Tranvía de inicios del siglo XX renace de las cenizas del olvido

Tranvía de inicios del siglo XX renace de las cenizas del olvido

El restaurador Humberto Tamayo se encargó de devolverle la belleza al medio de transporte.

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16 de junio 2013 , 10:33 a.m.

Con un habano marca Cohiba pegado en sus labios –quizá la razón de su voz ronca– Humberto Tamayo dice que fue cosa del destino restaurar el único coche original que queda del viejo Tranvía de Medellín.

Tenía 8 años cuando montó en el medio de transporte. Fue la primera y última vez en sus siete décadas de vida: “Mi papá nos llevó a conocer el tranvía de Aranjuez. Ese era el último día de operación. Al siguiente lo iban a sacar de servicio pues las líneas las estaban desmontando desde 1.940 ”. (Así fue la restauración el antiguo tranvía de Medellín).

Así narra lo que vivió aquel día de 1.951 en que realizó el viaje final y el principio de un recuerdo, pues solo le bastó verlo una vez para décadas después repararlo con sus manos arrugadas.

Suspendida en el tiempo la historia del tranvía de Medellín ya parecía bajar en las estaciones del olvido de una capital paisa asomada a la modernidad.

Por eso ahora, cuando la ciudad innovadora espera que este sistema de transporte resurja de las cenizas –como el ave fénix– con el Tranvía de Ayacucho, la restauración del viejo coche número 61 es la carrilera que conecta al pasado con el presente y futuro de la urbe.

A oídos de los miembros del Museo de Transporte de Antioquia llegó en 2012 el rumor de la existencia de un coche original en una finca de Caldas (sur del valle de Aburrá). Ahí estaba. Lo encontraron en una propiedad donde lo llevó en 1948 uno de los operadores que amaba a su vehículo y que no quiso alejarse de este.

El predio pasó de dueño en dueño hasta 1.963 cuando la familia Medina lo compró con tranvía incluido. Convencer a la propietaria de que lo vendiera fue difícil. El vínculo acumalado por varias generaciones de los Medina la hacía decir que no.

Pero el negocio se cerró con el poderoso argumento de que era un regalo para la ciudad y luego de las peripecias logísticas para sacarlo de allí –necesitaron una grúa–, el Museo lo montó en una plataforma y lo exhibió a la ciudad en el Desfile de Autos Clásicos de la Feria de las Flores del año anterior.

Después del desfile le dijeron a Tamayo, “tenés un tranvía para restaurar”.

“Lo encontraron muy mal. Por estar sobre la grama, el óxido había hecho su trabajo. El techo, el chasis y muchas piezas fueron reemplazadas con base en las originales porque ya no tenían arreglo”, recuerda Tamayo, quien ha dedicado los últimos 12 años a restaurar autos clásicos y antiguos.

El primer trabajo fue habilitar el sistema de carreteo. Reemplazar parte del chasis original, fabricar resortes, muelles y conseguir ruedas de vagón de tren. Reparar los ‘faldones’ o cubiertas laterales. Cambiar toda la madera interior y la ventanería. Importar las lámparas y el sistema de timbres.

Durante siete meses ‘Humber’ –como le dicen de cariño– y cuatro hombres de confianza de su fábrica de fundición y lámparas, abrazaron el proyecto con orgullo paisa. Para ello el Museo del Transporte les asignó una cifra que ya casi alcanza los 150 millones de pesos.

“Más allá de la dificultad de hacer piezas nuevas, era la alegría de saber que algo tan dañado lo íbamos a recuperar –dice Henry ‘Cherry’ Higuita, uno de los miembros del equipo–. Pero la satisfacción más grande es que mi nieto Jerónimo ya vino al taller y se montó, lo conoció y me pregunta por el tranvía”. Otra cosa que lo hace feliz es que con sus manos le está devolviendo la vida a algo que no existía cuando él nació.

Todavía faltan algunas piezas que serán el objetivo de una búsqueda que irá hasta San Francisco (EE.UU.), donde todavía opera sistema. Estas piezas son las sillas del conductor y los mecanismos de apertura y cierre de puertas.

Pero el medio de transporte más famoso de Medellín de mediados del siglo XX sigue vivo con su piso de madera lustroso, sus parales de latón-bronce muy relucientes, sus sillas y ventanas funcionando perfectamente. Basta cerrar los ojos e imaginar el sonido de los centavos caer en el monedero y el chillido del timbre pidiendo una parada en el Parque Berrío.

Son imágenes nostálgicas que bajo la responsabilidad de Tamayo y la visión de los miembros del Museo del Transporte de Antioquia, podrán revivirse.

“Encontrar en mi vida un tranvía y restaurarlo. Que me quede la satisfacción de todo aquel que lo vea y llenar el recuerdo del paseo con mi padre hace 62 años, llena todos los requisitos de alegría”, dice Tamayo mientras suelta una bocanada de humo, como quien expresa la confianza de que cumplió con su destino. 

VÍCTOR HUGO VARGAS RODRÍGUEZ 
REDACCIÓN MEDELLÍN

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