Editorial: El grandísimo hermano

Editorial: El grandísimo hermano

11 de junio 2013 , 08:50 p.m.

El Gran Hermano, aquel ente de vigilancia policial creado por George Orwell en su novela 1984, se caracterizaba por su ojo omnipresente: “El Gran Hermano te observa”. Sesenta años después de publicada la célebre obra de ciencia ficción, Estados Unidos logra una versión real que supera con creces la pesadilla orwelliana.

El Grandísimo Hermano que secretamente ha puesto en práctica Washington desde hace algunos años no solo observa: también oye, penetra en los correos, husmea en ordenadores, graba y clasifica el material que recoge cada segundo del día. De ser ciertas las indignadas revelaciones que hizo la semana pasada a dos grandes diarios Edward Snowden, joven empleado de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA), entonces todos y cada uno de los 7.000 millones de habitantes del planeta pueden ser espiados por la formidable red de inteligencia que ha tejido el gobierno de Estados Unidos con ayuda de los hercúleos servidores de Internet.

El propio Snowden señaló: “Es espantoso hasta dónde llega la capacidad de actuar (de la NSA)… Ha levantado una infraestructura que le permite interceptar prácticamente todo y capturar la inmensa mayoría de las comunicaciones humanas de manera automática”. Al servicio de esta causa hay miles de personas, entre ellos 1.600 lingüistas. El semanario alemán Der Spiegel indica que las instalaciones informáticas de la NSA en Utah (Estados Unidos) ocupan 100.000 metros cuadrados: son enormes edificios que albergan los computadores más poderosos de la Tierra, capaces de almacenar “la totalidad de las comunicaciones electrónicas de la humanidad durante los próximos cien años”. Todo, todo se graba y se guarda, con la idea de sacarle partido ahora o en el futuro, cuando aparezcan tecnologías más avanzadas. Bastan unos cuantos algoritmos para ubicar a cualquier persona que haya ingresado en algún momento a un sistema informático a través de su banco, tarjeta de crédito, matrícula de estudiante, registro de salud, Facebook o, simplemente, cédula de ciudadanía.

Se trata de una invasión masiva y sin contemplaciones de la intimidad de los ciudadanos, los secretos de otros gobiernos y organizaciones no oficiales y la reserva de las empresas. El poder que esta información confiere es casi ilimitado. Intervenir en política, por ejemplo: al tener a mano el pasado privado de los candidatos a una elección es posible chantajearlos o descalificarlos publicando un viejo tropezón bancario, un amante, la drogadicción de un hijo… Además, las posibilidades de alteración de documentos son infinitas.

La gravedad del atropello explica pero no justifica que el gobierno de Barack Obama hubiera mentido al Congreso sobre el alcance del espionaje y sobre el hecho de que está en marcha desde hace años. La imagen de Obama como tipo timorato por su falta de acción en la cárcel de Guantánamo y la opacidad de la guerra con drones sufre un nuevo quebranto al ocultar la existencia del Grandísimo Hermano. Su disculpa es la misma que empleaba su rival, George W. Bush: la lucha contra el terrorismo. Pero la mayor derrota que sufre Estados Unidos es traicionar sus propios ideales democráticos, hoy seriamente comprometidos por esta clase de actividades. Así lo prueban los editoriales indignados de muchas publicaciones estadounidenses y del mundo.

Si el imperialismo consiste en violar la soberanía ajena e imponer las leyes propias utilizando armas abusivas, asistimos entonces a una de sus formas más perversas.

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