Comenzar a abrir los ojos

Comenzar a abrir los ojos

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10 de junio 2013 , 12:25 a.m.

“Casi nunca hablamos de la guerra. Cuando lo hacemos es con una vaguedad deliberada, como si lo importante no fuera que nos apretujábamos en refugios de barro durante los ataques... sino que sobrevivimos”. La frase es del cuento Fantasmas, de la escritora nigeriana Chimananda Ngozzi Adichie, pero así es la literatura: a veces se las arregla para dar noticias del fondo de nosotros mismos, sin importar de cuál guerra venimos.

Sí, parece que sobrevivimos, lo cual no deja de verse como un milagro ahora, cuando contamos a nuestras víctimas. El especial que publicó Semana habla de casi 5,5 millones registradas en la Unidad de Víctimas, y faltan las de este año, más las que no están inscritas. Pero casi nunca hablamos de la guerra, y menos con nuestros hijos. Jamás les hemos dicho, a los que se hicieron adultos y a los que siguen creciendo, cómo los criamos, entre el estruendo del fuego cruzado y nuestras caras crispadas (con esa mezcla de miedo, dolor y rabia). Aún no les hemos contado cómo buscábamos, mientras les cambiábamos los pañales, el rincón menos peligroso para proteger sus cunas cuando estallara una bomba. Porque hablábamos así, con la probabilidad volcada hacia el hecho, y al despertarnos ilesos (aunque el estruendo se hubiera oído cerca) agradecíamos, con una mezcla de culpa y alivio, que esa vez no hubiera sido.

No nos podemos quejar, con tanto dolor –y de tantos– que sale por fin a flote. Pero, ¿qué es sobrevivir? ¿Basta con “haber tenido la suerte” de no estar muerto ni mutilado, con no tener heridas visibles ni haber sido desplazado, torturado, víctima de abuso? ¿Acaso la desconfianza, la indiferencia, la negación o este “sálvese quien pueda” no son heridas simbólicas? ¿Acaso nuestros gobernantes, también sobrevivientes y también huérfanos de padres asesinados, a quienes deben vengar, entre palacios quemados y tierra arrasada, no son de la misma saga?

Son hechos de filiación que nos atan: tan privados, puesto que ocurren en el espacio íntimo de cada casa, y tan públicos, puesto que afectan nuestros proyectos de sociedad y país. Y como el destino inevitable de los niños es crecer, los nuestros se han hecho mayores en medio de esta violencia que se muerde la cola, con una memoria brutal instalada en su psiquis en un momento crucial: cuando los ojos ven más que nunca y las emociones –de abandono, de orfandad, de terror o de venganza– pueden volverse patrones. ¿Acaso no haber conocido una sociedad sin guerra puede ser un entorno “normal”? ¿Cuántas generaciones han crecido en la guerra y cuántas son necesarias para curar las heridas?

En la página que da comienzo al especial de víctimas de Semana, hay una foto elocuente y desgarradora que captó Jesús Abad Colorado en San Carlos (Antioquia), en 1998. “Un niño arregla la camisa al cuerpo de Luis Eduardo Salazar, una de las ocho víctimas asesinadas por paramilitares en una masacre”, dice el pie de foto. Ese hijo, tan solo y tan súbitamente expulsado de la infancia, que le abotona la camisa al muerto en una camilla, ¿podrá borrar esa imagen? Y la niña de la página siguiente que corre sin mirar al joven de cara sangrante en Cúcuta en el 2005, ¿cuántos años tendrá hoy? ¿Seguirá viendo la escena en sueños?

Las cifras dan más de un millón de niños y niñas directamente afectados por la guerra. En buena hora hemos comenzado a contarlos y a repararlos y también a contar los hechos, pero aún nos falta dar cuenta de las emociones. Porque no les hemos hablado a nuestros niños mirándolos a los ojos, y con los nuestros llenos de lágrimas. Y es una tarea urgente y difícil dar palabra a tanto horror: no solo en memoria de los que se murieron, sino para intentar, si es posible, sanar la memoria de los que sobrevivimos.

Yolanda Reyes

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