La bolsa de la belleza

La bolsa de la belleza

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12 de junio 2013 , 05:06 p.m.

El escándalo provocado por la captura en Río de Janeiro del narco Jhon Freddy Manco Torres y su acompañante, la modelo Sara Builes, de 22 años, es el último, pero no el primero de la serie. El capítulo de mayor rating fue el protagonizado hace casi treinta años por la presentadora de televisión Virginia Vallejo y el narcotraficante Pablo Escobar.

No deberíamos inclinar mucho la balanza hacia estas muchachas. Son, en su mayoría, de los estratos medios y, en algunos casos, han salido de las barriadas de nuestras ciudades; crecieron con la conciencia de su belleza, estimuladas por una industria que esconde, detrás de bambalinas, lo que no se muestra en las pasarelas: el cuerpo que exhibe ropa de diseño puede volverse (ojo, puede volverse) también parte de la oferta.

Desde hace muchos años, la belleza y la juventud adquirieron un valor de mercado con tendencia al alza a medida que los nuevos ricos multiplicaban la demanda. Con una diferencia: los ricos clásicos las esconden, los narcos las exhiben. Ya van dos generaciones de muchachas formadas en el sueño de la riqueza rápida y fácil, libres y sin remordimientos en un país donde apenas existen sanciones sociales y morales.

Uno de los símbolos de la inmensa riqueza de los narcotraficantes no ha sido solamente la fastuosidad de sus mansiones, las obras de arte que alguna vez colgaron de sus paredes, las excentricidades de los adornos y los autos de alta gama que llenan sus garajes. El detalle más suntuoso de esta cultura exhibicionista y machista son las jóvenes y bellas mujeres adquiridas como esposas o amantes.

Me llamaron la atención las declaraciones de la modelo Sara Builes, “novia” de alias el ‘Indio’. Dijo que no se arrepentía de nada. ¿Por qué habría de arrepentirse? Sabía quién era su compañero de viajes, lujos y cama, nada insólito en unas relaciones que empiezan precisamente en un intercambio de “bienes y servicios.”

Estas muchachas eligieron una carrera azarosa y efímera (el modelaje) y conocieron desde muy jóvenes la demanda de belleza femenina en el mercado de la ilegalidad. No todas lo hacen, pero la moda no solo es una industria exitosa: es una actividad que proyecta la belleza hacia el no menos exitoso y siempre vigente mercado del sexo.

Es injusto estigmatizar una profesión que ha ganado prestigio a medida que se ha frivolizado nuestra vida cotidiana, ese “imperio de lo efímero” en que se monta la industria. Una de las excrecencias de esta industria es, precisamente, la prostitución. Cada vez que una de estas muchachas corona, no hace más que posicionar su actividad en el mercado.

En las últimas décadas, los beneficiados por el narcotráfico y otras actividades criminales han sido, entre muchos otros, los importadores de autos lujosos, los arquitectos de sus mansiones, los agentes inmobiliarios, los galeristas de arte y, ni más faltaba, los políticos.

Todos han hecho parte del mercado del lujo y la suntuosidad. Lo primero que exhibe un traqueto son los signos exteriores de su riqueza: una mansión, un carro de alta gama, un ejército de escoltas, una mujer hermosa. ¿Por qué no exhibir los símbolos de poder que los ricos tradicionales consumen con un poco más de discreción?

La moral que condena a estas muchachas no es la misma que absuelve a los estafadores de cuello blanco, pero sí más hipócrita. La prostitución que reparte recompensas y dividendos en altas esferas del poder político y financiero es juzgada con una ética más laxa. Sin embargo, en uno u otro caso, siempre estará de por medio el poder corruptor del dinero con su irresistible método de seducción.

collazos_oscar@yahoo.es

 

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