EE. UU. y América Latina, muy cerca

EE. UU. y América Latina, muy cerca

Shlomo Ben-Ami sostiene que, si bien la relación ha cambiado, sigue siendo estrecha y fuerte.

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08 de junio 2013 , 11:33 p.m.

Es un mantra que se escucha cada vez más en el mundo. El poder de EE. UU. está decayendo. Y en América Latina esto se constata más que en ningún otro lugar. La región ya no es considerada el ‘patio trasero’ de esta potencia. Al contrario –se dice– el continente nunca ha estado ni tan unido ni tan independiente. Sin embargo, esta visión no refleja la verdadera naturaleza de la influencia estadounidense en América Latina y en otros lugares.

Es cierto que la atención de EE. UU. hacia sus vecinos del sur ha disminuido en años recientes. El presidente George W. Bush estaba más concentrado en su “guerra global contra el terrorismo”. Su sucesor, Barack Obama, tuvo al parecer poco interés en la región, al menos en su primer mandato.

En efecto, en la Cumbre de las Américas de Cartagena los dirigentes latinoamericanos se sintieron lo suficientemente seguros y unidos como para desafiar las prioridades estadounidenses en la región. Exigieron a EE. UU. levantar el embargo a Cuba, con el argumento de que había dañado las relaciones con el resto del continente, y hacer más para combatir el uso de drogas en su propio mercado en lugar de suministrar armas para luchar contra los capos de la droga en América Latina, batalla que todos consideran un fracaso.

También es cierto que los países latinoamericanos han diversificado enormemente sus relaciones económicas. China es ahora el segundo socio comercial más grande de América Latina y rápidamente está alcanzando a EE. UU. India está mostrando un fuerte interés en la industria energética de la región y ha cerrado acuerdos de exportación en el sector de defensa. Irán ha fortalecido sus vínculos económicos y militares, en especial con Venezuela.

Asimismo, en 2008, el entonces presidente ruso, Dmitri Medvédev vio la guerra de EE. UU. contra el terrorismo como una oportunidad de crear acuerdos estratégicos con potencias emergentes como Brasil o los países del Alba.

Con todo, sería un error considerar la diversificación de las relaciones internacionales de América Latina como el evento que marca el fin de la supremacía estadounidense. A diferencia de la era pasada de superpotencias y naciones cautivas, la influencia de EE. UU. ya no se define como el poder de colocar y deponer dirigentes. Pensar así es ignorar cómo ha cambiado la política internacional en el último cuarto de siglo.

Un continente que en otros tiempos sufrió golpes militares ha implantado lenta pero firmemente democracias estables. La gestión económica responsable, los programas de lucha contra la pobreza, las reformas estructurales y una mayor apertura a la inversión extranjera han contribuido a generar años de crecimiento con baja inflación. En consecuencia, la región pudo resistir los estragos de la crisis financiera global.

EE. UU. no solo fomentó estos cambios, sino que se benefició enormemente de ellos. Ahora más del 40 por ciento de las exportaciones estadounidenses van a México, Suramérica y Centroamérica, su destino de más rápido crecimiento. México es el segundo mercado extranjero más grande de EE. UU. (con un valor estimado de 215.000 millones de dólares en el 2012). En los últimos seis años, las exportaciones de EE. UU. hacia Centroamérica han aumentado un 94 por ciento y las importaciones procedentes de la región han crecido un 87 por ciento. Asimismo, la inversión extranjera más importante en el continente sigue siendo la de EE. UU. Es claro que los intereses estadounidenses se favorecen al tener vecinos democráticos estables y más prósperos.

Esta nueva realidad también exige una diplomacia diferente, una que reconozca la diversidad de intereses en el continente. Por ejemplo, una potencia emergente como Brasil quiere más respeto en la escena mundial. Obama se equivocó cuando en el 2010 descartó un acuerdo sobre el programa nuclear de Irán mediado por Brasil y Turquía (a pesar de que anteriormente había respaldado estas negociaciones). Otros países podrían verse favorecidos por los esfuerzos estadounidenses para promover la democracia y las relaciones socioeconómicas, como muestran las giras recientes de Obama a México y Costa Rica.

Las relaciones comerciales representan otro instrumento importante. El presidente chileno, Sebastián Piñera, visitó la Casa Blanca a principios de la semana para tratar, entre otros, el tema del acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés), acuerdo ambicioso de libre comercio que podría abarcar Nueva Zelanda, Singapur, Australia, México, Canadá y Japón. Esta semana está prevista la visita a la Casa Blanca del presidente peruano, Ollanta Humala. Y el vicepresidente estadounidense, Joe Biden, tuvo recientemente una gira por Latinoamérica.

La lengua y la cultura también importan. Dado el extraordinario crecimiento de la influencia latina en EE. UU., es casi inconcebible que dicho país pueda perder su estatus único en la región a favor de China, Rusia o Irán.

Ya pasaron los días en que el poder militar y la política de subversión podían garantizar la influencia estadounidense en América Latina o en otros lugares. Hoy una potencia mundial es aquella que puede combinar el dinamismo económico y una cultura popular con un alcance mundial basado en intereses compartidos. EE. UU. está mejor posicionado que cualquier otra potencia en este sentido, en particular cuando se trata de aplicar estas ventajas en su vecindario inmediato.

Shlomo Ben-Ami
Ministro de Relaciones Exteriores y de Seguridad Interna de Israel. Actualmente es vicepresidente del Centro Internacional de Toledo por la Paz. Es autor del libro ‘Cicatrices de guerra, heridas de paz: la tragedia árabe-israelí’.

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