Rohaní, ¿moderación frente a extremismo?

Rohaní, ¿moderación frente a extremismo?

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17 de junio 2013 , 04:15 p.m.

¿Qué primará, República o islamismo, o todo seguirá igual en la teocracia iraní? Esa es la gran pregunta. ¿Por qué y cómo ha sido posible que un moderado, pero partidario de la república islámica, haya ganado las “elecciones” en Irán? Este clérigo ha suscitado un gran apoyo, incluso entre los reformistas, cuya voz ha sido aplacada y silenciada por el régimen de los ayatolás. Atrás queda la etapa del fracaso y la radicalidad bajo la coreografía de Ahmadineyad, muy erosionado en su legitimidad tras el resultado fraudulento del 2009. El respaldo de expresidentes como Jatamí, o el propio Rafsanyani, ha sido decisivo para llenar las urnas y canalizar el voto de miles de iraníes que ansían más libertad, más pluralidad y más esperanza dentro de la cerrazón del régimen de los ayatolás. Los candidatos más conservadores y ultras han fracasado en las elecciones. Apoyados por los ‘pasdarán’, que en los últimos comicios fueron decisivos para silenciar las ansias de libertad y esperanza verde.

¿Cómo es posible que el culto y viejo pueblo persa siga atenazado por la férrea e implacable dictadura de los ayatolás más intransigentes? Treinta años después de la Revolución de Jomeini, ¿qué siente, qué piensa, qué espera el pueblo iraní? Las ansias de cambio del 2009 fueron amordazadas. El régimen sigue atrincherado en sus postulados, se pliega sobre sí mismo, pero hay fisuras. Disparar al pueblo se convierte a largo plazo en insoportable, desnuda los vicios de un régimen despótico. Hay elecciones, pero las cartas están marcadas. Cuatro candidatos. No hay libertad política ni de participación de partidos. Juegan su baza en la región y en el escenario geopolítico. La sombra del fraude es alargada. Parece que esta vez no tanto, pero nada se mueve sin que los clérigos no quieran. Todo está podrido, entre un hermetismo implacable. Durante estos últimos años se aumentó la tensión con un Israel suficientemente autoirritado. Irán no es Irak, no es despreciable militarmente y se encamina lenta pero inexorablemente hacia la consecución de armamento nuclear. Siria es el aliado que no quieren perder. Hezbolá e incluso Hamás, aun no siendo chií, son las prolongaciones de las obsesiones teocráticas. Quieren copar el espacio que Egipto cedió en la región.

Gana la firmeza, que no la audacia, la intransigencia como estrategia a medio plazo. Gana el chador, gana el negro sobre el verde de la esperanza. Esa es la única ola. Las primaveras árabes vinieron después de las revueltas en Irán a fines del 2009, pero ni aquellas ni esta han resistido la realidad no democrática. Por el momento, la ola de la represión, la intransigencia, la penitencia más allá de la Ashura. Esperanza teñida de sangre, de muerte y dolor. No importaban la fractura social, los sueños de libertad y de democracia que podía y puede haber en un pueblo en el que un 70 por ciento ha nacido tras la Revolución. La democracia es una quimera, y sin embargo hay elecciones, controlados los candidatos, sí, dentro del aparato, pero las hay, algo que no se da en otros muchos países árabes que no son sino dictaduras o monarquías feudalizantes. Esa es la sutil diferencia, la misma que se ignora por los gobiernos occidentales. No todo es lo que parece. Votaciones masivas, movilización como no se recuerda del electorado. Fraude y manipulación a gran escala. Occidente juega con las palabras: aperturismo reformista o fundamentalismo inmovilista. Pero hoy es y sigue siendo imposible la ruptura total del régimen. Hasán Rohaní no es un rupturista, tampoco un reformista, pero sí un moderado dentro del régimen que acepta y apuntala. Su ADN es revolucionario, es jomeinista de primera hora. Para el líder, el ayatolá Jamenei, el resultado es válido, tal vez querido, consciente de la deriva, rechazo creciente y convulsión social que la etapa que precede ha suscitado. La pérdida de credibilidad y confianza en la república crece. La dualidad república e islamismo puede desquebrajarse.

Musavi, hace cinco años, abanderó en las anteriores elecciones una ola verde de esperanza, de tímida apertura frente al aislamiento más intransigente de Ahmadineyad. Pero también cumplió el guión dictado. Conservador en las formas, no en las palabras, hijo del régimen, apagado en los últimos años. La muerte de Montazerí en diciembre del 2009, el gran ayatolá de la apertura y crítica al régimen, no sirvió de revulsivo. Ahmadineyad sólo ha sido un provocador nato, con verbo ofensivo e invectiva hiriente. Representaba el papel, el guión perfectamente trazado. Continuó aislándose, él y su régimen. Irán está fracturado. El régimen teme. Solo es cuestión de tiempo.

Nuevos tiempos en el tablero mundial. Algo se mueve en la diplomacia enrevesada. Tambores de guerra y amenazas nucleares, así como bombardeos y ataques selectivos contra las plantas por parte de Israel. ¿Estados Unidos reniega verdaderamente del diálogo con Teherán? Hay que esperar los acontecimientos. Pero todo puede cambiar. La cuestión es saber acertar en ese rumbo y tiempo de cambio. La incógnita se desvelará en los próximos meses, así como la verdadera fuerza e implicación real de la Casa Blanca. Se han acabado los tiempos de los vacíos eufemismos. El régimen iraní ha entrado lenta pero inexorablemente en la cuenta atrás. Algunos echan de menos los tiempos de Rafsanyani y Jatamí, demasiado aperturistas en su momento para las esclerotizadas estructuras del régimen, hoy tímidos aperturistas que lo intentaron desde dentro sin traicionar la revolución, pero que han marcado el camino. Alí Montazerí, desde su retiro obligado en Quom, quiso separar poder político y poder religioso. Una de las médulas mismas del Estado democrático. No pudo en vida ver el ocaso de la dictadura y de unos religiosos que confunden ámbitos y poderes a su mero capricho y antojo de poder. Que siga la farsa democrática.

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