Alepo, del esplendor a la tragedia

Alepo, del esplendor a la tragedia

Segunda ciudad de Siria está dividida por una línea verde que separa sector controlado por rebeldes.

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11 de junio 2013 , 07:10 p.m.

Alepo siempre ha sido una ciudad soñada. Una de las más lindas de Oriente Próximo, con un casco antiguo considerado patrimonio de la humanidad, que se caracteriza por sus callejuelas de piedra y balcones de madera, palacetes de arcos ojivados y patios llenos de rosales.

Su grandeza va más allá de su historia que se remonta al siglo segundo antes de Cristo. Alepo es considerada la capital comercial e industrial de Siria. Como testigo queda una gran ciudadela industrial desde donde se abastecía a todo el país, que domina el paisaje en las afueras.

Alepo es considerada la capital gastronómica de un país orgulloso de su cocina, una de las más exquisitas, si no la más, de Oriente Próximo, marcada por la mezcla de las recetas levantinas y la influencia armenia.

Siempre ha sido una ciudad activa, turística y multiétnica, donde la comunidad musulmana, tradicional pero no fundamentalista, vivía sin problemas con otras comunidades, especialmente cristianos.

No hace mucho era común ver una mujer totalmente vestida de negro y su cara totalmente tapada, o a una con su inmensa cabellera al aire y atuendos ceñidos al cuerpo. Estas últimas han desaparecido de las calles, hoy en manos de la oposición rebelde, cada día más religiosa. Las banderas negras, muchas de ellas siempre identificadas con grupos como Al Qaeda, se han convertido en la decoración de la ciudad, junto con edificios de techos desplomados como consecuencia de los ataques aéreos, como el hospital Dar al Shifaa, que salvó miles de vidas hasta su destrucción, y los combatientes con sus pantalones camuflados y pañoletas negras en la cabeza.

El auge, en los últimos meses, de los grupos fundamentalistas, de corte islamista, sumado a la desesperación y a la destrucción que crea la guerra, han cambiado la cara del lado rebelde de la ciudad, que trata de rehacer lentamente su vida, bajo el fantasma de francotiradores y de aviones que recuerdan que el régimen omnipresente en su vidas algún día podría regresar.

“Lo que más necesitamos ahora es ayuda para recuperar la infraestructura de la ciudad como la luz, el agua y las basuras. Luego tenemos que empezar a reconstruir las escuelas pues muchas han quedado destruidas y necesitamos que los niños vuelvan a estudiar”, cuenta el director del Comité Civil de Alepo, Ahmed Azuz.

Dice que se han hecho los contactos para recibir ayuda, especialmente a través del Consejo Nacional Sirio, el principal grupo de oposición fuera del país, pero que todavía faltan detalles por acordar, pues si bien grandes donantes como la Unión Europea y Japón están llevando adelante contactos para establecer cuáles son las principales necesidades del país, se quejan de falta de organización y transparencia de la oposición rebelde, que hace extremadamente difícil establecer las condiciones de estos acuerdos.

Vida en el limbo

Sheik Maqsoud ha quedado atrapado entre dos frentes. En un lado están los rebeldes con sus múltiples brigadas y en el otro está el régimen con sus francotiradores que por meses amenazaron la entrada a su barrio, de mayoría kurda.

Cuentan sus habitantes que durante semanas permanecieron un carro y un hombre tirado en medio de una de las pocas vías de acceso. Había sido alcanzado por un francotirador que se encontraba en uno de los bloques de edificios de la distancia y nadie se atrevía a recuperarlo por temor a ser alcanzado.

Hace pocos días se eliminó la amenaza y esta vía quedó despejada, pero solo se utiliza en casos especiales. La excitación con la que los combatientes requisan los vehículos demuestra que el riego es evidente. Una vez dentro del barrio, cuando se ha pasado el primer control de la brigada del YPG kurdo, considerado el brazo armado del partido democrático kurdo y que tiene a su cargo la protección del barrio, aparece la sensación de que Sheik Maqsoud ha quedado atrapado en la desesperanza de la guerra. Si muchas partes de Alepo han vuelto a la vida y sus zocos están abiertos, aquí todo parece estar muerto.

Solo unos cuantos habitantes transitan por la calle. “Todos se fueron, solo nos quedamos aquellos que no tenemos adonde ir”, dice Abu Mohsen, de 65 años, que vive en la parte del barrio donde el pasado 13 de abril estalló un proyectil, o una bomba lanzada desde un avión –nadie lo tiene claro–, con gases que ocasionaron la muerte de una mujer y dos niñas. Ellas fueron quienes tuvieron mayor contacto con los gases que, asegura el doctor Hawa Kassan, quien los atendió en el hospital de una población cercana, no pueden ser identificado definitivamente como sarín. Los otros afectados, muchos de ellos que vinieron a ayudar, sufrieron problemas respiratorios, vómitos y perdieron la vista temporalmente.

“Nadie quiere ser víctima de otro ataque”, dice Abu Mohsen. Los que se quedan sobreviven como pueden. O traen alimentos del otro lado o se las ingenian para sobrevivir con lo que queda.

