La cárcel es para purgar delitos

La cárcel es para purgar delitos

notitle
17 de junio 2013 , 09:29 a.m.

 

El infierno carcelario que padecen miles de personas investigadas y condenadas por infringir el ordenamiento penal tiene fecha de vencimiento. Esta afirmación no es una frase irresponsable ni mucho menos una utopía. Por razones de dignidad humana esos centros penitenciarios tienen que convertirse en espacios de reinserción social y protección al condenado, principios que en teoría no se contraponen con la noción de justicia.

En concordancia con los términos del catolicismo utilizados en el tema del Salón de Debate, podemos preguntarnos ¿cómo salimos de ese infierno? ¿Es razonable pensar en una etapa de transición hacia unpurgatorio? ¿Cuáles son los sacrificios de la justicia? El punto de partida para resolver el problema se halla en una de las nociones de justicia, que algunos o muchos conciben en su ideario social: justicia es pudrirse en la cárcel, idea perversa desde todo punto de vista.

Un par de años atrás un Vicepresidente, hoy en trance a candidato Presidencial, soltó una expresión similar relacionada con el proceso de extradición del mercenario Yair Klein, “debería pudrirse en una cárcel colombiana”. Las consecuencias de esas palabras son de conocimiento público. Sin embargo, no se puede obviar que esa noción de justicia es la misma que ha inspirado reiteradas reformas penales, que son simplemente leyes de aumento de penas, indiferentes a las condiciones de reclusión que enfrentarán los futuros infractores.

Esas controvertidas leyes, que suelen presentarse como de seguridad ciudadana, han sido un fracaso porque incrementaron los niveles de hacinamiento carcelario, no doblegaron los indicadores de seguridad ciudadana e igualaron en las cárceles a los investigados con los condenados por cuenta de ese postulado llamado “peligro para la sociedad”, al crear una presunción siniestra, esta es, todos podemos ir a la cárcel, a menos que demostremos que no somos un peligro para la sociedad.

Por ello, se hace necesario un cambio en el discurso de política pública y en la confección de las normas penales con base en los principios de reinserción social y protección al condenado, es decir, crear una verdadera cultura penitenciaria, que desactive la ecuación populista de “aumento de penas es más justicia” y que rompa el mito de “cárcel para los investigados es más convivencia y seguridad ciudadana”.

Esa cultura penitenciaria también se materializaría en políticas públicas que establezcan condicionamientos a las leyes de aumento de penas, las cuales no entrarían en vigor si no se reducen a cero los niveles de hacinamiento y, adicionalmente, hasta que se certifique que existe una infraestructura mínima necesaria para albergar a los probables nuevos condenados.

El tema de superar el infierno en las cárceles no se agota en una reingeniería al concepto de justicia. Una de las reformas adicionales que garantizaría su fecha de vencimiento está relacionada con el Inpec y su cuerpo de custodia penitenciaria. Acusar a sus integrantes de ser los Can Cerberos del infierno carcelario sería un despropósito. Pero sin duda son parte del problema.

En primer lugar, el espejismo histórico de convertir al Inpec en un apéndice de la Policía Nacional sólo sirvió para securitizar la agenda penitenciaria. Si bien nuestro servicio de policía es una entidad de naturaleza civil, su misión constitucional de mantenimiento de las condiciones necesarias para el ejercicio de los derechos y libertades públicas, difiere por completo del rol que asumen los uniformados en la institución carcelaria. El manejo del Inpec tiene que estar a cargo de civiles expertos en diferentes áreas penitenciarias y no de miembros de la Policía, por más destacados que sean.

En segundo lugar, el cuerpo de custodia actúa más como un organismo de seguridad –que no lo es-, en el sentido de hacer uso de la fuerza como único mecanismo de solución a los problemas de protección a los investigados y condenados en los centros penitenciarios, en detrimento del ejercicio de otras actividades que estén relacionadas con la reinserción social. Palabras más palabras menos, no están preparados para manejar la convivencia intramuros ni para la creación de alternativas laborales al alcance de los internos.

El Inpec no soporta una reforma más. Su misión está agotada. Es el momento de pensar en una nueva institucionalidad. Formular un solo organismo para relevarlo sería un saludo a la bandera. La creación de diferentes programas penitenciarios, cada uno de ellos con autonomía e independencia en sus funciones y vinculados con el sector justicia. Un programa de asistencia, otro de vigilancia, uno más de protección y el de habilitación laboral son alternativas a considerar con base en las experiencias internacionales.

La transición hacia un nuevo modelo penitenciario pasa por entender que el paso por la cárcel es para purgar los delitos, esto es, para satisfacer con una pena, en todo o en parte, lo que uno merece por un delito.

* Profesor titular de la Universidad Externado de Colombia:

@JairoLibreros

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.