La poesía como cura

La poesía como cura

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11 de junio 2013 , 05:26 p.m.

 Se acerca la publicación de un poemario en Colombia, de autor uruguayo, por parte de Gamar Editores, que dirige en Popayán el poeta Felipe García Quintero. Nada hay más regocijante que ver a un poeta editando a otro, aunque mucho se ha visto de poetas que trasiegan por evitar que publiquen –o premien– a sus rivales.

Desde que entré en los originales de Maca –como Gustavo Wojciechowski prefiere llamarse– me he ido recuperando de un quebranto que solo podría achacárselo a la melancolía, derivada en acedia y tristitia, según la describe sir Robert Burton en su tomo anatómico. Quizás en algún coctel me destilaron una sobredosis de bilis negra, que ha resultado resistente al legendario tratamiento a base de comino, calamento, eneldo hembra y flor de tomillo.

Ahora me he zampado el original de Tergiversaciones, y he sentido que el cuerpo me vuelve al alma. Y en el ritual de la amistad, me he sentado a mi escritorio, y a medida que iba ingiriendo los macanudos poemas y tomaba mis notas, percibía que se retiraba el desequilibrio y que recuperaba mi ecuanimidad de mortal airoso. Lo he celebrado con un whisky, que es lo único que me deja instilar con agua Galeno.

Semejante acontecer similar al milagro evoca la teoría manifiesta de Jaime Jaramillo Escobar, acerca de que la poesía debería expresarse para curar los males del cuerpo, incluida la misma muerte, logoterapia ya practicada por el desempleado Jesús en el contexto de sus evangelios. Ahora que se han puesto en boga las antiguas disciplinas de musicoterapia, danzoterapia, arteterapia, habría que incorporar la biblioterapia, curación por la lectura de libros, y en especial la poesiaterapia. Porque con seguridad que el poema sana que sana como al culito de rana. Así habrá libros para curar enfermedades, la Divina comedia, por ejemplo, contra la cefalea, el Quijote contra la artritis y Hojas de hierba contra la depresión, como antes los había que incitaban al suicidio, tales el Werther de Goethe y el Ibis de Vargas Vila.

Los poetas viajamos para conocernos, aun sin saber que existimos, y solo verificamos el ser que somos al abrazo con el ser otro. Con Maca me topé en el hotel Stanza de México, donde nos convocara el ‘Encuentro de poetas del mundo’, que redondea ese forastero en la Tierra que es Marco Antonio Campos; él, con su querida Gabriela, y yo, con mi última Claudia, y fue un fogonazo. Encontré en él a un hermano doble, porque era editor además de poeta. Asistía al encuentro de bardos y a un simposio de diseñadores, o sea que cubría la doble ala de su pasión hacendosa. Me hizo invitar al Uruguay y editó suntuosamente mi Culito de rana. No hay como tener amigos poetas que sean, además, editores o traductores.

El mejor poeta de un país es cada uno de sus buenos poetas, y Maca es uno de ellos, como lo son Courtoisis, Canfield, Fresia, Luis Bravo, Martín Barea, entre otros, y sobre todo el gran Clemente Padín. En su casa de Montevideo, con su barbita de hechizado, acolitado por Gabriela y por sus dos hijos, trabaja frente a su computador de diseño como un alquimista en frente de un atanor, buscando transmutar el oro en palabras y trazos. Y a mi fe que lo logra. Con las ediciones impecablemente creativas de otros escritores y sus propias creaciones, originales hasta la ebriedad absoluta y el humor loco. En Tergiversaciones, los versos buscan las vías extraviadas de la vieja vanguardia, yendo de banda a banda, a fin de expandir su sentido interpretativo. Palabras que nos resbalan el cuerpo vital como una caricia con espinas despertadoras, tales las que traen ciertos condones. El día que este libro aparezca (¡anoten!) será una fiesta para la poesía, y es de desear que podamos importar al poeta Maca para que, con la lectura de sus locuras, nos siga extrayendo los malos humores y conjurando nuestros pesares.

jmarioster@gmail.com

 

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