Viacrucis

Viacrucis

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13 de junio 2013 , 04:19 p.m.

Que valga la pena la nostalgia si se comete el error de cometerla. Que por ejemplo, al final de la edición 63 de la Vuelta a Colombia, sirva para algo recordar que hubo una vez una sociedad católica, agrietada y patriotera que en plena guerra civil consiguió hacer del ciclismo su refugio, su tregua y su poema épico: los demás pueblos del mundo supieron unirse a pesar de los odios inventándose monstruosos enemigos (“¡ahí vienen los yanquis!”, “¡ahí vienen los rusos!”), pero esta parroquia febril, empujada a la brutalidad desde la cegatona Bogotá, solamente pudo parecerse a una nación con el corazón en un puño cuando El Zipa Forero, Ramón Hoyos, Cochise Rodríguez, Rafael Niño y Lucho Herrera conquistaron en sus bicicletas las sangrientas montañas de la tierra.

La prueba de que Colombia existía era que una bandada de ciclistas le daba la vuelta. Los engendros del desastre –en orden de aparición: los chulavitas, los cachiporros, los pájaros, los bandoleros, los guerrilleros, los narcotraficantes y los paramilitares– aplazaban la violencia para mañana porque ya venían los corredores. Y mientras tanto el resto, según escribe Matt Rendell en su Reyes de la montaña, seguía etapa tras etapa el relato reparador de un viacrucis protagonizado por cristos abnegados, disciplinados y agónicos que encarnaban la miseria y la gloria de ser colombianos. Y las decapitaciones y la pésima condición de las carreteras y las “repúblicas independientes”, la violencia y el atraso y la derrota del Estado eran entonces una pesadilla en los márgenes de los periódicos.

La Vuelta era Colombia. Y las voces de los relatores Carlos Arturo Rueda y Julio Arrastía Bricca y Héctor Urrego, latiendo y latiendo en la radio, la iban contando como contando la gesta de una nación cuyo peor adversario era ella misma: en cuerpo y alma. Ocurría una identidad, ni más ni menos, pues aquella narración que se inventó un país con héroes y propósitos –reconoció el filósofo español Jesús Martín Barbero cuando se volvió “colombiano por adopción”, por ejemplo– “me proporcionó un verdadero rito de iniciación en la geografía no sólo paisajista sino costumbrista, social y cultural de este país”.

Pero si puede hablarse de esto con nostalgia sepia es porque se acabó. Ocurrió en el callejón sin salida de los años noventa: el fútbol, más rentable y más televisivo, se fue quedando gol por gol con el oficio de crearnos la ilusión de una nación; la profesionalización del doping (“y de pronto muchos corredores sin rostro empezaron a dejarnos atrás en las montañas”, relató Cebollita Cárdenas) consiguió que los héroes fueran reemplazados por robots y por espantajos de sangre fría, y entonces los penosos sacrificios y las famas breves del ciclismo dejaron de hacer parte de los hábitos del mundo, y el deporte extremo más bello quedó en manos de sus fieles.

Y la Vuelta a Colombia, que de 1951 hasta hoy se fue acostumbrando, como los colombianos, a suceder en un país en guerra y sin vías, dejó de representar nuestro coraje para significar nuestra indolencia.

Si el Estado colombiano –esa suma de todos que da nadie como resultado– fuera una sola persona, sería un tipejo cruel, un poco más mediocre que mezquino, que sabe pero no hace todo lo que hay que hacer para que la vida colombiana sí sea vida, que respira en paz porque la selección de fútbol va a clasificar de nuevo al mundial, y que patrocina, de puro nostálgico, la arrinconada Vuelta, pero que no tiene el espíritu para reconocer que la pequeñez de la competencia sigue describiendo nuestro viacrucis (el caos, la inseguridad, el retraso en infraestructura), ni tiene el carácter para que la carrera por fin vaya por todo el país: para que deje de recorrer una Colombia entre comillas.

www.ricardosilvaromero.com

 

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