ONU capacita parteras en región del Chocó sin cobertura de salud

ONU capacita parteras en región del Chocó sin cobertura de salud

El Fondo de Población de Naciones Unidas está capacitando a las parteras, en una región del Chocó.

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11 de junio 2013 , 07:10 p.m.

Una lancha roja de hierro oxidado y un motor que hace a un lado el silencio de las aguas quietas del río Atrato, en el Chocó, es el único medio de transporte para llegar a Tanguí, un corregimiento a 60 kilómetros de Quibdó.

El recorrido dura una hora. De pronto aparece un letrero en una polisombra verde: “34 frente Farc-EP”.

–Nadie los quita porque no se puede–, dice Feliciano Moreno o ‘Chano’, un médico que apoya la capacitación de parteras afro y de la comunidad indígena embera katío, en el Alto Andágueda, en límites del Chocó y Risaralda. Cuenta con el apoyo del Fondo de Población de las Naciones Unidas (Unfpa).

En gran parte del Chocó, las mujeres tienen a sus hijos en las casas, no solo porque no hay clínicas ni doctores a los cuales asistir –hay un médico por cada 10.000 pacientes–, sino porque prefieren confiar la llegada de sus bebés a mujeres que conocen sus cuerpos y que entienden que se trata de un momento íntimo para ellas.

En el Chocó, en comunidades cuyo número no excede las 200 personas, existen aproximadamente dos parteras, y seis en las que sobrepasan los 500. Su formación es importante, si se tiene en cuenta que es uno de los departamentos con la mayor muerte de mujeres gestantes. Mientras que en Antioquia mueren 42 mujeres por cada 100.000 nacidos vivos, en el Chocó fallecen 200.

De acuerdo con el Unfpa, los altos índices de mortalidad se atribuyen a las barreras de acceso de las mujeres a los servicios de salud, de un lado por la falta de infraestructura adecuada y de personal calificado que las atienda, pero también porque debido a la dispersión geográfica las mujeres no alcanzan a llegar a tiempo a los centros de salud.

La lancha estaciona en unas escaleras de piedra. Lo primero que se ve al llegar a Tanguí es la iglesia, el orgullo del corregimiento, una casa de paredes blancas con un altar y techos altos. Pero no es el único, al menos no para ‘Chano’. Él presenta a dos parteras: Nellys María Blandón y María Sara Uualdo.

En el corregimiento hay un centro médico sin médicos. Fue inaugurado en el 2012 y se ha abierto un par de veces para recibir a las misiones médicas que llegan de tanto en tanto. No tiene dotación, permanece cerrado y ni el inodoro sirve.

‘Se viene por detrás’

Parece que la vida las hubiera elegido para ser parteras. A María Rosa hace 34 años, tenía 19 y vivía en Medellín, la sorprendió el parto de una amiga. No había tiempo para llegar a un hospital y la cabeza del bebé se asomaba. La única opción era recibir el niño. Pero, ¿cómo hacerlo sin tener el conocimiento? María Rosa recordó que cuando era pequeña vio cómo nacían sus hermanos. Introdujo sus dedos en la vagina de la mujer, le tocó la barriga y ayudó a que el niño saliera. Lo puso boca abajo mientras lo agarraba de los pies, le dio unas palmadas y se oyó un llanto. La mujer respiró con tranquilidad. Desde ese momento ha atendido más de 30 partos, y sus cinco hijos los ha tenido con ayuda de su esposo, que también es partero.

Nellys Blandón aprendió el oficio por casualidad. Dos parteros, Ana Tomasa y Pedro Luis, le pidieron que los asistiera en un nacimiento. Mientras ellos lavaban unos trapos en el baño, el bebé nació y ella lo recibió. Tenía 14 años y ya va por el bebé número 76.

Son de pocas palabras, pero también de poco miedo. Dos momentos durante el parto las preocupan, pero saben solucionarlos. Uno es cuando el niño, como dicen ellas, “se viene por detrás”, durante el parto de una mujer de “huesos bajos”. Así les dicen las parteras a quienes tienen la pelvis pequeña, por lo cual es común que el ano se dilate. –Ellas piensan que el niño va a salir por ahí y no de manera normal –explica ‘Chano’. Su técnica consiste en tomar un trapo y sostener la cabeza del bebé para que salga sin complicaciones.

El otro momento es cuando la placenta tarda en salir. Si esto sucede, le dan una botella a la mujer para que la sople duro. El esfuerzo hace que expulse la placenta.

María Sara, al igual que muchas parteras, no sabe leer ni escribir, pero se las arregla como puede para ejercer la única labor que sabe hacer. Cobra 50.000 pesos por cada parto y 60.000 cuando se trata de una mamá primeriza.

“Ellas se mueven mucho y no saben qué hacer”, cuenta María Sara.

–Esto cansa, pero no podemos dejar solas a las mujeres ni esperar a que se nos mueran. A veces me toca sacar de mi bolsillo hasta para las velas con las que rezo para que todo salga bien antes del parto.

‘Nos fortalecemos’

Al igual que las mujeres afro, las indígenas parteras de la comunidad embera katío reciben capacitaciones y equipos con mantas, linternas, guantes, delantales y botas, para que atiendan los partos más higiénicamente.

Y mientras que en Tanguí las mujeres no cuentan con herramientas para hacer bien su labor, las indígenas se sienten abandonadas.

María Arce, de un metro cincuenta centímetros, pelo negro, con tierra entre sus uñas, piel color canela y vestido azul celeste y pies descalzos, no duda en decir –en embera bedea, su lengua– que no tienen ni alcohol, ni aspirinas, ni luz. Ni nada.

“No ganamos dinero, pero fortalecemos nuestro pueblo”, dice María.

Hace unas semanas una mujer y su hijo fallecieron durante el parto. Para llegar a un centro de salud en Quibdó, tendrían que haber caminado ocho horas hasta el corregimiento de Santa Cecilia y, de allí, tomar un bus hasta la capital del Chocó, en un viaje de cuatro horas. Ni la madre ni el bebé hubieran aguantado doce horas.

A pesar de las difíciles circunstancias, gracias al programa de capacitación, la labor que hacen ha ganado terreno. Cuando las parteras ven que una mujer siente mucho dolor durante su embarazo o creen que algo va mal, hablan con el esposo para que la lleve a un centro de salud. Si se niega, ellas tienen la autorización de hablar con el gobernador, y este puede obligar al esposo a trasladarla. Hace unos años, esto no era una posibilidad.

‘Chano’ tiene muchos sueños, tal vez demasiados, pero seguirá trabajando por estas mujeres.

–En el Chocó nos hemos creído el cuento de que nacimos pobres y seguiremos pobres, pero sueño con que ellas sean capaces de ayudarnos con el control prenatal y que aprendan a detectar los riesgos de una mujer en embarazo. Frente a la ineficacia del Estado, ellas son las protagonistas.

SERGIO CAMACHO IANNINI
REDACTOR DE EL TIEMPO

 

 

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