Vuelta al primate

Vuelta al primate

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14 de junio 2013 , 05:07 p.m.

 

La ciencia sobre la evolución va obligando a reconsiderar la actitud ante la naturaleza, donde el hombre habita, de la que vive y lo que parece ser únicamente. De asegurarse que lo válido es lo demostrable, la humanidad debe acomodarse a que se equivocó creyendo ser algo sobrenatural, como el materialismo se lo cuestiona al reducirlo a variable vital, nivelándolo con otras que menosprecia, maltrata e incluso aniquila. En otra hipótesis vigente, la hoy función cerebral que mentía sobre su bestialidad y su ciencia como criterio único lo hace verse en forma distinta a la tradicional, la de otro primate más, y le impone una mirada diferente a su medio, subordinado ahora a una economía por eso necesitada de corrección seria.

La naturaleza se descubre más como evolución que como orden estático, en adaptación permanente por irrupción o desaparición de factores alógenos, bruscos o normales, con alteraciones comparables a las que tecnología, guerra, errancia de modos de vida imponen a la civilización cada día más compleja. La biodiversidad es móvil por emigración e inmigración de especies y sucesos ambientales, sean hostiles o benéficos, pero generadores de escenarios nuevos. La ciencia ha detectado varios de esos cambios y estudia otros, el paisaje sideral y terrestre efecto de conmociones de todo tipo, dentro del entrecruzamiento de sus leyes, algunas aún en estudio. Hoy por ejemplo se dice que no hay tal bosque virgen, por la incesante importación y exportación genéticas. Hábitat y ecosistema van a mediano o largo plazo a otra conformación, porque la mutación es ley cósmica.

Es ya sentido común que derecho vital y humano son uno; mejor, ya no son aceptables prerrogativas del bípedo pretendidamente ‘sapiens’, que lo fuera si de veras le supondría deber con lo que llama bruto. A la naturaleza como medio donde lo extraño es normal le aprovecharía una economía que lo maneje de acuerdo con que el bienestar humano es el natural, aunque la cultura siga sobrestimándolo; de demostrarse que no es sino física, su desaparición o alteración, por culpa suya o ajena, sería apenas incidental en la dinámica material que, si bien necesaria, admite también oportunidad que puede desperdiciarse. Si se extinguiera la humanidad, la vida continuaría bajo aspectos diferentes y hasta más amables sin el depredador de sí mismo y lo que lo rodea.

Mucho está aún susceptible de especulación, mientras no haya lo terminante, porque aún hay enfrente preguntas como la originaria de la diferencia específica, ya muy desvirtuada en la casi total ocupación de la racionalidad por el materialismo, que no disculpa la hostilidad con la naturaleza de parte de quien tiene por sí o le debe capacidad de interrogarla. De acabarse la vida terrestre quedaría el universo, ya sin los significados que ella puede darle y en los que habría sido solo una línea, perdida la memoria de la soberbia estúpida de la cual esta especie ha dado muestra suficiente al menos para merecerse el temor de las demás.

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