Dani Klein, la historia de una voz

Dani Klein, la historia de una voz

La fundadora y alma del grupo belga Vaya con Dios está en su gira de despedida..

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14 de junio 2013 , 05:13 p.m.

Una mujer en el escenario.

Comienza a decir adiós.

Antes, una niña que canta en su casa cuando su papá pone en el tocadiscos la música de George Brassens. La niña se aprende sus canciones. Canta como si fuera igual que respirar. Lo hace porque sí. Porque si no, siente que se ahoga. Su casa está en Bruselas (Bélgica), y es la mitad del siglo pasado.

Ella no sabe que canta bien. Se lo dicen sus papás, sus vecinos, se lo repite su maestra en la escuela. Cuando llega del trabajo, su papá deja su traje de empleado y saca su guitarra. Canta con ella mientras su mamá –costurera– toma nota de los deseos de sus vecinas para los vestidos que les coserá. La niña canta y al mismo tiempo juega entre las telas de todos los colores que llenan su casa.

La niña se llama Danielle Schoovaerts. Más adelante elegirá otro nombre:

Dani Klein.

* * *

El pasado primero de enero cumplió 60 años. Casi las dos terceras partes de ellos, vividos en escenarios, estudios de grabación, aviones que la han llevado de un país a otro.

No a Colombia.

No todavía y quizá ya no.

Porque Dani Klein –la artista que en 1986 fundó el grupo belga Vaya con Dios, que es su vocalista y autora de la mayoría de sus canciones– está en su gira de despedida. Decidió dejar el escenario cuando su nombre significa todavía boletas agotadas –en su país y en Francia, en Portugal y Alemania, en Israel y en Suiza, en muchos otros– y sigue considerada una de las mejores voces femeninas europeas de todos los tiempos.

–Llevo muchos años viajando. Estoy un poco cansada. Para los próximos años quiero un modo de vida más regular –dice Dani. Y lo dice en español. Lo aprendió durante el año que vivió en México, uno de los tiempos más duros que ha vivido, también de los mejores.

* * *

Cuando la niña es adolescente no solo oye música en casa, sino en los sitios de Bruselas donde va en las noches. Es el final de los años 60, la rebeldía juvenil en ebullición. Su cabeza está llena de todos los géneros musicales. Sobre todo de uno: el soul. Y de dos artistas: Otis Redding y Aretha Flanklin.

Tiene 17 años y muchos cuadernos con canciones que ha escrito. Quiere viajar, conocer el mundo, hacer música. Y la fuerza de estos deseos le gana a la voluntad de sus padres, cuando le piden que no abandone el colegio por irse a tratar de cumplirlos. Dani se va de la casa. Es pacifista, inconforme. Es todo lo que reúna la palabra hippy. Conoce a un británico del que se enamora. Él no habla una palabra de francés, así que ella aprende inglés. El hombre es un dealer. Viven juntos en Londres y luego viajan a México. En ese país nace su hijo: Simon. Dani tiene 24 años y está en un lugar diferente al suyo, con un hijo recién nacido en sus brazos y al lado de un tipo maltratador.

Y sin embargo:

–Las mejores memorias que tengo de un país son las de México. Fue un tiempo muy difícil en mi vida, pero su luz, sus colores, sus olores... Muchas veces he pensado que me gustaría vivir allá –dice Dani, y habla de las noticias recientes que leyó sobre la situación de ese país.

Al año vivido en México le siguen dos en Estados Unidos. Luego empieza a buscar la forma de regresar a casa con una vida como madre soltera. Trabaja en almacenes, en oficinas, y de todo eso sale huyendo. Su alma y su cuerpo le piden música. ¿Podrá vivir de la música? En ese momento solo encuentra opciones cantando jingles (¡de McDonald’s, si le toca!) o haciendo coros aquí y allá.

La primera vez que pisa un escenario lo hace en un musical en homenaje a Jacques Brel. A partir de ese momento al público le resultará imposible ignorar la calidad de su voz.

* * *

Lo que pasó después fue que conoció en Bruselas a dos músicos con las mismas ganas de música. Dirk Shoufs (contrabajo) y Willy Lambregt (guitarra). Pasaron sus primeros demos a disqueras, y de todas recibían la misma respuesta: su música es difícil de categorizar; va a ser complicado que entren al mercado, muchachos.

Lo lograron. Entre otras cosas, por la convicción de Klein, que no se movió del tipo de música que quería hacer. El trío era una suma, sobre todo acústica, de jazz, rock, blues, ritmos gitanos, soul, canción francesa. Con las cuerdas como protagonistas. Cierto: no era el sonido habitual. Y sin embargo, su primer sencillo –Just a friend of mine– fue éxito en su país y abrió el camino internacional.

Algún día, viendo un documental sobre el Miami cubano, se encontraron con una frase pintada en un muro. Decía:

‘Vaya con Dios’.

Ese fue el nombre que eligieron para el grupo. Una manera más de decir adiós, au revoir, en un idioma que le era familiar a Dani. (A partir de entonces ella ha tenido que explicar en casi todas las entrevistas de dónde viene el nombre; que no tiene que ver con la fe; que, por cierto, ella no cree en Dios).

