Viva la excepción cultural

Viva la excepción cultural

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10 de junio 2013 , 05:40 p.m.

A fines de esta semana, la Unión Europea debe decidir la amplitud de los temas de un posible acuerdo de libre comercio con Estados Unidos, cuyo propósito central sería derribar barreras al comercio en sectores económicos tan diversos como la agricultura, las finanzas o la propiedad intelectual.

Las virtudes del Tratado Transatlántico y Alianza de Inversión, como ha sido denominado el acuerdo, son evidentes. Incrementaría el Producto Interno Bruto de los dos socios, crearía empleos bien pagados y aumentaría el volumen del sistema comercial mundial a pesar de las también evidentes provisiones proteccionistas que proliferan a ambos lados del océano Atlántico.

Sin embargo, para los franceses, el punto no negociable en este o en cualquier otro tratado de libre comercio es la llamada “excepción cultural”. Y es en este sentido en que más de 6.000 personalidades de 16 países europeos recientemente firmaron una petición para que los temas de la “excepción cultural europea” no sean incluidos en las negociaciones sobre libre comercio entre la Unión Europea y Estados Unidos.

Desde principios de los 90, el gobierno francés ha establecido la política de la “excepción cultural”, con el propósito de proteger a sus industrias creativas, la música, el arte, el cine, excluyéndolos de cualquier acuerdo de libre comercio y obligando a las televisoras y a las estaciones de radio a destinar fondos para las compañías productoras de películas. Ahora, el gobierno francés quiere imponer incluso un pequeño impuesto a quienes compran tabletas o teléfonos que tienen acceso vía Internet a contenidos culturales.

Por regla general, yo estoy a favor del libre comercio, entre otras cosas porque creo que la competencia beneficia a los consumidores, aunque sé muy bien que no hay país en el mundo que no recurra al proteccionismo cuando juzga que de esa forma se protegen sus intereses. Sin embargo, estoy absolutamente a favor de los franceses porque su causa es justa y no daña a la industria de Hollywood. Las películas hechas en Estados Unidos siguen abarrotando las salas de cine francesas y del resto del mundo sobre todo porque sus habilidades mercadotécnicas son únicas y avasalladoras. Pero yo coincido con el columnista del Financial Times Simon Kuper cuando escribe que “las películas francesas no solo enriquecen la cultura francesa, sino la de todo el mundo”.

Hace apenas unos días, una golondrina hizo verano en mi barrio y pudimos mi esposa y yo ver la película Renoir, en la que el director Gilles Bourdos recrea el último trecho de vida de Auguste, el pintor, y un momento especial en la de su hijo, el gran cineasta Jean, realizador de la inolvidable La grande illusion. Con Renoir, al igual que nos había pasado con las últimas películas francesas que hemos podido ver en Estados Unidos, L’Heure d’Été (Summer Hours) y Comme une image (Look at Me), gozamos viendo un país de refinada vida cultural, donde la gente habla de sus tristezas y alegrías, de sus placeres y de sus complicaciones; camina por sus pueblos y ciudades disfrutando de la naturaleza, de la comida, del vino, del arte, de la música, de su sensualidad, de la vida.

La excepción cultural no niega el carácter universal de las películas ni pretende denostar o desplazar al cine estadounidense. Después de todo, Hollywood no sería lo que es si no hubiera recibido el impulso de los emigrantes judíos europeos que lo inventaron, y sin el genio de los refugiados alemanes que huyeron del nazismo y se establecieron en la “Weimar del Pacífico”. Por otro lado, la Nueva Ola francesa no habría existido sin Hollywood. Salvaguardar la “excepción cultural europea” en los acuerdos comerciales es condición imprescindible para preservar viva la cultura de Occidente.

Sergio Muñoz Bata

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