La asombrosa vida de la madre Laura

La asombrosa vida de la madre Laura

Un fragmento del primer capítulo del libro 'Habemus santa' de José Mojica. Aquí perfil de la Santa.

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12 de junio 2013 , 07:58 p.m.

A María Laura de Jesús Montoya Upegui ya no le cabía tanta devoción en el espíritu ni kilos en su humanidad. Murió de gorda. Muy gorda. Unos 170 kilos. Aunque en una carta enviada a su hermana Carmelita, meses atrás, le dijo que estaba pesando 200. No se podía levantar de su cama, que hoy se conserva intacta –como esperando a su dueña– con el tendido de hilo perfectamente liso, muy blanco, al otro lado del cristal donde está el cuarto en el que cayó enferma ocho meses antes de su deceso y del que no pudo salir nunca más por su cuenta. Las monjitas, los curas que la visitaban o los ayudantes del convento tenían que alzar ese tonel en el que se había convertido su cuerpo para llevarla a los aseos.

En ese mismo cuarto se despidió de este mundo el 21 de octubre de 1949,  antes de que cumpliera 76 años. La santa murió después de una incesante agonía de 72 horas. El corazón se le apagó a las 6:45 de la tarde.

Sí, la madre Laura, la primera santa que tiene Colombia, murió con la liviandad en el alma que da una vida buena –guerreada pero ya tranquila, con pasaporte directo a un cielo ganado a punta de tantos martirios en nombre de Dios–, pero tan pesada como un piano de cola.—Murió de gorda –dice la hermana Estefanía Martínez Velilla, y luego corrige–: fue la linfangitis, conocida como ‘elefantiasis’, infección causada por el colapso del sistema linfático. De las piernas, los brazos, el estómago y la espalda brotaba un torrente de agua espesa que acabó por inundar y paralizarle el corazón.

Estefanía es de Medellín, tiene 90 años y es una de las pocas religiosas que conocieron en vida a Laura Montoya. Sus compañeras dicen que es una biblioteca ambulante, capaz de recitar la vida y obra de la santa colombiana. No en vano su labor, después de más de 40 años de misionera con los indígenas del Amazonas colombiano y de Ecuador, consiste en escribir memorias sobre la madre Laura. Ha escrito –hace cuentas moviendo los dedos– veinte libros.

Las rodillas ya las tiene chuecas y solo puede caminar apoyada en un bastón de roble café. Lleva gafas oscuras de pasta sobre sus ojos, de esas que venden en la calle a cinco mil pesos, porque le acaban de escarbar una catarata en el ojo izquierdo y no le puede entrar la luz del sol. Se ve muy pintoresca con su estampa de monja –hábito gris ratón enterizo hasta debajo de las rodillas, tenis negros, la escofieta desde el nacimiento de un pelo muy blanco que apenas le llega a los hombros–y esos lentes baratos en forma de ojos de zancudo.

—Ya tengo gravedad –dice con la voz como impulsada por un motor a media marcha. Toma aire y aclara–: Grave-edad.

Pero su mente, pese a las nueve décadas que carga sobre un cuerpo pequeñito y encorvado, es brillante y lúcida. Era una cándida novicia de 17 años que había decidido seguirle los pasos a la madre Laura cuando le encomendaron la labor de teclear en una Remington negra, dura como un riel, los pensamientos que ella le dictaba desde su lecho de enferma, durante sus últimos ocho meses de vida.

Pero su misión principal era plasmar, en un diario, la bitácora de los últimos tiempos de Laura: su agonía y la romería en la que se había

convertido el convento por tanta gente que quería ver a la santa antes de que se muriera. En la Medellín parroquiana, Laura era tan o más reconocida, venerada y polémica que el mismo arzobispo de turno.

