La muerte desde la fe

La muerte desde la fe

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09 de junio 2013 , 10:44 p.m.

En no pocos velorios me ha tocado presenciar el dolor de quien se resiste a aceptar la muerte inesperada de un hijo, de un hermano o de uno de los padres. Nunca estamos lo suficientemente preparados para desprendernos de los seres que amamos. El dolor se torna en rebeldía contra Dios y contra la vida, como si ellos fueran la causa de su desgracia. Se multiplican los porqués y es difícil ofrecer unas palabras de consuelo si no hay un poco de resignación y paz.

En el evangelio de este domingo vemos que Jesús se encontró con cortejo fúnebre a las puertas de la ciudad de Naím (Lc. 7,11). La escena era conmovedora, porque una madre lleva a enterrar a su único hijo, probablemente joven. Las tristezas, como las alegrías, se contagian y nos envuelven sin poderlo evitar. Pues bien, Jesús no se quedó indiferente ante la pena de aquella madre y, lejos de quedarse mirando, se acercó para consolarla diciendo: “No llores, mujer”.

¿Por qué le dice que no llore? ¿Acaso le estaba prohibiendo llorar? Por supuesto que no. Al contrario, es necesario llorar para sacar las penas, pues solo a través de las lágrimas es como nos desahogamos. Para los que no lloran a un ser querido y reprimen el dolor, tarde o temprano este brotará sin poderse contener.

Jesús no se refería a las lágrimas físicas, sino a huir de la desesperanza, de la tristeza contenida, de la falta de aceptación o del rechazo de una realidad que no se puede cambiar. ¿Por qué no debemos llorar?

No debemos llorar, porque la muerte es el inicio de la vida eterna en Dios. Es necesario morir para vivir. De alguna manera nosotros nacemos en dos tiempos. El primer nacimiento es el natural, después de los nueve meses de gestación. El segundo y definitivo nacimiento se produce cuando morimos; cada uno tiene su propio tiempo, pero el parto a la vida eterna es inevitable. Con Dios se acaban las lágrimas y las preguntas. Morir es ver el Amor sin enigmas ni espejos. Es encontrar lo que tanto se buscaba.

No debemos llorar, porque la muerte nos purifica de todo lo corruptible. Qué sabia es la naturaleza, que, de un modo imperceptible, nos va preparando para el encuentro con Dios desprendiéndonos de todas las criaturas. Con los años se van perdiendo la fuerza y la vitalidad, la belleza y la lucidez, se prescinde de muchas cosas materiales y, aunque nos cueste aceptar, de los afectos personales y familiares. Poco a poco nos vamos quedando ligeros de equipaje.

¿Qué hacer, entonces? Hacer mías las palabras de Jesús y dejarnos consolar por Él, porque Él es el camino, la Resurrección y la vida eterna.

twitter.com/jmotaolaurruchi
José Manuel Otaolaurruchi, L. C.

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