Cine y espagueti

Cine y espagueti

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16 de junio 2013 , 07:51 p.m.

Ayer aproveché el Día del Padre para recordar a mis ancestros, recuperarlos en detalle, como cuando los detecto frente al espejo, asomándose mientras me arreglo.

Mi padre me enseñó los tangos que él cantaba y me llevó desde niño al cine, un vicio del que no he querido desprenderme. Entonces, ya no me regalaba libros, pero me contaba historias, sobre todo las que él había vivido junto a su padre, mi abuelo Blas, simpático personaje nacido en Maratea, en el seno de una familia napolitana de actores.

Blas se ganaba la vida como orfebre, pero en tiempos difíciles proyectaba cine en los municipios del Atlántico. Iba directamente a las iglesias, donde fabricaba o reparaba sagrarios, cálices y patenas; y los párrocos agradecidos le prestaban una sábana blanca, que él colgaba por las noches sobre una pared de la iglesia, convirtiendo la plaza en un cinema exquisito, al que se podía entrar con un par de centavos o huevos, un pequeño mercado de verduras o cualquier producto propio del terruño.

Tengo apenas espacio para otro episodio.

Durante la II Guerra Mundial, Colombia se declaró enemiga de Alemania y ordenó que los ciudadanos del Tercer Eje (Alemania, Italia, Japón) fuesen llevados a las oficinas del SIC, antiguo DAS nacional, para ser interrogados.

El abuelo, sargento de caballería en la primera conflagración mundial, era ahora padre de seis hijos y vivía con ellos y su mujer, Débora Duncan, descendiente de escoceses, en su casita de la calle Medellín, en el centro de Barranquilla.

En razón de sus orígenes, Blas y Débora se trenzaban por aquellos días en alegatos interminables, que terminaban en personales, sobre los horrores y las culpabilidades de cada nación en la guerra.

Frente a los platos de pasta, los niños, divertidos, azuzaban aquellas rabietas, lo que elevaba la temperatura de la discusión, diciéndole a su padre, por ejemplo, que todo italiano inteligente era un desertor en potencia.

El abuelo gritaba mientras la abuela reía y la refriega doméstica terminaba casi siempre en un divertimento colectivo, pero, esta tarde, él, italiano, responde como extranjero a la citación del servicio de inteligencia colombiano.

–Y usted, don Blas –le dice un hombrecillo de uniforme caqui, sin levantar los ojos, por debajo de su bigote tupido y maltrecho–. ¿Quiénes quiere que ganen la guerra? ¿Los aliados o los alemanes?

–¡Yo quiero que gane Italia! –responde furioso el abuelo.

–Pero Italia está con los alemanes –le increpa el hombrecillo, saltando casi sobre él, como un resorte, desde el otro lado de su asiento de mimbre.

–¿Y qué? –riposta el abuelo–. Si hubiera una guerra entre Colombia y Perú y a usted le preguntaran con quién está, ¿diría que con el Perú? Bueno, pues ¡yo soy italiano y estoy con Italia!

Con ira, el hombrecillo dio un vigoroso golpe de sello sobre el papel y condenó al abuelo a vivir en una especie de campo de concentración que tenían en Facatativá (Cundinamarca), a donde iban a llevarlo en tren, como en tren llevaban los alemanes a los judíos, hasta sus famosos galpones de exterminio.

Cuando la abuela se enteró de la medida, se levantó la falda arriba de los tobillos y corrió, saltando charcos, con sus seis hijos, hasta la oficina del gobernador para decirle que ella era británica y, por lo tanto, aliada, pero que ese marido suyo, italiano a mucha honra, llevaba veinte años engendrando en ella niños colombianos.

Impresionado, el gobernador cedió, pero solo pudo modificar el destino de la decisión y dio al abuelo Blas, no la lejana Facatativá, sino el cercano Usiacurí por cárcel, donde el abuelo terminó montando, al mejor estilo italiano y gracias a una maquinita que él mismo construyó, la más pequeña fábrica de espagueti.

Heriberto Fiorillo

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