La concurrencia anhelaba conocer a esa monja regordeta y porfiada que se le había enfrentado con uñas y dientes a la propia Iglesia a la que pertenecía, a la que le tiraron piedras y blasfemaron, a la que le escupieron que era una loca y masona; la mujer que empuñó un cuchillo caliente y desgarró su pecho para tallarse un crucifijo y consumar de esa forma su comunión con Cristo, a quien llamaba ‘el esposo’. La maestra que estuvo dispuesta a arrancarse los ojos –negrísimos, bellos y muy admirados– para que los hombres no la miraran. La paisa recia y atravesada que descuajó selvas y amansó culebras para dignificar a la casta más despreciada de ese entonces: los indios. Estefanía señala el rincón donde se sentaba a contemplar a la santa en el santuario ubicado en el barrio Belencito Corazón, en plena comuna trece de Medellín. Y empieza a mostrar la habitación de la santa: la cama de metal café, de un metro con veinte centímetros de ancha por dos de larga; una foto enmarcada que recrea la agonía, rodeada de un cura y de cinco monjas, tendida, con los ojos apagados y el rostro castigado por el dolor; un crucifijo de treinta centímetros de alto sobre el que cuelga un Cristo agonizante plateado, que no despegaba de su pecho y que atestiguó sus últimas palpitaciones.

En un cofre de vidrio, con bordes y soporte de madera, se destaca una figura de porcelana de Cristo recién nacido, durmiendo sobre su costado derecho con las manos anidadas sobre una almohada azul.

El muñeco era su muñeco, el único que tuvo en toda su vida. De niña, Laura no supo de juegos y menos de juguetes. Más tarde hablaría sobre lo amarga que fue su niñez: huérfana de padre, separada de su madre, despreciada. Aparece en una foto arrullándolo, como si fuera un niño de verdad. Se lo trajeron de regalo cuando tenía más de sesenta años y lo conservó como un tesoro. Le decía: "Mijito, no duerma tanto, despierte.

Mire que se están perdiendo las almas de los indios y de los infieles. ¡Despierte", recuerda Estefanía.

También está la silla de ruedas de madera, con la base y el espaldar de mimbre, en la que se desplazaba desde unos ocho años atrás, cuando las piernas ya no le servían para caminar. Se ve su escritorio, con una tajada de madera rebanada para que le cupiera su enorme estómago, que era una pelota gigante, cuando se entregaba al santo oficio de la escritura. Ella narraba sus batallas, sus experiencias místicas y sobrenaturales con Dios y con el mismo demonio –sí, con el demonio–, porque para ella escribir era hacerles honor a las glorias y virtudes concedidas por Dios. "Me parece que a la hora de la muerte, el único y último adiós que diré, de este lado de la tumba, será a mis dolores", narró en su autobiografía de 988 páginas, gruesa y pesada como un ladrillo.

La autobiografía fue la penitencia impuesta por uno de sus confesores, el sacerdote claretiano francés Esteban L’Dousal, entonces rector del Seminario de Pamplona, después de una confesión en la que descubrió que Laura era una iluminada.

La penitencia tardó once años. Empezó a escribir sus memorias en 1924 y terminó en 1935, catorce años antes de morir, pero solo se conocieron después de 1960. El cuarto está dividido por

una puerta de vidrio que separa el dormitorio de un salón con treinta sillas blancas de plástico, donde los peregrinos se sientan a pedirle la sanación de todo tipo de padecimientos o para agradecerle favores o milagros. La puerta de vidrio está cerrada con llave, para que nadie intente acostarse en la cama o sentarse en su silla de ruedas ni en la mecedora que está al lado.

Existen testimonios de personas que aseguran que esos muebles tienen poderes especiales, capaces de curar cualquier enfermedad. Está también su aparatosa máquina de escribir Remington y, al lado, las disciplinas.

—Las disciplinas son –explica Estefanía–, los instrumentos con los que se mortificaba Laura.

Un rejo de cuero color caramelo con el que se laceraba la espalda a latigazos y el cilicio, una maraña de alambre en forma de collar, con chuzos capaces de enterrarse como sanguijuelas en cualquier parte del cuerpo –un brazo, la axila, el muslo– hasta sacar sangre o provocar heridas.

—Debió ser un cilicio para brazo, ni modo que fuera para cintura, con semejante cinturota –suelta la monja con simpatía–.

La santa, dice, se mortificaba para domar la voluntad y para vivir en carne propia la pasión y el sufrimiento de Cristo. El placer en el dolor.

JOSÉ ALBERTO MOJICA.

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