La ridiculez uniformada

La ridiculez uniformada

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10 de junio 2013 , 08:10 p.m.

Quién sabe cuándo le dio a Fabio Roca Vidales por afiliarse al estrafalario neonazismo colombiano. Me sorprendió ver al hermano de mi amigo el poeta romántico Juan Manuel (hay amigos buenos y malos, pero todos son amigos) e hijo de Rubayata, cargaladrillos insigne del laureanismo paisa cuando eso se usaba, en el organigrama increíble de esa asociación de tarambanas que celebran la fecha del nacimiento de Gustavo Adolfo Hitler, miman las tradiciones germanas que quisieron resucitar en vano los esotéricos discípulos del Führer y realizan unas vikingadas que deben consistir, me lo huelo, en portentosas ingestas de chunchullo con chicha de La Perseverancia y carrangas en vez de valses, o con la brillante Carmina Burana de Orff a todo volumen como música de fondo.

Conocí a Fabio hace años cuando él vivía en el centro de Bogotá. Entonces hospedaba en su casa al inolvidable Alvaro Herrán, un camaján que llegó a ser un hombre muy culto y que para sobrevivir hacía unos Boteros igualitos a los de verdad; y a José Pubén, un ancho poeta triste como su ruana y de un ingenio grueso como su panza, que se murió en Los Ángeles (California), donde debió exilarse, sospechoso ante las autoridades de coquetear con los vándalos del M-19, dedicados entonces por igual al teatro pobre con Armando, a robar autos de los aparcaderos, a asesinar sindicalistas negros como si fueran perros, y a abrir túneles de ingeniero bajo las guarniciones militares.

De poco o nada hablábamos Fabio y yo. Era un hombre muy reservado que vivía en un apartamento muy oscuro con el retrato de una mujer de luto, con sombrero. Pero me extraña verlo caminando para atrás como dicen de los cangrejos, aunque en realidad los cangrejos andan de lado, sintiéndose Haushofer o Rudolf Hess o Goebbels, y haciendo refritos de una de las peores secuelas del romanticismo de la Europa recién industrializada: el nazismo, deformación monstruosa de las ficciones de la raza y la nación, una ideología que pretendió volver al culto antiguo de la naturaleza mientras soñaba con la Roma de los césares, hacía la apoteosis del hierro y prometía salvarnos de la penosa colectivización de los comunistas. Pero el comunismo y el nazismo acabaron pareciéndose como dos gotas de agua. Porque uno termina por asimilarse a aquello que odia.

Cuando el río suena, piedras lleva. Dicen los chismorreos de la calle y las revistas que el movimiento de Fabio apoya la revocatoria del alcalde Petro comandada por Miguelito Gómez. Y bien puede ser. Porque al fin y al cabo un nieto de Laureano y sobrino de Álvaro debe despertar por razones obvias de la genética política simpatías en las capillas ridículas de nuestros neonazis rasurados junto a sus damas teñidas con tintes de Wella. Caricaturas de las pandillas pardas de Hitler que hicieron de la infamia un método y de la eugenesia una vergüenza, y que llevaron a muchos a pensar que el proceso civilizador de la humanidad había conducido a la barbarie y a los campos de trabajos del nacionalsocialismo, copias radicales del gulag estalinista, además, copiado malamente después por las Farc entre nosotros.

Aunque uno no haya votado por Petro, inevitablemente se pone de su lado ante la duda de que su revocatoria haya sido incubada en semejantes guaridas de cómicos de alto riesgo. Y se dice que con el Concejo ad portas de ingresar en masa a las cárceles de cinco estrellas la revocatoria empeorará las cosas. Obligado a reconocer que después de todo, Petro, errático como es, no ha sido el peor en la larga fila de los alcaldes peores que padeció Bogotá las últimas décadas, caballeros de industria impunes, payasos de la izquierda etílica, ineptos hijos de papi, ladrones de estirpe, etc. Y que, en fin, más vale Petro conocido que Gustavo Adolfo por conocer.

Eduardo Escobar

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