El sheik Mohammed, uno de los líderes de una de las mezquitas del barrio cuenta que la distribuidora de harina que pertenecía al régimen todavía tiene algunas reservas, pero está en el frente de batalla. Es así como un grupo de jóvenes milicianos, que hacen parte de la brigada que defiende la mezquita, desafían a los francotiradores todos los días para sacar los bultos del almacén. Luego los llevan a las panaderías del barrio, muchas convertidas en clandestinas para evitar que el régimen las ataque desde los aires. Las panaderías, al fin y al cabo, se han convertido en uno de los objetivos de esta guerra.

Detrás de los edificios oficiales convertidos en bases de dos de las grandes agrupaciones opositoras de la ciudad, Al Nusra y Liwan Al Tawid, se puede ver en la distancia el castillo o Citadel de Alepo cuya aparición parece una alucinación en medio del caos y los escombros.

La Citadel, que desde la ilusión creada por la distancia todavía se ve en buen estado, se encuentra bajo control del régimen que ataca desde allí a sectores de la ciudadela, dividida entre Gobierno y fuerzas rebeldes.

Muchas de estas calles cambian de dueño constantemente, pero los rebeldes dicen que controlan el 60 por ciento. O más. Los alrededores de la puerta de Nasr o de la victoria, una de las nueve puertas de acceso al casco viejo y muy cercana al distrito cristiano de la ciudad, está de nuevo en poder del Ejército. Cuando la habíamos visitado en agosto pasado se había convertido en uno de los frentes de batalla del centro de la ciudad. Detrás de un bus tirado en medio de la calle llegaban los disparos constantes de los soldados ubicados a solo unos metros. Y ya entonces se observaba cómo los locales comerciales y las mezquitas que se alzaban a ese lado de la ciudad empezaban a sufrir daños.

Pero aquellas imágenes parecen fantasía si se comparan con lo que observamos en esta ocasión, cuando vistamos el casco antiguo por el lado opuesto: la puerta de Al-Maqan. Este arco de piedra que da acceso a las calles que conducen directamente a la puerta de la Citadel está pintado por las banderas negras que identifican a la mayoría de combatientes rebeldes en Siria. Abu Mohammad, el comandante de la zona nos muestra un proyectil sin explotar que había caído el día anterior en una de las murallas. En los sectores más cercanos a las murallas muchos habitantes tratan de rehacer la vida, venden las verduras de la temporada –que han multiplicado por tres sus precios–, han vuelto a hornear esos sándwiches de pan árabe conocidos como shawarmas típicos sirios y juegan dominó.

Pero cuando se avanza unas calles adentro, la Alepo vieja toma otra dimensión. Solo les pertenece a los combatientes, a sus carros con banderas negras adecuados para la guerra y a los soldados del Ejército que se hacen sentir desde diferentes esquinas. Los rastros de la destrucción están en cada esquina: minaretes destruidos, montañas de escombro arrinconadas en pequeñas callejuelas, casonas antiguas bombardeadas con sus muebles de madera e incrustaciones de nácar todavía en el interior, edificaciones antiguas pintadas con grafitis que recuerdan a los combatientes y fachadas quemadas como consecuencia de los proyectiles. Muchas de las callejuelas cubiertas del zoco Al-Madina, el más famoso de la ciudad, han sido bombardeadas y los rastros del cruce de metralla están presentes por todas partes. Los almacenes de antigüedades han sido semidestruidos y las mercancías están expuestas como recuerdo de las maravillas de aquella soñada Alepo.

Atrapados en el conflicto

En las afueras de Alepo, muy cerca de las vías que conducen al norte de la provincia que en gran parte está bajo control de las fuerzas rebeldes, hay un gran edificio de concreto cuadrado que se levanta en medio las planicies que rodean a la segunda ciudad del país. Es la cárcel de Alepo, repite cada uno de los conductores que se dirige a la ciudad y que nunca pierden de vista lo que pasa en el edificio. Y tienen razones suficientes para hacerlo. Es la única edificación de esta zona en manos del Ejército, pues a pesar de que esta prisión no tiene acceso, los soldados del régimen han podido resistir los ataques de los grupos rebeldes que cada cierto tiempo se unen para llevar a cabo una avanzada. La última, hace dos semanas, dejó muertos de lado y lado, incluidos prisioneros. Pero no hubo ningún progreso, hasta donde se conoce.

Lo que sí reconocen los rebeldes es que el régimen, cada cierto tiempo, tira desde el aire cajas con armas, municiones y comida, que muchas veces queda en manos del enemigo.

También se dice que han llegado a un acuerdo con los rebeldes para hacer llegar alimentos a través de ayuda humanitaria que pasa los puestos de control de los rebeldes, los cuales llevan una vida normal en los alrededores de esta prisión convertida en una isla oficial, al igual que tres aeropuertos en la región.

Es el ejemplo de dos de los aeropuertos ubicados en el norte de la provincia, donde se encuentran encerrados al menos cien hombres que no tienen salida. Los amenaza de que si desertan, como ya lo hicieron muchos de los soldados allí encerrados, caerán en manos de los islamistas y su destino será fatal.

CATALINA GÓMEZ ÁNGEL
PARA EL TIEMPO

 

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