El primer hombre en llegar al fondo del mar

El primer hombre en llegar al fondo del mar

Doce hombres han pisado la luna y solo tres han llegado al fondo del océano. El primero fue Walsh.

notitle
09 de junio 2013 , 11:20 p.m.

Lo primero que pensó fue que había ocurrido una explosión. Después de ser comprado por la Marina de los Estados Unidos, el batiscafo Trieste fue traslado en partes hasta la bahía de San Diego, donde este sumergible fue descargado pieza por pieza sobre un muelle de la estación naval. Esa desordenada colección de metales fue lo que observó el teniente Don Walsh cuando pensó en la explosión. Era una tarde de septiembre de 1958 que hoy Don Walsh, al teléfono desde su casa en Oregon, recuerda soleada. Dice que en ese momento, cuando vio la nave, no sabía exactamente cómo funcionaba ni para qué servía y prometió que nunca entraría en esa cosa.

Walsh nació en 1931 en Berkeley, California. Quizá porque siempre le gustó ver los barcos navegando por la bahía de San Francisco, pero sobre todo –dice– porque pensó que sería la mejor forma de encontrar “diversión”, se enlistó en la U.S. Navy. Tras egresar de la Academia Naval comenzó a navegar, especialmente en submarinos, pero cuando ya era teniente tuvo que cambiar el mar por un escritorio en la oficina de la Flota de Submarinos en San Diego.

Náufrago en el tedio del trabajo de oficina, un día acompañó a su jefe a un almuerzo donde se informaría a los altos mandos sobre una adquisición: un batiscafo, vehículo que sería fundamental para el desarrollo de las embarcaciones de guerra estadounidense. Fue esa tarde de septiembre de 1958, cuando Walsh vio por primera vez al Trieste.

Antes de que la comida terminara, el jefe de Walsh preguntó cómo podía ayudar con el proyecto. La respuesta fue que se necesitaban dos submarinistas calificados para operar el batiscafo. El comandante ordenó enviar un mensaje a todos los submarinos que operaban en la Costa Oeste pidiendo dos oficiales voluntarios. Luego de unos días sólo apareció un interesado.

Pese a la promesa que había hecho días antes, Walsh comenzó a pensar que, quizá, el Trieste podía ser su boleto de regreso al mar.

–Me ofrecí porque yo era un marinero y ya estaba aburrido de estar detrás de un escritorio. Pensé que podía ser un trabajo interesante, aunque ir al lugar más profundo del océano no estaba en mi cabeza.

Designado oficialmente a cargo del desarrollo del Trieste, en diciembre de 1958, Walsh empezó a trabajar junto al suizo Jacques Piccard, uno de los responsables de la creación de este batiscafo y quien se mudó a San Diego después de firmar el contrato de venta de su nave a la Marina de Estados Unidos, donde se estipulaba su apoyo en la implementación del proyecto.

Los primeros meses de 1959 fueron de trabajo intenso para Walsh y el resto del equipo, y en marzo lograron llegar a 4.000 metros de profundidad en la fosa de San Diego. Luego de ese hito, Walsh por fin se enteró de los verdaderos planes que se tenían para el batiscafo: bucear en la Fosa de las Marianas, a unos 200 kilómetros de la Estación Naval de la isla de Guam en el océano Pacífico, para llegar hasta lo más profundo del mar.

Con el nuevo objetivo en mente, Walsh y Piccard comenzaron a trabajar a toda máquina en modificaciones significativas en el submarino. Tal como había sido diseñado, el Trieste solo podía sumergirse 6.000 metros. Por eso, cuenta Walsh, de inmediato se mandó a construir a Alemania un nuevo habitáculo para los pilotos: una esfera de metal, de entre 5 y 7 centímetros de grosor, que en teoría serían suficientes para llegar a 15.000 metros de profundidad.

Sin la certeza de que las modificaciones funcionarían, a mediados de septiembre del 59 Walsh realizó dos nuevas inmersiones de prueba en la fosa de San Diego. No hubo problemas. Todo estaba listo para subir el Trieste a un buque de carga que lo llevaría a Guam, donde un equipo de 14 personas empezó a trabajar los siete días de la semana en el proyecto. El 15 de noviembre, Piccard y el director científico del proyecto, Andy Rechnitzer, establecieron un récord mundial al bajar 5.532 metros; casi 1.800 metros más que el registro del FNRS-2 cinco años antes.

Sin embargo, no todo eran buenas noticias. Durante un descenso, la esfera de metal donde viajaban otros dos tripulantes se empapó de agua fría y, al salir a la superficie, explotó debido al cambio de temperatura. Por temor a que suspendieran la misión –dice Walsh– nada de eso se supo, al menos de manera oficial, en la base de San Diego.

Un mes después del accidente el aparato estaba listo para regresar al agua, y Piccard y Walsh debieron armarse de valor para comprobar si las reparaciones habían quedado bien, lanzándose a 7.010 metros. En esa prueba, recuerda Walsh, salvo un par de ruidos extraños durante el descenso, no registraron problemas. Habían quebrado un nuevo récord mundial y, entonces, decidieron que la hora de completar su misión había llegado. De ese modo, desde la bahía de Apra, en Guam, el 19 de enero de 1960, el Trieste zarpó en la cubierta de un buque carguero, en un largo viaje de más de 300 kilómetros.

