrar en silencio el sentir del otro en esos trances. Pero, además, Jaime fue maestro y “pariente” cercano de cada uno de mis hijos, una especie de tío amigo cómplice y ejemplo, paradigma de afecto paternal sin importar si de momento había distancias entre él y yo.

El gran proyecto de la Unidad Pedagógica absorbió por completo sus últimas dos décadas. No pensaba en otra cosa que no fueran sus niños y niñas, sus adolescentes, a quienes conocía uno a uno con sus gustos y resabios. Sabía qué equipo de fútbol era el de cada quien, qué libro habían leído, que inquietud les rondaba en la cabeza. No era raro verlo llegar con una caja llena de libros de lujo, que coleccionaba de manera compulsiva para prestarlos a uno y otro, y consagrar horas enteras a explicar hasta los más mínimos detalles de la edición.

Hace tres años regresé al colegio, después de haber estado dedicado a muchas otras actividades educativas en el sector público y en proyectos internacionales, y de inmediato volvimos a encontrar el rumbo de una cercanía interrumpida por las circunstancias. Me encantaba el primer café de la mañana, acompañado del repaso de las noticias del día y de las actividades escolares pendientes.

La vida nos regaló dos años de intensa cercanía, que de nuevo se interrumpió cuando el año pasado, en parte a instancias suyas, regresé a la Secretaría de Educación de Bogotá para apoyar un proyecto político en el que ambos creíamos. Continué enseñando y discutiendo con él el futuro del colegio. Muchas veces hablamos de la muerte porque ya la edad nos ponía en el último tramo de la vida. Y, de manera natural, sin ninguna ceremonia, reafirmamos la convicción de que el proyecto de la Unidad Pedagógica tendría que sobrevivirnos y que la garantía de ello siempre sería la existencia de un grupo incondicional, como hemos sido quienes nos agrupamos por allá hace treinta y tantos años para caminar juntos por la educación del país.

Con los amigos de la vida, tan pocos por cierto, la muerte es un incidente más de un camino que para todos tiene el mismo fin. Con ellos se continúa andando. Se los busca en la memoria. Se sigue discutiendo en las noches de vigilia. Jaime fue un gran maestro, un apasionado jardinero que sembró semillas de inquietud intelectual y enormes árboles de afecto en varias generaciones. Su figura continuará rondando por muchas vidas a lo largo del tiempo. Sin duda, en mi profunda intimidad seguirá vivo el amigo de los años.

fcajiao11@gmail.com

 

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