El desarme de las Farc

El desarme de las Farc

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11 de junio 2013 , 05:50 p.m.

 

Arranca la semana, en materia de paz, con las expectativas sobre los inicios y resultados de la discusión sobre el punto neurálgico de las conversaciones en La Habana, después de los acuerdos agrarios, encaminados a poner fin al conflicto bélico con la guerrilla: el desarme de las Farc y su participación en política electoral.

Aunque algunos analistas, en distintos escenarios por fuera de la mesa de La Habana, han reiterado en el aún no reconocimiento y pronunciamiento por parte de la guerrilla, de manera expresa, del abandono de la lucha armada, a diferencia de procesos de paz anteriores donde, como punto de partida, sobre todo el M-19, se hizo reconocimiento unilateral de la inutilidad de la guerra y la lucha armada, es de consenso nacional, tanto para los que promueven la salida al conflicto por el camino de las conversaciones como para los escépticos en estos diálogos, que el colofón del fin del conflicto es el del adiós a las armas por parte de la guerrilla más longeva del mundo entero.

Por supuesto que el asunto del desarme no es de poca monta, como tampoco será cuestión fácil de digerir por los integrantes de la guerrilla. Para algunos, que llevan toda una vida de lucha armada, como se sabe, han hecho del fusil un fin inherente a la forma de existir, de actuar, de adquisición de estatus, de reconocimiento social y comunitario (algunos estudiosos, taxidermistas del alma humana, se atreven a diagnosticar que para algunos el arma ha adquirido una significación casi fálica y, la ausencia de las mismas, la inevitable significación de castración e impotencia), como para otros, esencialmente los integrantes de la guerrilla más ideologizados, el arma se constituye en la “única garantía” para hacer cumplir los compromisos que pacten las partes, en un país acostumbrado a desconfiar los unos de los otros. Ambas percepciones sobre la eficacia de las armas, en su significación de estatus fálico y como garantes, actuarán como obstáculos en la etapa del debate sobre el desarme.

Por supuesto, para zambullirnos en otros ámbitos, además de la connotación fetichista del porte de armas, desde la orilla de quienes actuamos en el camino de la negación de la guerra y la violencia como herramienta del ejercicio de la política y la tramitación de los conflictos, naturales de vivir en sociedad, muy poco se hace en Colombia desde la política nacional y local, armónico con los mandatos constitucionales de convivencia pacífica, para aclimatar los valores de una cultura de la no violencia. Antes, por el contrario, cuando se imponen acciones que restringen el porte de armas, como el decreto de desarme que, por mandato del Alcalde Petro, rige en Bogotá, las reacciones son de desaprobación y condena cuando no de permanente intentos de saboteo, muchos detrás de los cuales están ocultos intereses ilegales, como se ha comprobado.

Por otra parte, para decirlo sin eufemismos, no se puede soslayar la evidente complicidad y permisividad, sobre todo en lo local y regional, de las autoridades estatales con la existencia de otras armas de la ilegalidad (bandas criminales, paramilitares, delincuencia, mafias de todo tipo, esencialmente la del narcotráfico, a la que se suman las armas del control y expansión de la minería mafiosa). El desarme de las Farc, como final de la guerra, implica un esfuerzo eficaz de la autoridad estatal para desarmar la ilegalidad, incluido “el desarme de los espíritus”. Monopolio estatal de las armas, ni más allá ni más acá, es condición para el fin del conflicto armado. De lo electoral, hablamos en otra oportunidad.

@ticopineda

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