Para tratar de proteger al Trieste del oleaje, la travesía –a una velocidad de 5 nudos, es decir, 9,2 kilómetros por hora– duró tres días. Ya en el lugar indicado para el descenso, recuerda Walsh, no durmió bien. Pero no era por miedo.

–Hacer cosas peligrosas no equivale a sentir miedo. Estar muy atento a cómo reaccionar si las cosas resultan mal es distinto. El problema es dejar que el temor crezca en ti y perder el control de la situación.

Segundos de incertidumbre

Cuando amaneció ese día, las olas eran de siete metros de altura y depositar el batiscafo en el agua fue un lío. A las 8:00 horas se completaron los preparativos y, sin saber si vería otra vez la luz del sol, Walsh cerró la escotilla de entrada a la esfera de acero del Trieste. Piccard iba como copiloto.

A los 1.500 metros de profundidad aparecieron algunas gotas de agua en el lado interior de una de las ventanas de la esfera. Si el fenómeno aumentaba no les quedaba más que suspender la inmersión. Luego de unos minutos de incertidumbre, las gotas no se multiplicaron. Así que siguieron. Walsh cuenta que el descenso fue una maniobra tranquila hasta poco más allá de los 8.800 metros –casi la altura del monte Everest–, cuando una gran explosión sacudió el estrecho habitáculo en donde viajaban: una ventana de plexiglás (resina sintética) se había agrietado. Después de permanecer en silencio un par de segundos, Walsh le anunció a Piccard que los instrumentos no registraban cambios y que él creía que debían continuar bajando.

Cuando pasaron los 10.300 metros, soltaron una sonda para determinar la distancia exacta que los separaba del suelo marino y preparar el aterrizaje. Mientras tanto, Piccard trataba de ver el fondo, pero no podía observar mucho salvo algunos peces. La imagen era sorprendente –explica Walsh– porque hasta ese momento se pensaba que ninguna forma de vida vertebrada podía resistir tanta presión.

A las cuatro horas y media de viaje, cuando pasaron los 10.800 metros, aún no tenían señales de tierra y se preguntaron dónde estaba. Fue justo después de eso que comenzaron a ver el reflejo de las luces del batiscafo en el fondo marino, así que Walsh redujo la velocidad para realizar un aterrizaje suave. Cuando el Trieste por fin se detuvo, el cronómetro marcaba 4 horas con 48 minutos de travesía y el medidor de profundidad, 10.916 metros.

Walsh y Piccard se dieron la mano y se tomaron una foto mostrando banderas de 50 centímetros de Estados Unidos y Suiza. Establecieron contacto con la superficie y, como la temperatura había llegado a siete grados, se abrigaron con un par de sacos gruesos de lana. Luego, encendieron una luz para ver el exterior por la escotilla de entrada, pero no vieron más que la gran cantidad de sedimentos que levantó el aterrizaje de las casi 150 toneladas de la nave.

–Estábamos ciegos, era como estar dentro de una taza de leche –recuerda Walsh.

El panorama afuera no se despejó y debieron guardar la cámara fotográfica. En compensación, Walsh dice que Piccard y él se dedicaron a realizar mediciones científicas y a controlar los instrumentos. Después de 20 minutos de estadía en la mayor profundidad marina conocida, a las 13:30 horas iniciaron el regreso a la superficie.

Don Walsh se convirtió en un héroe y así fue recibido una semana más tarde en la Casa Blanca por el presidente Dwight Eisenhower. El 15 de febrero apareció junto a Piccard en la portada de la revista Life, donde se leía: “El gran buceo: siete mil millas abajo, en lo más profundo del mar”.

Muy lejos del acoso de la prensa que padeció las semanas siguientes al 23 de enero de 1960, el capitán volvió a aparecer en los medios en el 2010, cuando se celebró el aniversario 50 de su hazaña. Sin embargo, figuró mucho más en marzo del año pasado, cuando el director de cine canadiense James Cameron se convirtió en el tercer hombre en llegar al fondo del mar. Después de diez años de asesoría, Walsh –de 81 años– viajó a Sydney para ayudar –examinando cada componente– en los preparativos de la inmersión del Deepsea Challenger, el minisubmarino más costoso y sofisticado jamás construido.

“Estoy encantado de que alguien por fin haya vuelto a la fosa –dijo Walsh en una conferencia de prensa tras el éxito de la misión–. Con Jaques Piccard imaginábamos que la próxima inmersión tardaría dos o tres años, pero tuvo que pasar medio siglo”.

Desde su casa, Walsh cuenta que las preguntas más comunes que la gente le hace cuando se entera de su aventura son qué vio, si sintió miedo y cómo le cambió su vida. Él, amable, responde que sencillamente no pudo observar nada mientras estaba abajo, que –de verdad– no tuvo miedo y que un par de años más tarde ya nadie se acordaba de su aventura.

“No tuvimos la suerte de los astronautas”, dice bromeando sobre la otra frontera que se exploraba en esos años, y que tenía diferencias insalvables.

–La primera diferencia es la espectacularidad del lanzamiento del cohete, mientras nosotros sólo desaparecimos bajo el agua, desde donde salieron burbujas (...). Sin el espectáculo de los viajes espaciales, por decirlo de algún modo: lo nuestro no fue tan fotogénico.

Rodrigo Cea
El Mercurio, Chile

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.