Guerra que desangra a Honduras busca perdón

Guerra que desangra a Honduras busca perdón

Hay cautela ante una posible tregua entre las maras Salvatrucha y Barrio 18.

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12 de junio 2013 , 06:40 p.m.

Lo marcó para siempre haber visto 107 cadáveres tendidos en el suelo tras el incendio del 2004 en la cárcel de San Pedro Sula (Honduras). Solo una semana antes, monseñor Rómulo Emiliani había estado predicándoles y hoy siente que su trabajo de más de 10 años “rescatando ovejas perdidas” le ha dejado más momentos tristes que felices. No le importa.

Gran parte de sus días pasan tras las rejas y ya la prensa hondureña lo bautizó como ‘el ángel de los presos’.

Su mediación permitió que el pasado 28 de mayo las dos maras más peligrosas del país –Salvatrucha (o MS 13) y Barrio 18 (o M-18)– pidieran perdón públicamente por más de 20 años de violencia.

Fue algo nunca antes visto en el país. Hombres ocultos tras tatuajes y lentes oscuros y con el tiro de los pantalones por las rodillas le hablaban por primera vez al mundo. “Lo que queremos es paz con Dios, paz con la sociedad, paz con nuestras autoridades”, dijo el representante de la MS 13. “Estamos conscientes de que hemos hecho algo malo; por eso estamos pidiendo perdón a la ciudadanía”, declaró, de su lado, el vocero de Barrio 18.

Lo que muchos temen hoy es un perdón sin saber la verdad sobre quiénes están detrás de las maras, y que una reducción de las muertes violentas deje en un segundo plano la continuación del delito que las sostiene.

“Es el inicio de un proceso largo, complicado, difícil. Mucha gente piensa que esto es como una película de Walt Disney, que se firmó y ya se acabó. Todavía hay mucha gente en la calle que sigue siendo violenta”, reflexiona para EL TIEMPO Emiliani con voz ronca e indescifrable acento, mezcla de sus orígenes panameños y su trasegar por toda Centroamérica.

Sabe que su trabajo no es ningún cuento de hadas. Aspira a que ambas maras se den la mano y prometan no seguir asesinándose entre sí. ¿Cuándo? No sabe, pero ya dio el primer paso.

“No puedo presionarlos porque se puede romper todo. Esto es como el asunto de los judíos y los palestinos, hay mucho resentimiento. Así que yo no canto victoria. Pero con tal de salvar vidas, se hace lo que se puede”, agrega.

Honduras, pequeño país de solo 7,7 millones de habitantes, carga con la nada célebre tasa de homicidios más alta del mundo, según la ONU: 85,5 por cada 100.000 habitantes. Casi triplica la de Colombia, de 31 por cada 100.000. Así que un acuerdo entre las dos maras más grandes se vislumbra como un respiro en la ola de violencia que hoy se convirtió en un océano de sangre.

En El Salvador, desde que se inició la tregua entre pandillas, en marzo del 2012, la reducción de crímenes ronda el 54,4 por ciento. De 14 homicidios diarios, en promedio, se pasó a 5,5. Los expertos son escépticos en cuanto a que ese modelo se pueda copiar.

“Aun con la gran similitud que existe entre las pandillas de El Salvador y Honduras, en El Salvador hay un mayor nivel de autonomía respecto a otros sectores del crimen organizado. Lo que no existe aquí”, aclara Misael Castro, sociólogo y docente de la Universidad Autónoma de Honduras, en San Pedro Sula. “Las pandillas han perdido mucho terreno. Antes, si yo quería ir a un barrio a hacer un trabajo de inserción, me iba a las cárceles para conseguir el permiso del jefe. Ahora él ya no me puede garantizar seguridad para entrar a un territorio en el que ellos ya no tienen la última palabra”, agrega el académico.