Casi tan pronto nació, el grupo vivió cambios. Lambregt se fue tras un sonido más roquero. Dirk y Dani siguieron con un nuevo guitarrista. Los temas que escribían a dúo se iban volviendo éxitos. What’s a woman, Don’t cry for Louie, Neh nah neh, entre otros. En la mitad de giras y de grabaciones, Dirk también se fue.

La droga. El alcohol.

La depresión.

La droga más el alcohol más la depresión. La muerte.

Dirk Shoufs murió en 1991, y ese fue uno de los golpes más fuertes para Dani. Pero siguió. Convocó a un nuevo grupo de músicos, grabó un tercer álbum, hizo una gira mundial, sacó un siguiente disco (en el que su hijo Simon, entonces de 19 años, tocó los teclados), dio entrevistas, viajó, grabó, cantó.

Hasta que gritó ‘no más’.

El estrés la tenía consumida; la presión de las disqueras, del público, de los medios. Sintió la soledad del éxito. Se enfermó. Cayó en una depresión que la llevó a terapia. Su cuerpo le estaba anunciando que debía parar. Su ánimo, también. Todo lo que disfrutaba de la música había desaparecido.

Así no podía seguir.

Tampoco quería.

Sobre todo eso: no quería. Porque a ella, más que cumplir metas, le ha importado el deseo. El deseo de hacer. Y en ese momento eso ya no existía. Dani se retiró de los escenarios en 1996. Se dedicó a estudiar. Terminó la secundaria, que había dejado abandonada. Estudió Filosofía en la Universidad de Bruselas y luego tomó clases de psicoanálisis.

–Lo hice porque me interesa entender cómo funcionamos los seres humanos, por qué tomamos las decisiones que tomamos, por qué somos como somos –dice Dani–. He estudiado mucho. Pero con el tiempo he llegado a concluir que no hay una respuesta única. Creo que no hay mucho que entender.

* * *

Y así como hay amores a los que siempre se regresa, era natural que Dani Klein volviera a la música. En realidad no se había ido del todo. Cada tanto aparecía en una colaboración, un proyecto. Pero fue en 2004 cuando publicó un nuevo disco bajo la firma de Vaya con Dios (titulado The promise) y con su espíritu acostumbrado. Es decir: Dani siguiendo sus instintos.

–En mi carrera nada ha sido calculado. Mi música es efecto de lo que soy. Y siempre he tenido la convicción de hacer respetar el derecho a ser quien soy. Eso nadie ha podido cambiarlo. Es extraño, porque en mi vida sentimental, por el contrario, no me creía suficiente para nadie; sentía que estaba en deuda con la persona que quería.

–¿Y eso cambió?

–No. No tengo suerte con los hombres. Pero no soy la única.

En The promise, Dani Klein (que dejó el cigarrillo cuando su asma le pasó factura) canta dos canciones en español. Una escrita por ella y una versión de La llorona. También las hay en alemán, francés, inglés. Tiene sentido, si se entiende que ella se crió en francés, pasó su juventud en inglés, viajó por el mundo y aprendió español. Lo de ella ha sido una suma. De miradas, sonidos. Su voz tiene la calidez del blues y sus letras, la poética de la canción francesa.

En 2009 (por fin, en realidad era algo que se veía venir desde que era niña) grabó un disco completo en francés, Comme on est venu. De nuevo, lo hizo por intuición. Con letras suyas que a veces le salen en minutos y a veces la siguen por años, a la espera de la palabra adecuada.

Como un anuncio de que su vida profesional iba a empezar a cerrarse, Dani publicó hace dos años un libro de memorias, con el deseo de contarse a ella, antes que a sus seguidores, sus lectores, su vida misma.

–Ponerlo todo por escrito da una distancia. Es mi historia y al mismo tiempo no lo es. Es la historia de una mujer.

–¿Al escribirlo se encontró con una Dani que no conocía?

–No.

–¿Con muchas Danis?

–Eso sí. Cuando lo escribí aparecieron cosas que me hicieron pensar: ‘¿yo he hecho esto?’ Visitar el pasado tiene sus riesgos. Había memorias que volvían y que no eran agradables.

* * *

A sus 60, Dani Klein prefiere las cosas simples. Antes, si veía un objeto que le gustara, no descansaba hasta tenerlo. Tenía que comprarlo. Ahora le basta mirarlo. Ahora quiere tener menos y mirar más. Ver, por ejemplo, a su nieta, abrazarla durante horas.

Dani Klein les dice adiós a las giras, no a la música. Como cuando niña, ella todavía canta como respira. Canta porque respira. A veces, por las calles, la gente la mira de forma extraña y ella cae en cuenta de que es porque va cantando, sola. Eso no va a cambiar. Dani –es decir, Vaya con Dios– se despide de los escenarios. Pero, al fin al cabo, estuviese arriba o abajo de un ellos, ha sido la misma. Solo el vestido es diferente.

MARÍA PAULINA ORTIZ
REDACCIÓN EL TIEMPO

 

 

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