Camilo Durán Casas

Camilo Durán Casas

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08 de junio 2013 , 10:40 p.m.

Creo que yo era uno de los de él y sé que él era uno de los míos. A Camilo, alto y de porte distinguido, quien parecía un aristócrata, lo conocí a finales de los 70; a él, que era uno de esos hombres que andaban anhelando el espíritu puro, le debo como poco su ayuda a mi formación como buen ser humano. Como ser especial que era, estaba más dispuesto a dar que a recibir, era admirado y respetado por todos los que lo conocieron, que iban siempre a consultarle cuando se trataba de tomar una decisión difícil. Daba buenos consejos, con la misma facilidad con que el agua anda por su cauce; su sentido común abrumador lo llevaba a parecer diferente. Tenía ese don, ese sentido que lo guiaba por el buen camino y que, sin pensarlo, lo alejaba del malo.

Hombre de natural bondad que pocas resistencias generaba en este mundo de envidias, pues como refería ese gran autor en su obra ‘El príncipe’: “Porque el príncipe natural tiene menos motivos y necesidad de ofender, por eso sus súbditos lo estiman más".

De buen humor, divertido, culto y muy profundo, lo más parecido a un intelectual, era aquella persona apropiada para preguntarle sobre algo o pedirle un consejo. Él, que con cariño ocupaba su tiempo en ello, siempre te daba una respuesta objetiva e inteligente que hasta daba rabia, pues nunca te respondía lo que tú querías oír, sino lo que debías escuchar, y que con seguridad era la verdad o lo conveniente de lo que se estaba tratando.

Buen amigo que nunca te pedía nada a cambio de nada pero siempre te daba, incluso más de lo que te podía dar. Buen socio y compañero de faenas en quien siempre se podía confiar, honesto, que nunca trató de quitarte lo tuyo sino más bien de compartir lo suyo, dueño como otros de la creencia de que si a mi gente le va bien, por transitividad a mí también.

Inteligente, hasta el punto de haber logrado en escasos 10 años construir una carrera exitosa e importante en esa difícil profesión que es el periodismo. Ese fue Camilo, un hombre sencillo que hacía sus cosas bien, que sin algún credo en particular practicaba la devoción a la civilidad, a la igualdad y al respeto de los seres humanos y quien, a pesar de haber vivido en un mundo bastante material, no se dejó seducir por sus preceptos y nos demostró que la vida se vive mejor para sí y consigo mismo que para demostrar nada hacia los demás.

No tener hoy, después de un año, a mi amigo a quien todos los días recuerdo es triste, pero pienso y creo que lo que se fue era solo su cuerpo, pues su alma la conservo y es con ella con quien hablo y es con ella como recuerdo todo aquello que mi amigo me dejó, porque todo eso no murió ni morirá nunca.

A quien sea, agradezco haberme puesto en el camino de este buen hombre que inexplicablemente se fue más temprano de lo esperado.

José Molano Hencker

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