Los primeros días de secuestro de pareja de españoles en La Guajira

Los primeros días de secuestro de pareja de españoles en La Guajira

Conchi y Ángel permanecieron en el inicio de su cautiverio con una familia wayúu.

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12 de junio 2013 , 10:37 p.m.

Las primeras noches durmieron en la ranchería Jotushima, en el mísero hogar de una apacible familia wayúu. Pese a su tamaño, la casa, que sólo cuenta con un espacio techado, que hace las veces de dormitorio y estar, y una cocina al aire libre, rodeado todo por una cerca de palos, acogió por unos días a Concepción Marlasca, a Ángel Sánchez, a dos abuelas, la hija de una de ellas, dos nietas, un bisnieto, los cuatro raptores y tal vez alguien más. (Vea imágenes de la ranchería en la que escondieron a los españoles

“No lloraba, no estaban encadenados, era querida, pero no habló mucho”, le dijo sobre la española a este diario Hilda, 23 años, maestra en la precaria escuela cercana y madre del niño de siete meses. “Comieron arroz y chivo, que cocinó mi hermana Antonia, y tomaron agua del pozo”, comenta a regañadientes. Cuesta arrancarle las palabras porque teme decir algo que le perjudique a ella o a los suyos.

Para llegar a ese lugar hay que abandonar la carretera, mitad asfaltada mitad de tierra, que cubre la distancia entre Uribia y el Cabo de la Vela, en la Guajira, y adentrarse por un infinito laberinto de trochas flanqueadas de cactus altos y delgados, que los lugareños conocen como la palma de su mano.

Cristian Sierra, el presunto cabecilla del grupo de secuestradores, y sus secuaces, llegaron el mismo día del rapto, 14 de mayo, primero a Guayabal, la ranchería donde se encuentra una escuela y la casa de Fidelia Panna Ponce, la mujer supuestamente responsable de buscar alojamiento para los cautivos.

Después condujeron hasta la ranchería Jotushima, a unos diez minutos. Les bajaron en el pequeño cementerio y caminaron unos pasos por un sendero arenoso hasta llegar al domicilio wayúu de Alicia Sierra. Les debió tranquilizar el ambiente familiar, los rostros inocentes de las ancianas y del precioso bebé, o la presencia de Antonia, de 18 años, que dice no conocer el español.

Al llegar la hora de dormir, colgaron chinchorros para todos en las enramadas, y tal vez los cautivos lograron descansar bajo la noche estrellada, en medio de un territorio desértico, escasamente poblado, donde los secuestradores se sienten seguros.

Allí permanecieron, por lo menos, hasta el viernes 17, cuando cayó enferma Alicia González Pushaina, de 83 años, y su hija Alicia y su nieta, Hilda, la llevaron al hospital de Maicao, el pueblo más importante de la zona, a tiro de piedra de Venezuela. Puede que la enfermedad cambiara los planes de Cristian y decidiera trasladar a sus rehenes para evitar las visitas de vecinos interesados en conocer el estado de salud de la enferma, en una cultura que siente respeto reverencial por los mayores.

De ahí en adelante se pierde el rastro. En la última reconstrucción de los hechos, lo que El Mundo puede confirmar es que después de desviar el carro de sus víctimas, en el kilómetro 80 de la vía Cabo de la Vela-Uribia, Cristian, mestizo de unos 37 años, acompañado de dos arijunas –como llaman a los blancos- y del wayúu Jorge Díaz, alias Paciencia, subieron a los secuestrados a un Toyota. Lo manejaba el hermano menor de una familia que apodan Los Pingüinos, un joven que colaboraba en robos para financiarse la bebida pero nunca en delitos graves, de ahí que quienes lo conocen en Uribia crean que lo engañaron.

Los condujo hasta Guayabal –a unos cuarenta kilómetros- y luego los dejó. Si bien su participación en los hechos hizo que las autoridades señalaran a Los Pingüinos, que explotan minas de yeso y salinas, descartaron más tarde esa posibilidad. El principal sospechoso es Cristian Sierra, quien sería el cerebro del doble rapto. Intentó vendérselos a las Farc, transacción que solía realizar, pero esta vez rechazaron la oferta.

La esperanza de los indígenas y autoridades locales es que su familia, que cuenta entre sus miembros a una reconocida matrona guajira, le presione para que les libere. No sólo le pisan los talones el Gaula, sino los palabreros wayúus y cientos de indios indignados por la mala imagen que el secuestro proyecta sobre su territorio y su comunidad, y que andan buscándolos por rancherías entre el enjambre de sendas desdibujadas, tanto en La Guajira colombiana como venezolana, donde se mueve a sus anchas el líder de los secuestradores.

TEXTO Y FOTOS: SALUD HERNÁNDEZ-MORA

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