A cambio de la paz, dice Emiliani, los pandilleros piden rehabilitación en las cárceles y que luego se les permita trabajar. “Que por tener tatuajes no dejen de ser ciudadanos hondureños”, expresa el obispo. Y ofrecieron detener los asesinatos, las extorsiones y el ‘impuesto de guerra’, al que someten a transportistas y hasta a vendedores de tortillas.

El proceso en El Salvador, por ejemplo, estuvo facilitado por concesiones en las prisiones donde están recluidos los líderes, como flexibilización de las visitas e, incluso, traslados.

Otra de las reservas en el caso hondureño es la influencia que el narcotráfico ejerce entre los pandilleros desde el 2003, cuando la llamada ley antimaras penalizó la pertenencia a estos grupos y dio pie a muchas detenciones arbitrarias. Esa ley llevó a las maras “a depender de la protección de las bandas del crimen organizado. Su estructura de mando se flexibilizó hasta casi desaparecer. Eso les restó un enorme nivel de independencia. Hoy, los miembros de las pandillas son utilizados como meros soldados”, asegura Castro.

Otro punto caliente es el papel del gobierno hondureño. El presidente Porfirio Lobo ya ha dicho que respalda a Emiliani en sus gestiones, pero, a seis meses de las elecciones generales en Honduras, no quiere ensuciarse las manos si el proceso fracasa y tampoco quiere salir sin algo de crédito en caso de que ambas pandillas fumen pronto la pipa de la paz.

Este tibio acercamiento del Gobierno por miedo a las consecuencias políticas es muy similar al que ya se presentó en El Salvador, donde el presidente Mauricio Funes nunca reconoció haber hecho concesiones.

Además, el ambiente de las elecciones generales del próximo 24 de noviembre (en las que la esposa del derrocado Manuel Zelaya es favorita) no hará sino politizar el delicado e inédito proceso. Lobo, que cuenta solo con un 27 por ciento de aprobación, no quiere meter las narices en una arriesgada tregua pandillera.

No hay que ir hasta las calles para percibir el odio que los pandilleros generan entre la población. En medio del anonimato que brinda Internet, los comentarios de las noticias de los diarios hondureños están llenos de insultos, que los califican de “lacras” y “parásitos”, y abundan censurables propuestas de “castrarlos para que no se reproduzcan”, “armarse para eliminar toda la escoria”, “descuartizar a los que encuentren” o “quemarlos vivos”.

Y es que la guerra es larga. Las maras nacieron en los 80 en Los Ángeles (EE. UU.), lo que explica que muchos miembros usen alias en inglés y una estética propia de las pandillas estadounidenses para vestirse y expresarse. Estos grupos de centroamericanos inmigrantes fueron luego deportados a sus países de origen y se esparcieron por las zonas más pobres de una región que no los supo integrar.

“En el camino habrá muchos obstáculos, trampas, zancadillas… gente que no quiere que la situación cambie y quienes querrán que los maten a todos”, reconoce Emiliani, quien pide paciencia y comprensión para ‘sus muchachos’.

El rechazo, según los académicos, se sigue alimentando a pesar de que estas organizaciones transnacionales ya pasan por una etapa de agotamiento. Mientras la Policía calcula que hay más de 36.000 pandilleros en Honduras, Castro ha encontrado en sus investigaciones que no superan los 8.000.

“Es necesario, por el financiamiento, seguir manteniendo esa idea de que las pandillas son el terror de la sociedad –critica el sociólogo Castro –. Además, es mucho más fácil mostrar resultados criminalizando a la juventud a través de esa imagen de la temible pandilla que enfrentar el grueso de la inseguridad que es el crimen organizado”.

Lo cierto es que los planes de mano dura no han arrojado buenos resultados en ninguno de los dos países. Carlos Mojica, miembro salvadoreño de la mara 18, se lo dijo recientemente al diario Vanguardia de México: “Si el Gobierno aumenta la represión en lugar de darnos reinserción, nosotros solamente nos defenderemos porque no tenemos nada que perder”.

REBECA LUCÍA GALINDO
REDACCIÓN INTERNACIONAL 

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